Trampas, leyes y moral

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Un día de verano, como tantos otros, Juan, Carlota, Marc y Marta se encontraron a primera hora de la tarde para pasar juntos, como cada día de ese tórrido verano, las horas de día que quedaban para la cena.

Ese día, Marta sorprendió a los otros con la propuesta de un nuevo pasatiempo para esa tarde. La chica apareció con una pelota naranja, y comentó a sus amigos que el día anterior había visto la final del mundial de básquet y le pareció que aquél deporte debía ser muy divertido. Ninguno de los cuatro había jugado antes a ello ni conocían exactamente las normas. Marta convenció al resto y se dirigieron a la canasta destartalada que había en el pueblo. Antes de empezar Marta les contó las normas básicas que había intuido viendo el partido de baloncesto por la televisión. Se tenía que botar con la mano, solo se podían hacer dos pasos sin botar la pelota y tenían que meterla en la canasta. Empezaron a jugar, la cosa iba más o menos bien, era un dos contra dos, hasta que Marc al ver que su equipo iba perdiendo decidió que aquellas normas que Marta había estipulado no eran las mejores para que él pudiera  anotar y en lugar de dos pasos él decidió realizar tres. Carlota y Juan al verlo también empezaron a hacerlo. Marta al percatarse de esta “trampilla” les dijo que las normas no lo permitían, pero los otros tres insistieron que así era más divertido. Al final terminaron haciendo todos tres pasos.

El partidillo terminó pareciéndose más a un partido de rugby que a uno de básquet. Ya no necesitaban botar casi nada ya que con los tres pasos se situaban debajo del aro desde casi cualquier posición. Esto hacía que para sacarse al balón unos a otros intentaran agarrar directamente el balón de las manos del otro de una forma cada vez más agresiva hasta que en una de estas Juan intentó sacar el balón con tal fuerza de las manos de Marc que este último se cayó y se lastimó. En ese momento los cuatro amigos vieron que eso del básquet podía llegar a ser violento y encima aburrido y decidieron que no volverían a  jugar a un deporte como ese.

Hoy las sociedades occidentales están dotadas de un entramado de leyes y complejidad legal que abarcan prácticamente cualquier posibilidad de acción de las personas. Como estos chicos y chicas que decidieron jugar un día a básquet sin conocer bien las normas, la mayoría de nosotros desconocemos todas las leyes existentes y el sentido de ellas, pero como son leyes las debemos acatar.

Ahora bien, como ocurre en este episodio anecdótico, en muchas ocasiones si no existe nada más que la norma, una norma que es ajena a nosotros y que la conocemos parcialmente, seguramente tenderemos a desviar nuestra actitud hacia aquello que nos beneficie y apetezca más.

Por suerte en la gran mayoría de ocasiones nuestra percepción de lo que es correcto y no lo es se asemeja a la ley, pero ¿qué ocurriría cuando lo que yo creo que es bueno el otro considera que es malo? ¿Cómo lo ordenará la ley? Pues seguramente esta estará modulada de tal forma por nuestros políticos que beneficiará la mayoría mientras el resto se j…

Por lo tanto, lo más eficiente y cohesionador para una sociedad no es tanto tener un impresionante sistema de leyes que regule hasta el último detalle, sino que compartamos aquello que consideramos bueno y malo, y lo que determina este hecho es la moral.

La moral por definición no se basa en aquello que me apetece aunque en muchas ocasiones coincida, sino en unos principios objetivos. Por ejemplo, existe la moral comunista o la moral cristiana, propia de las sociedades occidentales y construida durante muchos siglos por la influencia de las propias enseñanzas de Jesús y la tradición judeocristiana. Pero también por la filosofía griega o el derecho romano. Por lo tanto, de una gran riqueza y coherencia interna.

En conclusión, compartir una misma moral, no priva la libertad de las personas, sino al contrario establece un marco de actuación que permite que unos y otros podamos convivir. Si Carlota en lugar de botar la pelota la chutara, no dejaría a los otros tres que jugaran a básquet. Por ello es necesario que exista un mínimo común denominador en aquello que consideramos bueno y malo, es decir, una moral. De lo contrario, corremos el riesgo de acabar aplicando las normas según nuestro criterio y el resultado, como en el partidillo, será como mínimo caótico.

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