Vacaciones: diversión frente a recreo

Estamos de vacaciones. Una reflexión para este tiempo (y II)

diversión

He leído hace unos días en el blog “Un alma para el mundo” de don Juan García Inza, un artículo titulado “Alcohol y adolescentes. Una epidemia que va a más”, de cuyo contenido tomo pie para escribir estas líneas. Don Juan ofrece datos -tan objetivos como preocupantes- sobre el consumo de alcohol en la adolescencia y señala vías de salida para quienes se vean afectados por este grave problema. Los datos son alarmantes, pero el escrito de García Inza no es alarmista. Hay unos hechos que están ahí y él los presenta de manera descriptiva sin apenas entrar en valoraciones. Yo por mi parte, compartiendo todo lo que el autor dice, me siento inclinado a hacer mi propia interpretación y a exponer algunas de las opiniones que esos datos me merecen.

Mi reflexión se dirige a las causas. Creo que, en cualquier cuestión, más si es espinosa, es bueno buscar la raíz, acudir a los orígenes. Saber las causas no es lo mismo que dar con las soluciones, pero es el primer paso para entender racionalmente los problemas y poder abordarlos con alguna esperanza de arreglo. Por eso en este caso hay que preguntarse de dónde viene lo que don Juan no duda en llamar epidemia. Dicho de otra forma, ¿por qué se emborrachan tanto los jóvenes y los adolescentes? Yo no sabría hacer una lista completa de los motivos por los cuales nuestros muchachos, muchos de ellos niños, toman este camino, pero sí me parece que se pueden señalar dos que a su vez están estrechamente relacionados entre sí:

  1. El primer motivo es porque los niños y jóvenes imitan los comportamientos de los adultos más cercanos en edad, y los jóvenes, incluidos los adultos jóvenes y menos jóvenes, beben mucho. ¿Cómo celebran sus fiestas los que ya no son adolescentes? Por los usos actuales al alcance de cualquier observador, y por los datos que se nos ofrecen, un amplísimo sector de nuestra juventud basa sus diversiones en un combinado de actividades físicas de riesgo, sexo y drogas, ocupando el alcohol un lugar muy destacado dentro de estas. Todo lo demás que entra a formar parte de la diversión pertenece al decorado. La noche, la música, las apuestas y desafíos, los juegos, eso que llaman baile, el gregarismo, etc., no son sino elementos circunstanciales. Cuando salen de fiesta, ¿a qué salen? A emborracharse, directamente a emborracharse. Una afirmación así es comprometida, pero es la única que cabe cuando se ve el acopio de bebidas de alta graduación con las cuales se disponen a pasar la noche. Porque no es que una vez metidos en ambiente, aquello suba de tono y con la euforia de la fiesta se les vaya la mano y acaben bebiendo más de la cuenta. No es eso, es que basan su diversión en la ingesta de alcohol y en esa ristra de desmanes que arrastra la embriaguez de manera sobrevenida: más drogas, sexo, broncas, peleas, barbarie. Sería muy injusto hacer una generalización de estos comportamientos, pero esto es lo que hay. Esto es lo que cualquier adolescente o joven sabe que se va a encontrar cuando sale de “fiesta”. Esto es lo que en algunas zonas de alta concentración turística ha acabado teniendo nombre: turismo de borrachera. Pero no nos confundamos, no es un problema geográfico costero, ni turístico, ni se puede reducir a unos cuantos excesos de verano. Si salta a los medios de comunicación es por sus dimensiones, porque ha pasado a ser una cuestión de orden público y porque afecta a la imagen aseada que el negocio turístico necesita, pero esto es lo que nos encontramos, aunque sea con diversas variantes, uno tras otro, durante todos los fines de semana en cualquier punto del mapa. El desmadre drogo-sex-alcohólico está incorporado a los usos sociales de nuestra época y lo encontramos presente a lo largo de todo el año en multitud de eventos de diversa índole: en acontecimientos deportivos, en conciertos y festivales, en fiestas populares o en fechas que ya está estandarizado como son el fin de trimestre previo a la Navidad, la Nochevieja, carnavales, fin de curso, despedidas de soltero, etc. Esto es lo que hay y esto es lo que imitan los niños y los adolescentes. ¿A alguien le puede extrañar que los que están a las puertas de la edad adulta hagan lo mismo que quienes les van abriendo camino porque son unos años mayores?
  2. Hay un segundo motivo menos visible, pero de una importancia que a mí me parece fundamental y tiene que ver con la educación. Permítaseme un inciso necesario para señalar dos rasgos antropológicos que vienen al caso. Uno, nuestra escasez de instintos. El hombre es el ser peor equipado de esos utilísimos mecanismos biológicos que son los instintos y que en el mundo animal aseguran la existencia. Para compensar esa carencia, el gran recurso que el hombre tiene es el aprendizaje. Poseemos una capacidad de aprendizaje ilimitada y hemos de aprenderlo prácticamente todo. A divertirnos también.

El segundo rasgo es la fiesta. El hombre es el único ser celebrante que hay en este mundo, no es el único que juega o se divierte, pero sí es el único que tiene sentido de la fiesta y hace fiesta. La fiesta es una más de las notas distintivas que hay en el repertorio de diferencias esenciales que separan al hombre del animal. En esta característica exclusiva humana que es hacer fiesta tiene su sitio la diversión. Ahora bien, la diversión no es sino la primera modalidad expansiva, la actividad lúdico-festiva más superficial, frente a otra de mayor peso y profundidad que es la recreación.

La diversión es necesaria, absolutamente necesaria, pero entendámosla bien, es el primer estadio, como si fueran los dientes de leche de la fiesta. La diversión es algo que resulta agradable, pero más que la diversión, lo que de verdad nos hace bien es el recreo. ¿No es lo mismo? No, no es lo mismo. Como mejor se explican las diferencias es desde el lenguaje. Divertir viene de la palabra latina divertere (desviarse o alejarse), y esta, a su vez de vertere, cuyo significado literal es voltear, girar, verter. Entendida desde aquí, la diversión consiste en pasárselo bien con la nota de alejamiento de la realidad, lo cual presenta una doble cara. Por una parte, es bueno que sea así, porque la realidad del día a día, la cotidianidad con mucha frecuencia se vuelve áspera y dura de llevar. Se necesitan espacios (tiempos y lugares) para distender el alma, para recuperar ánimos y energías, para reír y alegrarse. Por otra parte, el alejamiento de la realidad conlleva el doble riesgo de dispersión y de huida. De dispersión porque divertirse es también distraerse, en el sentido de desviarse, de estar vertido en una variedad de cosas. Y riesgo de huida como respuesta ante una realidad hosca, ante algo que se hace costoso por las dificultades para afrontarla.

Ahora podemos volver al título. Frente a la diversión, el recreo. La recreación, por definición, es creativa. Re-crear es volver a crear lo ya creado. Recrear es encontrar novedad en las cosas ya hechas, descubrir la novedad, la verdad y la belleza que hay en lo que nos rodea, aunque sea lo cotidiano, y que quizá se nos haya pasado por alto. Para ello también hay que alejarse de la realidad, pero no para huir de ella, sino para tomar distancia, como se hace cuando se mira un cuadro, para volver a mirarla despacio y ver que sus zonas oscuras pueden ser rehechas, re-creadas de nuevo. ¿Cómo? Ahí entra en juego la creatividad, la imaginación. Para ello contamos con varias vías: una es el arte; otra, el humor, la comicidad. Quien solo busca divertirse corre el enorme riesgo del escapismo, quien se recrea no corre riesgo ninguno porque no busca ni quiere escapar de nada. El que basa su descanso y expansión en la diversión deberá cuidar de que el alejamiento no sea alejamiento de sí mismo; el que se recrea, cultiva y fomenta lo mejor de su propia persona en un encuentro aproximativo y gozoso con la realidad en la que vive. Ambos se sitúan en clave lúdica, pero con movimientos distintos; el primero hacia afuera de sí mismo, el segundo hacia adentro. La diversión puede hacer bien a la persona, pero el bien no está garantizado; con la recreación, en cambio, sí lo está. El bien solo es posible en la medida en que la diversión fomente lo mejor de uno mismo, es decir, en la medida en que sea re-creativa.

La diversión cansa, la recreación no puede cansar jamás. A quien tiene necesidad de divertirse, la diversión le facilita escapar del aburrimiento. Esto es muy bueno, pero es mejor aún vivir recreados, porque el que recrea y se recrea no conoce el aburrimiento; en quien vive recreado, el aburrimiento no puede hacer mella ni echar raíces.

Después de lo dicho, no hará falta insistir en que el papel de la educación es clave en este apartado del ocio y el esparcimiento. En este punto la familia tiene un papel primordial y casi único porque el tiempo de vacaciones es tiempo que tiene que gestionar casi en exclusividad la familia. A quienes sus circunstancias se lo permitan, harán bien en dedicar una buena parte del tiempo a las actividades lúdico-festivas. Tiempo para disfrutar de la familia en familia, tiempo para darle al magín y encontrar posibilidades y modos de recreo. Las opciones para emplear los días de vacaciones son varias y van desde el descanso pasivo al disfrute gozoso, desde la holgazanería a la recreación, pasando por diversiones más o menos aceptables. Tiempo de educación, en todo caso. Tiempo para pasarlo bien compartiendo solaz y esparcimiento. Tiempo propicio para hacer crecer el homo gaudens que todos llevamos dentro. Tiempo para la alegría.

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