Veritas in Caritate. Un criterio para mirar al Papa Francisco

Papa Francisco El Vaticano

Con este título no pretendo dar la vuelta al nombre de la magistral encíclica del Papa Benedicto XVI, “Caritas in veritate”. Tampoco es un juego de palabras. “VERITAS IN CARITATE” es una expresión tomada de la Palabra de Dios, en concreto de la carta de San Pablo a los Efesios, a la que el propio Benedicto XVI alude en la introducción de la citada encíclica. La cita literal de San Pablo es esta: “veritatem facientes in caritate crescamus in illo per omnia qui est caput Christus: Realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo” (Ef 4, 15).

Realizar la verdad en el amor, de eso se trata. Acerca de ello quiero ofrecer mi reflexión refiriéndola al tiempo actual de la Iglesia que me parece muy delicado. Se cumplen por estos días cuatro años de pontificado del papa Francisco. Es de dominio público que este pontificado ha generado revuelo y está atravesando por momentos tensos. No tengo acceso a más información que la que podemos obtener cualquiera que nos asomemos a los medios de información, pero basta con echar un vistazo casi a cualquiera de las secciones de información religiosa o a los medios especializados para observar que dentro de la Iglesia las aguas deben andar bastante revueltas. No hay que extrañarse mucho de ello porque lo cierto es que la barca de Pedro nunca ha navegado por aguas tranquilas; al contrario, la constante ha sido aguas bravas y siempre a contracorriente del curso de las aguas del mundo, entendiendo por mundo la mundanidad, el ambiente hostil a Cristo y a su Iglesia. Esta constante quedó señalada en los textos del concilio Vaticano II, en los que además se indica su causa primera: “A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final” (GS 37). La citada ‘dura batalla’ tiene lugar, en primer lugar, en el interior de cada hombre y desde ahí se proyecta y se extiende a todas las comunidades en las que el hombre está presente: familia, escuela, empresas, sociedad, comunidad política, etc., y también a la Iglesia entera.

Sobre este fondo de “dura batalla contra el poder de las tinieblas” hay que situar un dato especialmente espinoso en el momento actual, que se está extendiendo como mancha de aceite en diversos ambientes católicos: la desafección al Papa. La desafección al Papa –que sea grande o pequeña en número no es lo más importante– no es un roto más entre los muchos que soporta el cuerpo la Iglesia, sino un desgarro grave y doloroso que afecta a uno de sus pilares fundamentales, la cabeza visible de su unidad. Estamos ante una herida de pronóstico reservado. Los fieles católicos interesados en seguir los acontecimientos de la Iglesia podemos simular que no nos estamos enterando de este desgarro, pero se está produciendo. Cada uno tomará la postura que crea oportuna pero no me parece que hagamos ningún favor tapándonos los ojos y haciendo el longuis. Esa no es solución, o, por lo menos, a mí no me lo parece.

Hace unas semanas Roma apareció llena de carteles vejatorios hacia su obispo. Por más que admitamos como signo de esta época el cuestionamiento público de la autoridad, por más que la crítica abierta se nos quiera vender como un acto de normalidad filial respecto al Papa, y por más que sus autores queden deslegitimados por varias razones (bastaría con el anonimato), esto no deja de ser un síntoma de malestar y un presagio de que cabe esperar nuevos movimientos de oposición al Papa. Por otra parte, son muy frecuentes en algunos medios de comunicación católicos las denuncias de quienes ven, o dicen ver, errores doctrinales o prácticas pastorales contrarias al Magisterio de la Iglesia. Cito tres casos concretos: uno, la postura y las directrices de parte de los obispos de Canadá respecto al suicidio; dos, la generalización en la administración de sacramentos a personas que viven en ‘situaciones irregulares’ en cuanto al matrimonio que por lo que se informa parece ser que se dan en Malta y en algunas diócesis de Alemania, Estados Unidos y Filipinas; y tres, el rechazo de muchos ante el silencio del Santo Padre ante las ‘dubia’ hechas públicas por cuatro cardenales. He leído quejas y refutaciones a mi entender bien argumentadas y cargadas de buen juicio, y veo también que van en aumento, probablemente porque en este mundo informatizado e interconectado, todo se expande con asombrosa rapidez.

No sé hasta qué punto los que se quejan tienen razón en sus quejas. Acepto que puedan tenerla, al menos en parte. Pues bien, admitiendo que pueda ser así, ahí precisamente está la raíz del mayor problema (para ellos, para quienes se hagan eco de sus razones y para la comunión de la Iglesia entera) en que tal vez tengan razón. Al decir esto, podría parecer que me estoy alineando con los quejosos, pero nada más lejos de mi voluntad. Trataré de explicar qué quiero decir cuando afirmo que el mayor problema es que tengan, o puedan tener razón.

Tener razón es cosa muy gustosa, que satisface mucho a nuestro espíritu porque da seguridad interna, pero no es el objetivo de ningún mandato evangélico. Yo al menos no he encontrado ninguna página de la Sagrada Escritura en la que el Señor nos exhorte a tener razón. Sobradas razones legales y religiosas tenían los judíos cuando trataron de buscarle las vueltas a Jesús: cuando querían lapidar a la adúltera que acababan de sorprender ‘in fraganti’, cuando le preguntaron sobre el repudio de la esposa, en diversas ocasiones respecto a las prescripciones sabáticas, etc. Pero el Señor, sin apartarse un ápice de la Ley, no confirmó a nadie en ese modo de proceder. No formuló nunca el precepto: “Tened razón”, “buscad tener razón”. En cambio dejó establecidos otros bien conocidos, de entre los cuales destaca el mandato del amor. “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34), incluyendo en los “otros” también a los propios enemigos.

Decía que veía un problema en tener razón porque la defensa a ultranza de la razón nos puede impedir amar. Y es que se hace muy difícil amar cuando hay que amar a quien procede de modo contrario a lo que la razón nos presenta. No diré yo ni una palabra contraria a la razón, pilar fundamental del entendimiento humano, pero sí contra la razón desconectada del afecto. La razón desnuda, sin el aporte de los afectos, puede ser herramienta válida para manejarnos con las cosas, para el mundo de los meros objetos, pero no para movernos entre las personas. En las relaciones personales la sola razón nos sitúa en la verdad desencarnada, la verdad a secas, y con esta podemos hacernos mucho daño, y, de hecho, nos lo hacemos. La verdad desencarnada es justiciera por necesidad y por este motivo con la verdad a secas, quedan justificadas calamidades como la descalificación, la ojeriza, la hostilidad, la ley del talión, el odio y la venganza. Se dio cuenta de ello Cicerón y a partir de él se hizo proverbial: “Summum ius, summa iniuria (sumo derecho, suma injusticia)”. El derecho -que se basa en la razón-, llevado al extremo, no sirve para amar, sino para hacernos daño.

La sola razón no es herramienta válida en el mundo de las relaciones personales porque introduce distancias que enturbian la mirada y enfrían el corazón, y una vez introducidas esas distancias, la retirada del afecto viene sola. Si para algo nos debería servir la historia de la Iglesia, aplicada a esta situación, es para saber que hay una secuencia lógico-afectiva que comienza con la visión de un error y acaba con el cisma. Este esquema se ha repetido en todos los cismas. No digo que no razonemos, porque eso es contrario a la sensatez y a la propia naturaleza, pero la razón debe estar lubricada con la virtud de la caridad. Veritas, sí, pero in caritate. Amar más es lo que nos falta y nos hace falta. Amar más y mejor, con el mismo amor de Dios, no con eso que llamamos amor al margen de Dios. Habrá a quien le parezca que es un mandato imposible, pero pensar así es poner en entredicho al mismo Cristo. Dios no manda imposibles y para que podamos cumplir lo que manda lo primero que hace es darnos medios y facilitar su cumplimiento. Otra cosa es que andemos faltos de fe y la sabiduría de Dios nos parezca necedad. Otra cosa es que andemos faltos de fe, y por ello mismo, cada uno estemos instalados en una perfección subjetiva desde donde nos atrevemos a pontificar sobre lo divino y lo humano, sobre lo que hace mal y debería hacer bien el próijimo, sea este el que tengo al lado o el obispo de Roma. Más aún, nos atrevemos a enmendarle la plana al mismo Dios, al que tantas veces nos atrevemos a calificar como justo o injusto. ¿No sería mejor hacer un acto de humildad, reconocer que no sabemos amar, y aceptar que nuestra sabiduría tiene un recorrido muy corto? Reconozcamos que no sabemos amar como se nos ha mandado, que nos falta crecer mucho en el amor a Dios y a los hombres, y a lo mejor podemos empezar a ver las cosas de otra manera.

Si ya nos cuesta trabajo amar a los que tenemos cerca, ¿cómo vamos a amar a los distantes? Solo los santos saben amar a quienes se sitúan a distancia, a quienes están en el error o a quienes se postulan como enemigos. Por eso han huido de aferrarse a tener razón, aun teniéndola, para agarrarse al mandato del amor. Valga como muestra esta cita de Santa Teresa tomada de su obra Camino de perfección: “Muchas veces os lo digo, hermanas, y ahora lo quiero dejar escrito aquí, porque no se os olvide, que en esta casa -y aun en toda persona que quiera ser perfecta- huya mil leguas de decir «razón tuve», «me hicieron sinrazón», «no tuvo razón quien esto hizo conmigo» ¡De malas razones nos libre Dios! ¿Os parece que había razón para que nuestro buen Jesús sufriese tantas injurias tan sin razón hechas?”.

A los que no somos santos nos costaría un riñón abrir las puertas del corazón a quienes entendemos que atacan lo que sentimos como propio, y nada más propio que la fe y los sentimientos religiosos. Y por otra parte, me parece a mí que, dicho en general, tampoco nos morimos de deseos de entrar por esa senda de amor; es más cómodo tener razón para afianzarnos en ella y justificar así la estrechez de nuestras almas y la parquedad de nuestra caridad. Volviendo al caso del Papa: de pensar que el Santo Padre tendría que hablar y actuar de otra manera a mirarle como un extraño, solo hay un paso. Hace falta un empujoncito mental muy suave -basta una sutil sugerencia- para pasar de estar en desacuerdo con tal o cual asunto (sea leve o grave) a mirarle como un enemigo de la fe y retirarle la obediencia y el afecto que todo fiel católico le debe. Y así, inamovibles en la ortodoxia e irritados por tener razón nos podemos encontrar en esa situación personal incómoda -y espiritualmente muy peligrosa- a la que se llega cuando uno se ve situado en oposición abierta contra aquel a quien sabe que debe amar.

Insisto en el amor. Eso es lo que me parece que escasea. Digo amor, no solo afecto, que ni podemos separar el uno del otro ni son lo mismo, lo cual genera no poca confusión, especialmente en los campos de la fe y la piedad. Amor a la Iglesia, amor a la cruz, amor a Cristo crucificado y amor a su vicario en la tierra.

Yo no sé hasta qué punto el Papa acierta o no en sus declaraciones, en sus gestos, en sus decisiones. Reconozco que hay cosas que no me entusiasman y otras que directamente no me agradan, pero por nada del mundo querría deslizarme hasta verme dentro de esa corriente que le mira como a un extraño, o, peor aún, como un advenedizo que se ha sentado en la sede de Roma. Para todo fiel católico, el papa es, junto a su obispo, su padre en la fe. Y eso también es verdad. Quizá se esté equivocando en algo, o en mucho, no lo sé, pero yo prefiero mirarle como a mi padre, porque lo es; y a quien mira con benevolencia a su padre también le asiste toda la razón para mirarle así. ¿O es que la razón tiene que estar solo al servicio de la hostilidad? ¿Es que no hay razones para amar al padre, al Santo Padre, en este caso? Hago mía una frase que he oído hace unos días: “En cosas que no pertenecen al depósito de la fe, prefiero equivocarme con Pedro a acertar en contra de él”. ¿Con esto digo que hay que renunciar a la verdad? No, por Dios, pero la verdad en el amor: VERITAS IN CARITATE. Todavía, si por causa suya me estuviera viendo obligado a hacer algo contrario a la fe o al Magisterio de la Iglesia, me podría posicionar frente a sus mandatos u orientaciones. Si tuviera que elegir entre obedecer a Dios y obedecerle a él, tengo clara la opción a favor de Dios, pero si no es así -y no lo es-, ¿a qué viene tanta ufanía? ¿Está impidiendo el Papa que tú y yo seamos mejores cristianos?, ¿nos está estorbando para crecer en santidad? Yo no sé cuál será tu caso lector, pero yo tengo que reconocer que lo que a mí me impide amar más y mejor no es nada de lo que me llega del Papa, sino esas cosas comprendidas en las renuncias bautismales, que repito al menos una vez al año, en la noche de Pascua, y a las que sigo enganchado sin determinarme a desterrar de una vez por todas; o sea, mis miserias.

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One comment

  1. 1

    Estoy perfectamente de acuerdo con el artículo, sólo que a mí sí no me ha disgustado ninguna afirmación de Papa Francisco. Cuánta razón tiene el autor del artículo en cuanto a la falta de caridad y la abundancia de “tener razón” que se palpa diariamente cuando se refieren al Papa, especialmente a “Amoris Laetitia” y concretamente al capítulo VIII, pero hasta contra “Laudato si” he leído comentarios atrevidos y groseros entre la gente que opina sobre el tema. Sí, señor, PRIMERO LA CARIDAD, hombre, y también un poco de humildad nos viene muy bien a todos. Ah, y algo más: respeto por el Vicario de Cristo en la tierra.

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