¡Viva lo médicamente correcto! Queda prohibido decir “futura madre”

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Advertir de que la corrupción del lenguaje es el cáncer que arruina las sociedades es algo tan repetido que uno se sorprende de que suceda ante nuestros ojos y sean tan pocos los que reaccionen.

Podríamos empezar citando a los clásicos, o con el no por manido menos certero newspeak orwelliano, pero en esta ocasión, por aquello de variar, recurriré a Julio Camba, oportunamente rescatado en una reciente columna de Ignacio Ruiz Quintano: “Si las designaciones son justas, el orden reina; si son equívocas, reina el desorden –es la cita china con que Camba encabeza su “Haciendo de República”, que sigue: “El que confunde las designaciones corrompe el lenguaje. Las cosas prohibidas  sustituyen entonces a las permitidas. La inexactitud toma el lugar de la exactitud y lo falso ocupa el sitio de lo verdadero”.

¿Puede haber un retrato más fiel de nuestro presente desorden?

No falla nunca. Interrupción voluntaria del embarazo, muerte dulce, matrimonio igualitario, solución habitacional… para llegar a la “gestación subrogada”, un modo elegante de designar el alquiler de un cuerpo humano, el cuerpo de alguien tan desesperado como para prestarse a ello por un puñado de dinero.

Pero el futuro de esta práctica de pervertir el lenguaje, lejos de agotarse, promete un despliegue de creatividad que seguirá sorprendiéndonos. Desde Gran Bretaña nos llegan noticias que confirman que el mundo occidental sigue avanzando con entusiasmo por este sendero, el camino de la corrupción y la mentira.

En concreto, la British Medical Association acaba de dar instrucciones para que se deje de usar el término “futura madre”, que debe de ser sustituido por “persona embarazada” (en inglés, “expectant mother” por “pregnant person”). Las directrices afirman que “si bien una amplia mayoría de las personas que se quedan embarazadas son mujeres, no debemos desdeñar los sentimientos de los intersex y los trans que pudieran quedar embarazados”. ¡Que viva lo “médicamente correcto”!

Pero esta locura, porque es difícil no designar así a un intento tan falaz de negar la realidad, no se detiene aquí. Por ejemplo, sigue indicándonos este manual de neolengua que quiere dictaminar lo que debemos decir (y lo hace con toda la fuerza del Estado), que el término “amamantar” (“breast feeding”) debe reemplazarse por alimentar con el pecho (“chest feeding”), para así no molestar a quienes carecen de un torso capaz de producir leche.

Y el término “vagina”, hasta no hace tanto grito de guerra de ciertas feministas, hay que sustituirlo por “agujero frontal” (“front hole”), mucho más inclusivo y que no discrimina respecto a todo tipo de agujero que un cirujano sea capaz de hacer en la entrepierna. La cesárea tampoco está bien vista por la British Medical Association, quizás porque recuerda al parto de Julio César, que debía de ser probablemente fascista y, con toda seguridad, un odioso hombre blanco heteropatriarcal e imperialista; en vez de esa palabreja que nos recuerda que somos herederos del Imperio Romano, ordenan utilizar de ahora en adelante la expresión “nacimiento por ventana” (“window birth”).

Uno está tentado de tomarse la cosa a guasa, pero por desgracia es mucho más grave de lo que podríamos pensar. Como decíamos al principio, los literatos llevan ya mucho tiempo advirtiendo de esa gravedad, de las nefastas consecuencias de vivir y hablar desde el reino de la mentira. Cuando la British Medical Association dice que “una amplia mayoría de las personas que se quedan embarazadas son mujeres”, dando a entender que existen otras situaciones, está mintiendo.

En el debate que ha seguido a la publicación de estas directrices en el Reino Unido se señaló que el único caso de un “hombre embarazado” que tenemos es el de una mujer (biológica, añadimos, para evitar malentendidos) que no ha perdido ni su útero ni sus ovarios y que decidió posponer su operación quirúrgica de “cambio de sexo” para poder tener un hijo.

Subyace pues en estos intentos de imponer un lenguaje política o, ahora, médicamente correcto, un rechazo de la realidad, que creemos que puede ser alterada si la nombramos de otro modo, como si sólo fuera una emanación de nuestras mentes (y no, la realidad es real, perdonen el pleonasmo, externa a nuestra mente y no depende del modo en que la designemos), al mismo tiempo que una noción de lo que son las personas francamente deprimente. A base de dinero y presiones se puede pretender que no existen sexos diferenciados, que el pasar de uno a otro solo depende de un poco de cirugía y de unas cuantas pastillas de hormonas. No es verdad. Podremos, externamente, confundir a quien nos observa, pero la realidad de quién somos, inscrita en nuestro ADN, permanece intacta. Y pretender que no es así, obligar a hablar como si no fuera así, es una gran mentira de la que no puede salir nada bueno.

Algunos pensarán que no hay peligro para ellos, pues les queda lejos o, en cualquier caso, usar unas pocas palabras para complacer a unos chalados tampoco es para tanto. Creo, sinceramente, que se equivocan. Una vez puedes forzar a la gente a pensar que no existen hombres y mujeres, sino que los sexos son algo fluido y cambiante, el Estado sabe que ya nada le puede detener. Sabe, por ejemplo, que puede perfectamente asumir el papel de educar a los niños, incluyendo la visión de la sexualidad que antes era tarea reservada a los padres y que ahora corresponde a ese Estado-niñera. Si pueden obligarnos a pensar y actuar contra la evidencia, significa que no estamos lejos de que se arroguen el control total sobre nuestras vidas. Esperemos que al menos nadie diga que no se veía venir.

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