2012-2013: un año en el que ser católico significa ser misionero

A escasos ocho meses del inicio del Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI con el Motu Proprio Porta Fidei (texto completo en el sig…

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A escasos ocho meses del inicio del Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI con el Motu Proprio Porta Fidei (texto completo en el siguiente enlace), el Anuario Pontificio presentado a Su Santidad el pasado 10 de marzo de 2012 indicaba que la Iglesia católica cuenta con un 1,3% más de fieles en todo el mundo (cf. Religión en Libertad 10.03.12).

Misionar a los de dentro

Esta cifra puede parecer alentadora. Sin embargo, surge también la pregunta de si los 15 millones de “nuevos” católicos vienen a engrosar la cifra de quienes “tienen la camisa puesta” o la de aquellos que llevan solo el nombre. Dado que, si esta estadística es positiva, también hay otras que dejan mucho que pensar y analizar, como la de la Conferencia de obispos católicos de Estados Unidos, que hablaba de unos 100 mil católicos que abandonan su fe cada año (cf. La opinión 06.01.12); o los datos que proporcionaba el Instituto Francés de la Opinión Pública (IFOP) en el que se constataba que solo el 4,5% de católicos en Francia es practicante, añadiendo a esto que actualmente se construyen más mezquitas islámicas que iglesias católicas, y que hay ya más practicantes musulmanes que católicos (estos últimos, al menos de nombre, constituyen el 64% de la población en Francia) (cf. Vaticaninsider 26.08.11).

Y es que llamarse católico no es lo mismo que ser católico: hay una diferencia abismal. La fe que se apaga en el corazón de muchos “creyentes”, como brasas dormidas donde antes hubo fuego, es la prioridad de la Iglesia hoy. Así lo dijo Benedicto XVI a los participantes en la plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe: “Estamos ante una profunda crisis de fe […], que constituye el mayor desafío para la Iglesia de hoy. […] La renovación de la fe debe ser la prioridad en el compromiso de toda la Iglesia en nuestros días” (27.01.12).

La Iglesia necesita más que nunca que los católicos entiendan que ser misioneros no significa únicamente perderse en África o en Asia. Hoy las ciudades se han convertido en verdaderas junglas, donde la luz de Dios no logra penetrar, y la persona más necesitada de un testimonio vivo del Evangelio puede estar a nuestro lado, incluso si se declara creyente. Para decirlo con palabras del Card. Timothy Dolan, “[la misión de la Iglesia] se dirige no solo a Nueva Guinea, sino también a Nueva York” (La proclamación del Evangelio hoy: entre la misio ad gentes y la nueva evangelización, 17.02.12).

He aquí el reto de la nueva evangelización: todos los cristianos deben tomar conciencia de su tarea evangelizadora. Hacen falta misioneros dentro de la misma Iglesia.

Enséñenles a obedecer lo que yo les he mandado a ustedes (cf. Mt 28,19-20)

En el Evangelio según san Mateo vemos que cuando Jesús envió a sus apóstoles a evangelizar les mandó: “Vayan por todo el mundo […] enséñenles a obedecer todo cuanto yo les he mandado” (Mt 28,19-20).

¿Nuestro comportamiento enseña a los demás cómo obedecer lo que Cristo nos mandó? Es decir: los mandatos de Cristo son primariamente para sus seguidores y son ellos quienes deben mostrar al mundo el esplendor de una existencia vivida según el Evangelio.

La tarea educadora que entraña la vocación misionera de todo bautizado no se expresa diciendo: “Hagan lo que dijo”, sino más bien aquello que pedía el Apóstol de los gentiles: “Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 11,1).

El Beato Juan Pablo II lo expresaba de la siguiente manera: “El mensaje de Cristo significa, sobre todo, dar testimonio de Él con nuestra propia vida. […] El mundo tiene hoy necesidad especial de testigos creíbles” (Mensaje para el día mundial de la juventud, 30.11.91).

Chesterton, un converso del anglicanismo, señalaba la importancia de este argumento: “una sola palabra necia dicha en casa, es mucho más nociva que millares de palabras insensatas oídas en la calle […] Son muchos los conversos que llegan a un punto donde nada de lo que pueda decir un protestante o un infiel hace mella en su determinación. Pero una sola palabra dicha por un católico puede bastar para apartarlo del catolicismo” (G.K. Chesterton, Por qué soy católico, El buey mudo, Madrid 2010, p. 112).

Hoy, gran parte de la crítica que se hace a la Iglesia es su clara oposición ante algunos aspectos que la cultura actual considera “avances” en la “libertad” del individuo. El materialismo y el hedonismo han venido a constituir el paradigma a partir del cual se juzga sobre los acontecimientos y sobre la moral misma. De ahí la inconformidad de tantos a la postura de la Iglesia ante el aborto, los anticonceptivos, la eutanasia, las uniones homosexuales, el suicidio asistido, etc.

Es curioso señalar cómo no son ya los elementos fundamentales del credo cristiano ni los dogmas de fe los que provocan mayores inconformidades, tensiones y defecciones, sino aspectos más bien secundarios como los señalados anteriormente, pero que tocan la vida cotidiana y social del hombre de nuestros días.

Soplan por todas partes vientos que de dentro y de fuera del catolicismo buscan meter a la Iglesia en la sintonía del relativismo.

Ser calificada de “retrógrada” y de predicar preceptos “absurdos y anacrónicos”, como expresaba la agrupación de hackers Anonymous en su comunicado al dejar fuera de servicio la web del Vaticano (cf. Infocatólica 07.03.12), es una de las muchas cruces que ha tenido y tiene que cargar la Iglesia si no quiere abdicar y renegar de su identidad.

Pero como hemos dicho, las voces de “modernización” también llegan de dentro. Quizá el caso más cercano en temporalidad sea el de más de 300 sacerdotes que apoyaron la así llamada “Pfarrer-Iniciative” (llamado a la desobediencia) en Austria. Con esta iniciativa y con otras posteriores como el documento sobre la “Eucaristía en tiempo de escases de sacerdotes” reclaman a la jerarquía católica la dirección de parroquias por parte de laicos, la abolición del celibato sacerdotal, la comunión a los divorciados en nueva unión, el sacerdocio femenino, etc. (cf. Infocatólica 05.02.12).

Esta situación urge cada día más a que los católicos perciban que nuestros contemporáneos no necesitan un cristianismo “acondicionado”. Demandan más bien hombres y mujeres que manifiesten con sus vidas que se puede vivir una vida plenamente según la Buena Nueva.

Henri De Lubac, que estudió las críticas de filósofos modernos al Cristianismo, señalaba la necesidad de la Iglesia de nuestros días, que ya en su tiempo se perfilaba como un requerimiento urgente: “Lo que necesitamos no es un cristianismo más viril, o más eficaz o más fuerte, sino vivir nuestro cristianismo más virilmente, más eficazmente, más fuertemente, más heroicamente. Para vivirlo tal como es no hay nada que cambiar, nada que añadir: no hay que adaptarlo a la moda del día. Es preciso devolverlo a nuestras almas. Ponerlo en nuestras almas” (El drama del humanismo ateo, Encuentro, Madrid 2008, p. 91. La negrita es nuestra).

La Iglesia superará los intentos de secularización que de dentro y de fuera quieren hacerla desertar de su misión de no predicar otro evangelio que no sea el de Cristo, en la medida en la que haya en su seno católicos tenaces, atrevidos y audaces que se lancen a mostrar al mundo con su existencia la plenitud de vida y de felicidad que Jesús vino a traer con su Redención, pues son solo los santos los verdaderos portadores del luz en la historia (cf. Deus Caritas est n.40).

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