Las tentaciones de Jesús y el mundo secular

16 breves y penetrantes comentarios del escritor portugués Gabriel Magalháes 16 breves y penetrantes meditaciones del escritor portugués Gabriel Magalháes

A veces no podemos evitar recomendarles un libro. Es el caso de “Espejo de Vida”, que trae un subtítulo clarificador: una lectura cotidiana del Evangelio. Son 16 breves y penetrantes comentarios del escritor portugués Gabriel Magalháes, profesor de literatura a la Universidad de Beira Interior. Es un libro recientemente editado en catalán por la Fundación Joan Maragall y que antes lo fue en su lengua originaria y en italiano. Es una lástima que todavía no se disponga edición en lengua castellana porque merece la pena. Desde aquí animamos a hacerlo.

De estas meditaciones ahora querríamos resaltar una. Las tentaciones como identidad, se titula, y trata de las tentaciones de Jesús. Magalháes las conceptualiza de manera brillante por su precisión y brevedad, en tres aspectos: el problema de su cuerpo, del dolor y del sufrimiento, que se encuentran en el horizonte de Jesús. El drama de no ser reconocido por los hombres, el fracaso y, por último, la poderosa tentación del poder.

Por poco que nos paremos a pensar, estas tentaciones reales que experimenta Jesús son también las nuestras, pero con una singularidad importante: en el mundo secular nos son presentadas como problemas. En otros términos, el Mal, con mayúsculas, nos tienta, nos atrae hacia él en pequeñas dosis o en términos trágicos, mediante los problemas que la vida nos presenta.

El miedo a la muerte, a la enfermedad, al sufrimiento y a la invalidez, que nos degrada como personas, nos hace dependientes, hasta constituir una carga sobre la familia, a veces no muy asumida. Para evitarlo apelamos a los recursos públicos, sanidad, dependencia, o a los individuales, como una renta importante. Pero, más que menos, a la hora de la verdad, intuimos que al final estaremos solos, o como mucho, si los hemos cuidado con amor, con los seres queridos, como el Principito con su vulgar y a la vez única y maravillosa rosa. Porque en el hecho de cuidar se encuentra el amor mutuo que conforta. Este, y todavía más, aquel Amor que siempre espera y está disponible, el amor de Dios, que nos da “refugio seguro, el santo reposo, la paz y la alegría eterna”, como dice el cardenal Newman.

El otro gran problema humano es la terrible posibilidad de no ser reconocidos, considerados. Es terrible la sensación de ser ignorado, menospreciado, por los tuyos, familia, amigos, profesión, vida social o pública. La escala es diferente para cada persona, pero el fondo es lo mismo, necesitamos sentirnos reconocidos. La pirámide de Maslow nos lo señala cuando vemos que una vez cubiertas las necesidades más materiales: la alimentación, la seguridad, la salud, tenemos necesidad del reconocimiento, la confianza y el respecto de los otros.

Y también percibimos como un gran problema, el poder, mejor dicho, para la mayoría de nosotros, su carencia: la impotencia, el pensamiento de que somos víctimas de la arbitrariedad, la injusticia, sin poder hacer nada para remediarlo, o el hecho de pensar las cosas que podríamos hacer si dispusiéramos del poder, grande o pequeño, que la vida nos niega.

Estos tres problemas son vividos por nuestra sociedad en unos términos históricamente inéditos por su combinación de simultaneidad e intensidad. Nos marcan, como nunca, como individuos y como colectividad.

Y ¿dónde radica la tentación? En la respuesta que le damos a los obstáculos que nos limitan o nos traen al límite, y que creemos que nos dan derecho a reaccionar como mejor convenga para no quedar ahogados por ellos. Podemos responder con el mal o, lo más probable, sin cuestionarnos la categoría moral de la respuesta: “¡mientras lo supere!” Así el mal queda justificado por mi salvación, para escapar de la dificultad. Este es el gran reto de la vida realizada en el bien, la vida humana.

Si la dificultad es pequeña, posiblemente el mal también lo será, y esto todavía tranquiliza más. Si es grande, quizás el resultado sea trágico, pero incluso en el primer caso, la fuerza de la tentación es tremenda, porque el hecho de caer tranquilamente en pequeños males nos va haciendo insensibles al mal mayor. Si, además, este está lejano y es abstracto, grandes cifras, millones de euros, un millón de refugiados, en lugar de personas, la facilidad para caer en la tentación se multiplica, y crece más cuanto mayor sea la urgencia y, sobre todo, cuando más enorme sea nuestro miedo fruto de la inseguridad.

Confiar solo en la respuesta secular, como vemos en las relaciones personales y laborales, como vemos en la política y la sociedad, desde el barrio hasta Europa, resulta muy peligroso porque constatamos como la sola condición humana hace que le sea más fácil resolver el problema justificando el mal que afrontando el bien. Así entenderán porque confiamos más en Dios que en los hombres, en una Iglesia imperfecta porque está formada por personas, pero instituida por Jesucristo, que no en el estado. Solamente la conciencia en Dios tiene la fuerza colectiva suficiente para salvarnos de las tentaciones guiadas por el miedo. La impotencia generadora de mal de la Europa de hoy lo confirma, aún más por el contraste con la Europa reconciliada surgida del gran mal de la II Guerra Mundial, impulsada por partidos y liderazgos que se apoyaban en el cristianismo.

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