La “cultura de la violación” o el fracaso de una década

En Diciembre de 2008 se aprobó, con rango de ley orgánica, la de medidas integrales contra la violencia de género, la primera de una serie de medidas, que han convertido a España en el imperio de las políticas Gender. Los años transcurridos son más que suficientes para efectuar un balance de toda esta política que ha generado una cultura que es hegemónica. El resultado tiene un nombre, se llama fracaso, y el epitafio lo escribía,sin pretenderlo, La Vanguardia en su editorial del 3 de septiembre Contra la “cultura de la violación”: no es no. El relato era muy sencillo. En España se cometen mil violaciones al año de acuerdo con los datos del Ministerio del Interior. Una cifra que según el periódico subvalora la realidad, puesto que afirma que solo se denuncian una de cada seis violaciones. Pero esto no sería un epitafio de las políticas Gender, y sí solo una cifra. La lápida la completa la consideración de que aquella violencia ha ido creciendo en el transcurso de estos años. O sea, que todo el costoso edificio levantado para proteger a la mujer tiene como consecuencia el aumento de las violaciones (además del número de denuncias por agresiones y el mantenimiento de las cifras de feminicidios). ¡Menudo éxito!

Lo peor del caso es que nadie se pregunta por qué; cuáles son las causas que hacen que una generación educada en la doctrina Gender desarrolle una “cultura de la violación” que sus predecesores no poseían. Años atrás, en los San Fermines, -por citar la referencia más vistosa- no se violaban ni agredían sexualmente a mujeres. ¿Por qué el “patriarcado”, ese extraño invento del Gender, carecía de esa querencia de confundir fiesta y agresión a la mujer? Porque la violación era y es un estrago de la guerra, del salvajismo bélico. La gran novedad de nuestro tiempo es que se haya convertido para los más jóvenes en un estrago de la fiesta. No hay celebración popular que se precie que no se vea en la necesidad de desarrollar medidas para prevenirlas.

La respuesta, difícilmente, puede ser más policías, leyes, jueces, es decir, empecinarse en el método fracasado. Piden más atención de los medios de comunicación, como si fuera poco el nivel de saturación de noticias sobre este ámbito, pero en ningún caso se preguntan algo tan elemental como por qué han de repetir infructuosamente que no es no. ¿Por qué no, no es no?  Sin preguntas no hay soluciones.

En todo este planteamiento hay una falla estructural. Por una parte se promueve la cultura de la satisfacción inmediata del deseo, de lo instintivo, y todo postulado de encauzarlo, la templanza y la fortaleza es tachado de represivo y descartado de la educación. Tampoco se educa en la dignidad humana del hombre y de la mujer, del ser humano, que exige respeto en su integridad física, psíquica y moral. Y por último, y esto ya es muy a ras de suelo, se ha olvidado que los impulsos sexuales de los hombres, por razones genéticas, no funcionan igual que los de las mujeres: es una obviedad que es necesario recordar en tiempos de confusión deliberada. Un hombre no es una mujer en términos biológicos, aunque los dos son portadores de idéntica dignidad por su común condición humana. Con estas contradicciones y omisiones es evidente del por qué la fiesta se traduce en violencia: porque nada refrena el instinto, solo la ley, la policía, los jueces, en lugar de ser la propia conciencia. Y sin conciencia nunca habrá suficientes medios represores con el aditamento, que en nombre de la permisión del deseo, construimos la sociedad más represora legalmente de la historia.

Y es que nuestra historia se ha cimentado en dominar el instinto mediante la cultura, la moral y la ética de la virtud. Que eduquen en el respeto y en su práctica para hacerlo efectivo, en la común condición de personas y en las diferencias entre sexos, para facilitar una mejor comprensión mutua de hombres y mujeres, y desaparecerá esa cultura de la violación como acto festivo.

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