Los efectos de una sociedad demasiado permisiva: la violencia de hijos contra padres, en aumento

En 2015 se incoaron en España casi 5.000 expedientes relativos a este tipo de maltrato. Las familias no denuncian y “no sabemos realmente cuál es la magnitud de este fenómeno”, advierte un experto

Con la actual permisividad, ¿cuánto puede tardar un niño agresivo en amenazar a sus padres? Con la actual permisividad, ¿cuánto puede tardar un niño agresivo en amenazar a sus padres?

“Mi hijo me manipula”, “no puedo con él”, “en casa manda la niña”, “no es que no sepamos qué hacer, sino que no sabemos cómo hacerlo”. Son frases pronunciadas por testimonios de padres asistentes al ‘XI Fòrum Interxarxes: com abordar la violència filoparental’ (‘Foro Interredes: cómo abordar la violencia filio parental’), celebrado en Barcelona el pasado viernes, 21 de octubre.

En este encuentro, se trató de un problema, “La violencia filoparental: ¿síntoma de un trastorno?, que va en aumento en toda España como consecuencia de una sociedad demasiado permisiva: la violencia de hijos contra padres.

“Cuando entramos a averiguar las causas encontramos diversidad de situaciones y variables: estilos educativos, permisividad social, conflictos familiares, dinámicas relacionales violentas, patologías mentales”, advierten los expertos participantes en el Foro.

Pero, ¿cuál es la definición de este fenómeno creciente, violencia filioparental (VFP) con el que coinciden los expertos?: “conjunto de conductas reiteradas de agresiones físicas (golpes, empujones, lanzar objetos), verbales (insultos repetidos, amenazas) o no verbales (gestos amenazadores, ruptura de objetos apreciados) dirigida a los padres, las madres o los adultos que ocupan su lugar”.

Las madres, principales víctimas de los niños que maltratan a sus padres

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Los casos detectados, solo un esbozo de la realidad

Una de las preguntas planteadas en el encuentro es “cuál es la dimensión real de este fenómeno? Y la conclusión es que no hay respuesta fácil para esta pregunta.

Si nos atenemos a los datos oficiales obtenidos sobre la violencia filioparental, las cifras policiales hablan de “casi 5.000 expedientes incoados en el 2015 en España, unos 267 imputados en el 2014 en Catalunya”, según informaba un día después La Vanguardia.

Sin embargo, aun siendo preocupantes, estos datos son solo la punta de un iceberg que llama a la reflexión planteando interrogantes sobre cómo solucionar este fenómeno al alza.

El principal escollo es que la mayoría de las familias no denuncian, bien sea por pudor ante una situación familiar de la que se avergüenzan o que consideran que ha de quedar en el ámbito de lo privado, bien porque no se atreven a denunciar a sus propios hijos, o sencillamente porque ignoran los pasos a seguir para plantear a la Administración o expertos en la materia el problema que tienen en su propio hogar.

No sabemos realmente cuál es la magnitud y la evolución de este fenómeno”, aseguraba Joan Ma­yoral, subdirector de Atenció a la Infància i l’Adolescència de la Generalitat de Catalunya durante el foro. “Pero sí que es importante, parece creciente, y tiene graves repercusiones en la familia”, añadía.

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La permisividad social, una de las causas

Las causas de la violencia familiar son muy diversas, desde formas de educar permisivas hasta patologías mentales, pasando por conflictos familiares. “No podemos hablar de un trastorno específico de la violencia filioparental, sino de un síntoma que es como una denuncia, un grito de auxilio sobre un dolor que nadie ve ni atiende, […]“pero es una falsa salida porque al utilizar la violencia, añade más violencia”, asegura José Ramón Ubieto, psicólogo del SSB Horta-Guinardó.

Pero, como advierte el psicólogo Javier Urra, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filioparental, la excesiva permisividad es una de las principales causas a tener en cuenta.

Se quiere educar sin utilizar la palabra ‘no’, sin aceptar la frustración […] y los niños se convierten en dictadores”. A su juicio, la patada a la madre (casi siempre el progenitor agredido es la madre) a los seis años equivale en gravedad a un puñetazo a los 17. “Autoridad también es amor”, concluye.

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Por otra parte, el Síndic de Greuges de Catalunya, el equivalente al Defensor del Pueblo en esta comunidad, Rafael Ribó, ha aconsejado anular inmediatamente la Ley del libro segundo del Código civil de Cataluña, relativo a la persona y la familia (ley 25/2010), porque en un apartado dice que “los progenitores pueden corregir a los hijos en potestad de forma proporcionada, razonable y moderada, con pleno respeto a su dignidad”.

Según el Departamento de Justicia de la Generalitat, de este entrecomillado de la ley no se deduce alusión alguna a los castigos corporales, pero Ribó interpreta que este apartado “puede justificar la violencia” y sugiere al Gobierno catalán que promueva su “eliminación” para garantizar “la prohibición efectiva de los castigos corporales a los niños”.

El Síndic de Greuges insiste en que este párrafo es contrario a las convenciones internacionales. “El marco normativo debe asegurar que no deja espacio para ningún tipo de violencia legalizada en cualquiera de los entornos de vida de los niños”.

Pero, ¿se puede considerar violencia contra los más pequeños una “colleja”, zarandear al hijo o darle un toque en las piernas cuando se quiere impedir que realice un acto que puede suponer un peligro para su integridad, como no cruzar un semáforo en rojo o meter los dedos en un enchufe?

Pues este acto, a ojos de Ribó, debería ser considerado como violencia física contra el niño.

Todos estaremos de acuerdo en que la “línea roja” que no se debe traspasar a la vista de ese apartado de la ley puede ser difusa en algunos casos, pero ¿se debe por ello prohibir o castigar a un padre porque intente “corregir a su hijo de forma proporcionada, razonable y moderada” en edades tempranas para evitar males mayores?

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