A la Belleza por la belleza: Belleza, Fe y Razón

La Fe nos dice que Dios es belleza infinita y que la búsqueda de la belleza en el hombre y mujer, en la Naturaleza y en las creaciones humanas …

La Fe nos dice que Dios es belleza infinita y que la búsqueda de la belleza en el hombre y mujer, en la Naturaleza y en las creaciones humanas es un camino hacia el mismo Dios.

También la reflexión nos indica que una razón que no diera cabida a la belleza quedaría coja y lesionada: Si la razón disecase la música hasta considerarla sólo vibraciones del aire podría quedar castrada para apreciar la belleza y armonía que nos trasmite esa misma música. Si la razón disecase la pintura hasta considerarla sólo una combinación de pigmentos colorantes, no captaría el silencioso mensaje de belleza de las obras de arte. Y si la razón o la ciencia disecasen el Universo hasta considerarlo sólo como materia sometida a unas leyes matemáticas, se estarían ensordeciendo a la música y armonía de las estrellas.

Nos dice Benedicto XVI que “la verdad, fin y vida de la razón, se expresa en la belleza y se autorrealiza en la belleza, se encuentra como verdad. Y donde está la verdad debe nacer la belleza”. (Alfa y Omega, 11-11-2010, p. 23).

Así, un intelectual o científico que no esté cerrado a la belleza no considerará, si es matemático, los números como algo congelado y frío, sino que apreciará la belleza de, por ejemplo, un problema matemático elegantemente resuelto. Y, si es biólogo, lejos de limitarse a concebir los seres vivos como meras máquinas biológicas, captará la variopinta sinfonía de plantas, pájaros, peces, mamíferos, etc. Pero, en cambio, una razón, o una ciencia, que se cerrara a la belleza se mutilarían a sí mismas.

En ese camino hacia Dios el Papa nos llama a “superar la escisión (…) entre belleza de las cosas y Dios como Belleza” (Alfa y Omega, 11-11-2010, p. 30). Y en esa vía de la belleza de los seres hacia la Belleza Infinita ocupa un lugar privilegiado en la escala la belleza del hombre y de la mujer: Desde la belleza del niño, que nos interroga en su inocencia, hasta la belleza de hombre y mujer, sin olvidar la belleza escondida, oculta, que mana del ser humano sufriente, de esa anciana disminuida que transmite una dignidad sin palabras, de ese minusválido alegre en su dolor.

Como han sabido ver almas sencillas y santas, esta belleza dolorosa nos habla de una belleza que no es de este mundo, del rostro sufriente de Cristo, de su Santa Faz velada por las lágrimas.

Terminemos, pues estas líneas sobre la belleza camino hacia la Belleza inefable con unos versos de una de estas almas sencillas dedicados al rostro doloroso de Cristo:

“Es tu imagen inefable

astro que guía mis pasos.

Tu dulce rostro, Jesús

bien lo sabes,

es en la tierra mi cielo.

Mi amor descubre el encanto

de tu rostro

embellecido de llanto.

Y a través de mis lágrimas

yo sonrío

contemplando tus dolores”

(“Mi cielo en la tierra”, Sta. Teresita del Niño Jesús)

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