A nosotros, pónganos un matrimonio indisoluble, por favor

La familia está herida en Europa. Principalmente, por el divorcio. Algunos países como Gran Bretaña o Rusia tienen ya 3 generacio…

La familia está herida en Europa. Principalmente, por el divorcio. Algunos países como Gran Bretaña o Rusia tienen ya 3 generaciones de divorciados… el efecto es acumulativo, porque los hijos y nietos de divorciados se divorcian más. La acumulación implica banalización.

España es una anomalía especialmente extraña por dos leyes del gobierno Zapatero que ofrecen una combinación sin igual en todo el planeta: la combinación de divorcio exprés (a los tres meses de casados, sin alegar causas… cuando para cambiar de compañía telefónica muchos contratos te piden al menos 6 meses de permanencia) junto con el “matrimonio gay”, que dice que un matrimonio puede ser una unión de hombre y mujer o de dos hombres o dos mujeres. Las dos leyes juntas hacen que casarse no signifique nada o casi nada.

En este contexto, cuando un cristiano y una cristiana se casan, bien pueden proclamar al mundo que lo que hacen es una unión indisoluble y muy distinta a lo que puedan hacer dos gays o lesbianas. El mundo (el Estado) no lo reconoce y responde: “lo que ustedes hacen es disoluble –aunque ahora no les apetezca disolverlo-; además lo que ustedes hacen y lo que les une es lo mismo que hacen y une a esos dos gays o lesbianas.” A saber: unos papeles con unos sellos españoles. O eso dice el Estado.

¿Es posible reinstaurar el matrimonio indisoluble?

Nuestra cultura divorcista, incapaz de compromisos firmes y hecha a contratos basura y de corto alcance se espanta con la sola idea de “matrimonio indisoluble”. Y sin embargo, si existiese en España, millones de cristianos y personas enamoradas de buena voiluntad optarían por él.

De hecho, millones de españoles optaron por el matrimonio indisoluble –casándose- para ver luego como, de un plumazo, el Estados convertía con la Ley del Divorcio (y antes con la Constitución) sus uniones en disolubles.

El matrimonio cristiano (indisoluble, fiel al cónyuge, una unidad de dos personas, abierto a los hijos y familia, formado por hombre y mujer) tomó en la Edad Media la forma de un “contrato”. La Iglesia lo presentaba así a la sociedad (y a los abogados), aunque dando por supuesto que era un contrato muy especial: un contrato que ni siquiera las partes contrayentes podían rescindir. Esta forma de presentarlo fue útil para extender la visión cristiana del matrimonio en las sociedades del Medievo.

Pero esta idea de matrimonio-contrato hoy no sirve para transmitir los valores del matrimonio cristiano. Los hombres de hoy entienden que un contrato siempre es disoluble… mientras que el matrimonio cristiano, el que Cristo define, NO es una relación disoluble. En realidad, el matrimonio cristiano nunca fue en verdad un contrato.

Acabemos con el matrimonio-contrato

Un contrato intercambia bienes o servicios: 40 horas semanales por un sueldo, una casa por un yate… Pero el matrimonio intercambia personas: “yo me entrego a ti; tú te entregas a mí… hasta que la muerte nos separe”.

Son muchos los que han señalado (por ejemplo, Joan Carreras en Las Bodas: sexo, fiesta y derecho, Rialp, año 1994, página 196) que el matrimonio disoluble se ha abierto paso en las mentes y en las leyes por esta lógica contractualista. Así, muchas personas han entendido que casarse era intercambiar utilitariamente bienes (sexo, compañía, quizá prestigio o alojamiento).

Por lo tanto, la única alternativa a la cultura del divorcio, es olvidar la idea del matrimonio-contrato y proponer una cosa que suena a nueva (aunque es el matrimonio cristiano “de siempre”, el que Jesús defiende en el Evangelio): es el matrimonio-alianza o pacto-alianza.

Así lo explicaba el abogado de la Rota Romana Joan Carreras del Rincón, doctor en derecho por la UB y en Derecho Canónico por la Santa Croce de Roma, en su libro Las bodas, sexo fiesta y derecho, capítulo VI:

“A mi parecer, para que pueda vivirse y transmitirse eficazmente el valor de la indisolubilidad es necesaria una cultura de la alianza conyugal, que está germinalmente presente en los documentos del Magisterio de la Iglesia

¿Qué diferencia hay entre la categoría de contrato y la alianza conyugal? Una diferencia mucho mayor que la que existe, por ejemplo, entre un prestamo unilateral y una compraventa a plazos. La diferencia no es meramente cuantitativa, sino esencial, cualitativa. No se dan ni intercambian cosas: el objeto del consentimiento es una persona.

Cada uno de los cónyuges busca el bien del otro, o si se quiere, busca “al otro como bien”. Puesto que el bien es recíproco porque recíproca es la entrega, tenemos que el objeto del consentimiento es el bien de los cónyuges (el bonum coniugum, usando la terminología de la Gaudium et Spes, nn.48.52).

La alianza conyugal sigue en pie mientras permanezcan en vida las personas de los esposos, porque es precisamente el bien de los esposos lo que ambos se han comprometido a buscar y promover.

Me parece que esta es la única manera racional de explicar por qué razón el pacto conyugal es intrínsecamente indisoluble: porque vige hasta que ya no sea posible perseguir el bien de los contratantes, cosa que sólo sucede con la muerte de uno de ellos. Esa es la verdad contenida en la frase “hasta que la muerte os separe”.

Joan Carreras recuerda en ese mismo capítulo que el matrimonio indisoluble no es un concepto sino algo para vivir, y para vivir en sociedad, que debe encarnarse en algún reconocimiento legal. Y propone una estrategia para re-instaurar el matrimonio indisoluble.

"Para una renovada estrategia cultural en esta materia hemos de apoyarnos simultáneamente en uno de los pilares del estado de derecho –el pluralismo- y en la verdad del amor-fiel-hasta-la-muerte, la cultura conyugal, que no sólo viven católicos sino millones de personas de buena voluntad.

La estrategia adecuada deberá ser la de que los cristianos y los hombres de buena voluntad consigan que sus respectivos Estados reconozcan el derecho de la persona a celebrar un pacto conyugal indisoluble.

Se trata simplemente de que el Estado reconozca el derecho fundamental de contraer un pacto cuyo objeto coincide con las personas de los esposos. No se trata de un pacto con cláusula de indisolubilidad sino de un pacto que extiende necesariamente sus efectos hasta la muerte de los contratantes, porque si no es así carece de sentido.

Quien piense que el Estado nunca aceptará un pacto semejante ignora que todo el problema reside en la razonabilidad del argumento y en la insistencia con que los que se consideran titulares de ese derecho lo defiendan ante las ventanillas del Estado.

Sería una discriminación intolerable por parte del Estado el negarse a reconocer el derecho de las personas a establecer pactos conyugales indisolubles. Dejemos el divorcio para quien lo quiera, pero no se nos imponga a todos. En nombre de la libertad, se está cometiendo un atropello del derecho de todas las personas que han querido establecer expresa y libremente un pacto matrimonial indisoluble.

Conseguir que muchos ciudadanos de a pie lograran del Estado el reconocimiento de la alianza conyugal indisoluble sería un gran paso en la reevangelización de la vieja Europa. En cada fiesta nupcial de los ciudadanos que hicieran uso de ese derecho estaría presente toda la grandeza y misterio del amor humano, que lleva a la persona a darse a sí misma de modo irrevocable. La fiesta nupcial es el mejor signo de la Buena Nueva."

¿Es Joan Carreras el único que defiende la creación de una nueva figura jurídica, la alianza indisoluble, que expresaría legalmente la realidad del matrimonio cristiano?

No, ya Amadeo de Fuenmayor lo defendía en 1993 en su artículo “El derecho a contraer matrimonio civilmente indisoluble”, que volvería a publicarse, actualizado, en el año 2000 (Cuadernos Instituto Martín de Azpilcueta, Pamplona). Fuenmayor insistía en que hay que usar las palabras que acepta nuestra época: “libertad”, “pluralidad”.

Fuenmayor destaca que hay dos culturas de la libertad que coexisten en nuestros países occidentales. Para unos, la libertad no permite atarse definitivamente a otra persona. No dan libertad a atarse indisolublemente, porque entienden que la libertad sólo permite ataduras disolubles. Para otros, la libertad implica libertad también para atarse indisolublemente.

Reconocer el “divorcio para todos” implica imponerlo a aquellos que no quieren divorcio como posibilidad en su relación. El Estado, que debiera ser plural, en vez de permitir que ambas visiones puedan vivirse y optarse, impone sólo una (el matrimonio disoluble) y prohibe otra (el matrimonio indisoluble).

Es deber de un estado pluralista atender la necesidades de todos, también de quienes reclaman para sí un matrimonio indisoluble.

Fuenmayor, en su edición del 2000, recoge las experiencias parciales en este sentido de los “covenant marriage” en vigor desde el 15 de agosto de 1997 en Louisiana: un tipo de contrato matrimonial por el cual los contrayentes aceptan toda una serie de dificultades legales para divorciarse.

Otros autores en una línea similar son J. Gallardo (Una alternativa ante la prohibición del matrimonio civil indisoluble, Il Diritto Ecclesiatico, 101, 1990) y J. Gilabert (Opción conyugal al matrimonio indisoluble, Excerpta e Disertationibus in iure canonico, Universidad de Navarra, 1987).

Una reivindicación ciudadana en defensa de este derecho civil aportaría los siguientes beneficios:

– perfeccionaría directamente a los ciudadanos que reivindiquen sus derechos

– abriría nuevas vías para defender los derechos familiares

– promueve el bien común

– respeta las libertades de todos

– a la larga, la sociedad verá dónde se da verdadera familia

Todos estos textos se escribieron antes de las grandes movilizaciones en defensa de la familia que han llegado en los últimos años. Queda por ver si el PP de Mariano Rajoy va a tener la posibilidad o intención de derogar el “matrimonio gay”, pero es evidente que nunca ha demostrado voluntad de acabar con el divorcio y la cultura divorcista.

Por lo tanto, siendo un mal que nos acompañará aún décadas… ¿no es el momento de que las personas y asociaciones que creen en la familia reivindiquen la figura jurídica de la alianza indisoluble? Porque el actual matrimonio disoluble y homologable a las uniones entre gays no expresa en absoluto lo que un cristiano y una cristiana (y muchos hombres y mujeres de buena voluntad) hacen cuando se dan su sí definitivo.

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