A Terabithia le falta un Aslan: drama infantil vendido como género fantástico

Un Puente hacia Terabithia se había anunciado por la casa Walden como si fuese otra película de alta fantasía, como su ya exitosa Narnia. No es así. A…

Un Puente hacia Terabithia se había anunciado por la casa Walden como si fuese otra película de alta fantasía, como su ya exitosa Narnia. No es así. Adaptación de un libro de los años 70 de Katheryn Paterson (en el libro la niña regala Narnia al chaval para que "aprendea a comportarse como un rey"), es más bien un drama protagonizado por niños. Sólo unos 10 minutos de los 100 que dura el filme pasan en el mundo fantástico de Terabithia, y no tienen un sabor genuino. Porque Terabithia no existe como Narnia o la Tierra Media: sólo existe en la mente de unos niños voluntariosos, que se esfuerzan por creer y por huir de su mundo escolar.
 

Por un lado, la Terabithia que imaginan los niños cumple todas las condiciones que Tolkien, como ensayista de literatura, atribuía a Faery, el mundo de la fantasía artística, a saber: imaginación, recuperación, escapada y consuelo.
 
Imaginación (magister Tolkien dixit) es el poder de dar a creaciones ideales la consistencia interna de la realidad. Narnia y la Tierra Media lo tienen. Terabithia apenas: es una fantasía improvisada por niños, apresurada y por ella arbitraria. No conocemos apenas las leyes que rigen este mundo, excepto que hay un un Señor Oscuro, ardillas ogros y que los perros cazan trolls gigantes buscándoles cosquillas en los pies. Son fantasías mucho más infantiles que Narnia y casan mal con los protagonistas pre-adolescentes.
 
Recuperación sí hay: una nueva forma de mirar el bosque, la naturaleza y el mundo. Los niños que se han enfrentado a trolls pueden enfrentarse a los matones del colegio. Pueden hablarle a esos profesores tan inalcanzables. Vuelven restaurados.
 
Hay escapada, que no escapismo, y eso es digno y justo. Jamás los niños protagonistas huyen de sus responsabilidades familiares o escolares por refugiarse en Terabithia. Al contrario, de ella vuelven fortalecidos. Tolkien recordaba el derecho del prisionero a escapar de su celda, o al menos a fantasear con su fuga y el mundo más allá de los barrotes. En la destartalada casa de Jess esta es una actividad lícita que él ejerce dibujando e imaginando.
 
Y hay consuelo, pero no sabemos por qué. ¿Porque lo dice Tolkien, lo exige el guión? Cuando muera uno de los niños protagonistas, de una forma que hiela el corazón a los espectadores, nada heróica, nada matizada, brutal por su ausencia, el otro quedará congelado, incapaz de aceptarlo. Intentará autoengañarse en el mundo de fantasía, pero no lo conseguirá… vuelve consolado pero no se nos dice como. Quizá el fallo está en la adaptación cinematográfica: la novela original surgió precisamente para consolar a un niño que había perdido un amigo, comenta la autora. Y no está claro que los niños espectadores queden consolados a su vez.
 

Las matonas del cole te cobran un dólar por hacer pipí
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La mayor carga de esperanza en el filme viene cuando decide el niño construir un puente para que su hermanita pequeña, hasta entonces mantenida lejos del reino mágico, pueda pasar y ser la nueva princesa de Terabithia. Al compartir, la fantasía se hace fecunda y más hermosa que nunca.  
 
Es una película que niños de 8 a 13 años pueden ver sin aburrirse por las escenas de conflictos escolares, matones en el autobús, etc… Pero les decepcionará la falta de auténtica fantasía épica, de altura. Y la muerte de un protagonista hará llorar a muchos. Es, de hecho, un drama realista con pinceladas de fantasía onírico-psicológica. Pese al buen trabajo de los niños actores (genial AnnSophia Robb, quien fue la rubia descarada de La fábrica de chocolate) y de la creación de ambientes infantiles (las clases y recreos, sobre todo) la relación entre el mundo real y el fantástico no seduce, porque el fantástico es demasiado voluntarioso, poco fluido: le falta verdadera vida.

AnnSophia Robb es lo más fantástico de esta película, en todos sus sentidos buenos
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Tampoco es del todo satisfactorio el tratamiento de la muerte. Muerto un protagonista, el otro se culpa a sí mismo. También se preocupa de que al no ser creyente en la Biblia su amigo esté en el infierno. Su padre le asegura que "aunque no sé mucho de Dios, seguro que Él no permite que esté en el infierno". Para ser Walden Media, la gran esperanza del cine de valores cristianos, falta Jesús. Falta un Jesús poderoso y salvador. Falta un Aslan, que es Señor de Narnia, previo a Narnia y fuente de Narnia.
 
La imaginación fantástica, decía Tolkien, es un ejercicio racional, no irracional. Las visitas a Terabithia parecen más bien simplemente emocionales. Esta película es mejor que Una serie de catastróficas desdichas y otras fantasías más o menos arbitrarias, carentes de los rigores de la alta fantasía. También es más seria y profunda que un cliché prefabricado y cansino como Eragon. Tiene el mérito de haber desplazado de las taquillas yanquis a la insufrible adaptación de El Motorista Fantasma. Pero habremos de esperar a la segunda de Narnia, El Príncipe Caspian, que ya ha empezado a rodarse y veremos en 2008. O a Harry Potter, un valor siempre seguro. O a la tercera de Spiderman. Queremos, en fin, fantasía de verdad, de la buena.
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