A vueltas con la Iglesia

La Iglesia, pese a su discreción y a la ponderación y serenidad de sus juicios, viene siendo objeto, últimamente, de una especial…

La Iglesia, pese a su discreción y a la ponderación y serenidad de sus juicios, viene siendo objeto, últimamente, de una especial fijación, detintes excluyentes muy negativos, no sólo por parte de la progresía de puño y rosa, sino por quienes, desde la política de signo opuesto, ahora le disputan la “modernidad” a los primeros. Creyendo que se les murió de viejo el PP, pero con sus siglas en la mano, han hecho suyo “el supremo apóstrofe, Santiago y abre España, a la libertad y al progreso”, que diría Valle-Inclán.Y es así que, no sólo reniegan de la Iglesia, sino incluso del “humanismo cristiano”, y todo para rendir homenaje a los derechos del colectivo homosexual, amenazados por un recurso de inconstitucionalidad que pende de la mano de sus propios compañeros de partido.

Para empezar, estos señores no conocen la distinción entre Nación y Estado y por ello, tampoco han entendido lo que significa la separación Iglesia-Estado. La Iglesia no puede ser borrada de la vida pública, como han hecho todos los regímenes comunistas, porque no puede separarse de la sociedad civil, de la cual formamos parte los católicos, incluyendo los siete millones que nos declaramos practicantes, según la última encuesta del CIS. Somos sociedad civil y al mismo tiempo Iglesia, es decir, un gran cuerpo, que es Cristo, con muchos miembros, que somos sus imperfectos y sin embargo amados discípulos. La Iglesia además, por mandato del mismo Cristo, tiene una vocación universal, de llamada a todos los hombres, de toda condición (y por supuesto, orientación sexual), a conocer y vivir la paz y la alegría de Cristo en esta vida, y a compartir después con Él la salvación. Es un mensaje positivo, de esperanza, al alcance de todos, que incluso se hace posible, por la infinita misericordia Dios, en un último instante de arrepentimiento. Y es que Cristo derramó su sangre por todos, y por tanto, no desea la pérdida de ninguno. La Jornada Mundial de la Juventud, permitió constatar, además, muy recientemente, que se trata de un mensaje vivo, actual, con futuro y proyección internacional. Pese a ello, tenemos que oír una y otra vez, que la Iglesia no respeta algunos derechos humanos, en una cantinela, repetitiva y falsa, que debe ser desechada con firmeza, no ya por razones de fe, sino por razones jurídicas, que por lo menos constituyen un marco de referencia común y de obligado cumplimiento, cuando la ignorancia es el motor que dirige las mentes y las iniciativas políticas, de quienes pretenden ser referente social.
Descendiendo, pues, a las razones jurídicas, tenemos que el colectivo homosexual, en esta última condición, sólo tiene un derecho humano reconocido, sin más precisiones, que es el de no ser discriminado por su orientación sexual. Paralelamente, y al mismo nivel, algunos parecen desconocer, o quieren directamente ignorar, que la misma Constitución, en el mismo artículo, reconoce el derecho a no ser discriminado por religión o creencias y, en otro artículo y con el mismo rango de derecho fundamental de los especialmente protegidos, se reconoce el derecho a la libertad de conciencia.Por lo tanto, el desacuerdo entre colectivos con derechos del mismo rango legal, no puede salvarse desconociendo unos derechos en beneficio de otros, ni interpretarse como un “ataque” a un solo bando, ni saldarse de tal suerte, que el único bando supuestamente atacado, se arrogue en solitario, y sin fundamento constitucional ni legal, el derecho a difundir determinadas “verdades”. Las cuales, por lo demás, no se han probado más ciertas ni inmutables que las que la Iglesia está llamada a difundir.
Por ello, pretender borrar a la Iglesia de la vida pública, dando por buenas y absolutas, verdades que la Iglesia niega, e impidiendo además, en virtud de la proclamación democrática de tales “verdades”, que la Iglesia realice su misión, que consiste en llevar a todos a Cristo, en forma de proposición y nunca de imposición,implica reducir a la nada los derechos de credo y conciencia que tenemos los católicos, con infracción del artículo 53 de nuestra Constitución, dado que ni siquiera una ley puede vaciar de contenido los derechos fundamentales. Así, aunque la ley reconozca hoy a los homosexuales pretensiones que, a nuestro juicio, exceden de lo que impone la Constitución, y aun en el caso de que ello se declarara constitucional, no cabe, en virtud de nada de eso, reducir el credo católico al ámbito privado de las personas, ni criminalizar o sancionar en ninguna forma -como se ha pretendido-, el libre ejercicio de los derechos que la Constitución nos reconoce. De otro modo, no haría falta un tal reconocimiento, que sólo tiene sentido en un ámbito de relación. Como diría el refrán, “para las cuestas arriba quiero mi burro, que las cuestas abajo, yo me las subo”.
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