Adiós a “Supermartínez”, incansable luchador social

En Barcelona ha fallecido Manuel Martínez Martínez. Un luchador social incansable que se centró en las últimas déca…

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En Barcelona ha fallecido Manuel Martínez Martínez. Un luchador social incansable que se centró en las últimas décadas en la reivindicación de las Asociaciones de Vecinos, siendo presidente de la de Sant Martí de Provençals hasta poco antes de su fallecimiento cuando un cáncer avanzado le hizo ver que no podía continuar. Omnipresente en tantas luchas sociales y vecinales, frecuentaba las redacciones de los medios de comunicación para hacerse oír. En ambientes vecinales y periodísticos algunos le llamaban el “Supermartínez”. Era un referente.

Con motivo de las fiestas de Sant Martí, el pasado 11 de noviembre le homenajearon. Presidió el acto el alcalde Xavier Trías y colocaron una placa en la Plaça dels Porxos. Llovía a cántaros, pero cientos de personas estaban ahí. Manuel Martínez tenía ya la Creu de Sant Jordi, la Medalla de Oro de la ciudad de Barcelona, medalla del Mérito Civil y otras. Como reverso, en el año 1982 el Ayuntamiento presidido por Narcís Serra le consideró persona non grata por las movilizaciones que convocó para evitar que en lo que hoy es la Plaça dels Porxos se construyeran viviendas para la Policía Nacional y el solar quedara como espacio para los vecinos.

Manuel Martínez Martínez, no fue sólo artífice destacado en conseguir que el Metro llegara a Sant Martí siguiendo la Rambla Guipúzcoa, y de que esta fuera Rambla y no autovía, sino de otras muchas obras y reformas: fue decisivo para el semicubrimiento de la Gran Vía, no dudaba en forzar la paralización de alguna obra municipal si la consideraba inadecuada y ha sido fundamental en la configuración del barrio de Sant Martí de Provençals. Antes había sido un reivindicativo dirigente sindical que se inició en el ramo del agua –con orgullo decía que habían logrado un aumento de sueldo del 23 por ciento en el convenio colectivo del textil–, tuvo responsabilidades en CC.OO. y el PSUC, destacando en la lucha antifranquista hasta el punto que no había conflicto laboral o social en Barcelona en el que no estuviera implicado. Sufrió detenciones y malos tratos por parte de la policía. Se distanciaría luego de la política para centrarse en la lucha vecinal.

Sólo unos días antes de su fallecimiento me comentaba que le había quedado sin lograr un objetivo para su barrio, una residencia de ancianos, y que había propuesto al alcalde destinar a ella un edificio de oficinas hoy vacío en la confluencia de las calles Espronceda y Guipúzcoa. Poco antes me habló también de escribir sus memorias y de si podía ayudarle. Justo es decir que la periodista Joaquima Utrera hizo una biografía que tituló El nieto del lector de periódicos en que desarrollaba una parte importante de la vida de Martínez, pero éste quería completarla. Unos días antes de morir, cuando aún no parecía tan inminente el desenlace pero él se lo venía venir, me comentó la renuncia a escribir tales memorias.

Autodidacta, self made man, locuaz, capaz de enardecer a su auditorio o de captar si éste no respondía y había que cambiar tono o virar hacia otro tema, dedicaría su vida a las reivindicaciones sociales. Sabía negociar. Decía, y practicaba, que no había que encallarse en las negociaciones si surgía un punto que parecía irresoluble. “Si negociamos 10 puntos y nos encallamos en el tercero, lo mejor es saltarlo y seguir con los demás. Habremos logrado siete sobre diez, sin lamentarnos por lo no conseguido”, explicaba y aplicaba.

Familia muy pobre

Manuel Martínez Martínez había nacido en la Maternidad de Barcelona el 6 de septiembre de 1941. Sus padres provenían de Murcia y Albacete y habían emigrado a Barcelona. En los dos primeros años vivió con sus padres en una de las cuevas que había detrás del Hospital de Sant Pau, trasladándose en 1943 a la calle Espronceda entre Bofarull y Meridiana. El traslado le salvaría quizás la vida, porque a poco que estos Martínez la abandonaran, a finales de 1943, la cueva se derrumbó y murieron tres personas de la familia y otros seis resultaron heridos.

Pasó las estrecheces de un muchacho de familia muy pobre en el marco de miseria global de la posguerra. Tenía 9 años cuando su madre tuvo que ser ingresada por tuberculosis en el sanatorio de Terrassa, por lo que el niño fue ingresado en el centro de protección de menores del Poble Nou, en la calle Wad-Ras –hoy Doctor Trueta-, del que saldría tres años más tarde. Se casó con Otilia Martínez, “Oti”, que sería su apoyo a lo largo de la vida. Compartirían también la lucha por mejorar la sociedad. Vivieron inicialmente en una barraca de la Perona, lindante con las vías de la estación de la Sagrera. Contaba entre las anécdotas que en un registro policial lanzó desde la barraca a la vía los panfletos del PSUC que guardaba para que no los encontraran los guardias.

Era conocido y querido por la mayor parte de la gente del barrio de Sant Martí Provençals. Pasear con él por la Rambla Guipúzcoa implicaba no parar de conversar o saludar a unos y otros. Fue persona de una gran honradez, volcado en los demás, que no tenía tiempo para sí mismo. Con su inteligencia y capacidad de seducción hubiera podido ganar dinero, pero dedicó sus facultades a mejorar la sociedad.

En la última etapa de su vida lamentaba que no haberse dedicado lo bastante a su familia al volcarse hasta el extremo en las luchas sindical, política y vecinal. Lo aplicaba a nivel personal, porque sentía pena de haber desatendido a Oti y a sus hijos, y también desde el punto de vista ideológico. “Los que hemos estado en organizaciones de izquierda hemos menospreciado la familia. Ha sido un serio error”, decía. Y añadía que otro grave fallo, aunque en este caso a él no le había afectado, era el de que “algunos (de estos sectores de izquierda) hacían burla de los creyentes religiosos. Creo que ahora lo han superado”. Aunque no era practicante, me mostró como en su cartera llevaba siempre una medallita de la Virgen Milagrosa. Y en las fiestas del barrio en cuya organización participaba no faltaba la misa rociera.

En su lecho de muerte animaba a sus hijos a formar a los nietos en valores de fondo. Agradecía con cariño a todos cuanto hacían por él, también a los médicos y enfermeras del Hospital del Mar. Y recordaba que sin “Oti” muchas de las cosas logradas no se hubieran hecho realidad.

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