Agnosticismo y experiencia vital

La duda sobre la existencia de Dios o la creencia paralizante de que es imposible conocerlo tienen una respuesta no intelectual: la vida de quien con …

La duda sobre la existencia de Dios o la creencia paralizante de que es imposible conocerlo tienen una respuesta no intelectual: la vida de quien con su misma vida afirma que Dios existe realmente para él. Es una prueba empírica y vivencial en que se transparenta con más claridad y vigor que con muchas palabras o con muchos pensamientos intelectuales, la realidad de Dios, sin la que no se podrían comprender esas vidas humanas.

La vida de los santos no es simplemente una palabra que se pronuncia con los labios, no es sólo un pensamiento que surge en la mente, sino vida viva que habla en su silencio y mente y corazón enteros, que escriben con todos sus latidos o con la efusión de su propia sangre, una realidad amada que nos muestra a Dios práctica y no teóricamente.

Cuando un mártir perdona y ruega, a/y por sus asesinos está mostrando una realidad espiritual más allá de los fríos datos de los sentidos. La experiencia, por otra parte, de sentirse perdonado, de que Dios es bueno, el único bueno, está al alcance del hombre y de la mujer corrientes. Y quienes niegan la posibilidad de afirmar la vida espiritual, de afirmar a Dios, no tienen en cuenta esta experiencia, que es radicalmente cierta, más cierta que los experimentos físicos; y que, como la vivencia del amor a los hijos o a la esposa o esposo, no tiene que esperar a ser confirmada por un experimento físico o químico.

Mas además, incluso para los sedientos de pruebas palpables o materiales, no son pocos los fenómenos no explicables según las leyes físico-químicas asociados a esa vida espiritual; negar los milagros es negar una evidencia extensamente contrastada, también en nuestros propios días.

Además, cuando algunos escépticos niegan que Dios pueda revelarse están refiriéndose a una imagen falsa de Dios. Niegan que Dios lo pueda todo o bien que quiera hacerlo, cuando radicando nuestra felicidad en la cercanía del ser perfecto y siendo la mayoría de los hombres torpes para llegar a Él con sus propias fuerzas, ello equivaldría a negar que Dios sea bueno. Así, este tipo de agnóstico se refiere a una imagen falseada de Dios, que no sería todopoderoso o no sería bueno. Así que el Dios al que niegan que el hombre pueda llegar no pasa de ser un ídolo, y no aciertan tan siquiera a concebir una imagen real de Dios.

Así como la luz del sol es contemplada con seguridad por quien tiene una vista normal, así la luz de Dios llega a quien tiene sus ojos espirituales sanos. Y sólo unas cataratas en la vista espiritual pueden explicar la ceguera de algunos. Roguemos que como el oculista remedia los defectos de los ojos físicos, así la gracia de Dios sane esas vistas espiritualmente impedidas.

Por otra parte, tal como el sol llega con sus rayos a nosotros sin que tengamos que buscarlo, bastando sólo con abrir nuestros ojos, así también no se trata tanto de que nosotros encontremos a Dios, sino que nos dejemos encontrar por Él, abriendo nuestros ojos o remediando los defectos de nuestra visión interior. Él, el Señor de todo, es infinitamente distinto y mayor que nosotros, y la unión o confluencia de dos, tan de raíz desiguales, será iniciativa pues del mayor, del propio Dios, que desea ardientemente elevarnos a Sí.

Podemos imaginarnos que somos nosotros quienes buscamos a Dios, pero en realidad es Él quien pone esa sed en nosotros.

Terminemos recordando la oración hipotética que hizo un hombre que no sabía nada de Dios, que no creía, y que puede realizar cualquier agnóstico sin forzar su conciencia: “Dios, si existes házmelo saber”. Este hombre se llamaba Charles de Foucauld y el Señor contestó a su oración dándole una fe tan grande que afirmaba: después de saber que Dios existe ya nada puede interesarme sino Él. Y su vida fue una entrega bellísima a Dios y a sus hermanos más lejanos hasta la muerte.

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