Ahora la irresponsabilidad crea cultura

Cada vez más padres, cada vez más personas se interrogan alarmadas por el crecimiento de las actitudes irresponsables por parte de los adolescentes y …

Forum Libertas

Cada vez más padres, cada vez más personas se interrogan alarmadas por el crecimiento de las actitudes irresponsables por parte de los adolescentes y jóvenes. Se trata de conductas, actos, actitudes que no miden sus consecuencias sobre los demás y tampoco sobre si mismos.

Crece la violencia, el acoso escolar; los últimos datos aportados por la Ministra de Sanidad sobre drogadicción, del consumo cotidiano de cocaína y cannabis por parte de menores, muestran la extensión de los estragos.

En algunos casos la responsabilidad pura y dura radica en el matrimonio de origen que se ha roto o bien que no sabe o no puede ejercer su educación. Pero mucho más allá de estos casos concretos, hay miles y miles de padres y madres que se esfuerzan, sin que el buen resultado se produzca.

Y esto es así porque hay una causa de fondo: la sociedad civil y el Gobierno del Estado que la representa, han apostado por la irresponsabilidad social.

Precisemos: toda acción que tenga una repercusión sobre los demás debe ser medida por sus efectos sobre la sociedad. Esta valoración es el fundamento de la responsabilidad social. Por consiguiente, existe una clara diferencia entre conductas privadas y públicas.

Aquello que se realiza en el ámbito de la privacidad y es ejercido con plena libertad y autonomía no puede merecer el mismo juicio que aquello que se desarrolla en el espacio público y tiene efectos sobre las relaciones con los demás. En el primer caso los márgenes de la libertad son extraordinariamente amplios y muy relacionados con la concepción moral del sujeto, que en definitiva es el juez de si mismo. No es el caso cuando existe un impacto social, ahí la libertad queda constreñida por la responsabilidad.

Lo dicho hasta aquí es una evidencia. El problema radica en cómo está aplicando estos criterios nuestra sociedad. Ofender en un acto público al Jefe del Estado está fuertemente penado, pero ofender a Jesucristo sale prácticamente gratis.

Nuestra sociedad actúa, sobre todo, a través de mecanismos de prohibición, y en ellos radica el problema. Impera una cultura muy ideológica que se mueve de espaldas a la vida, restringe o premia determinadas conductas sin sentido.

Por ejemplo, para conducir se necesita tener 18 años; para votar, lo mismo; y no digamos, al menos en teoría, para beber alcohol; pero para mantener relaciones sexuales con absoluta libertad y sin que pueda intervenir la autoridad paterna son suficientes los 14 años.

¿Es que tal vez puede tener consecuencias más graves beberse unas cervezas a los 16 años que acostarse con una niña de 14? Es obvio que no, como lo demuestra el problema de los embarazos entre jóvenes y adolescentes y la extensión en estas tempranas edades de las enfermedades sexuales. Pero la cultura imperante, el Gobierno y los partidos, son puritanos en el consumo de alcohol y transgresores en la relación sexual.

Ahora mismo, una conocida empresa MMLB, ha vuelto a practicar la publicidad de la trasgresión, la cultura del gamberrismo elevada a la categoría de marketing.

No es la primera vez que esta empresa, cuyo máximo responsable es Lluis Bassats, una persona de relevancia social de la que nadie diría que promueve gamberrismo por dinero, utiliza las imágenes en Internet para engañar al personal presentando algo que no es. Anteriormente lo hizo con una promoción de la cadena MTV en la que ridiculizaba a unos adolescentes de imagen ñoña que presentaban una estúpida e inexistente campaña de abstinencia sexual.

Ahora, la irresponsabilidad de los publicitarios de MMLB mezcla sin recato, pobreza y engaño, presentando el video del falso robo de la silla del Presidente del Gobierno en el Congreso. Ahí se mezcla todo, la mentira de las imágenes, la utilización descarada de un argumento de pobreza, la alterglobalización, a mayor gloria de la “creatividad” de MMLB.

Bajo estos criterios y la impunidad con que se realizan, la sociedad prescinde de toda tarea educadora del sentido de la responsabilidad y, lógicamente, esto tiene un efecto contundente sobre aquellos que llegan con una conciencia más desnuda a la vida social, los más jóvenes.

Son necesarios unos criterios más equilibrados para establecer los límites de toda acción en la vida pública y, sobretodo, desarrollar políticas de fomento hacia las conductas y actuaciones socialmente valiosas para la comunidad. La ventaja de estas últimas sobre la prohibición, es que no afectan a la libertad individual pero promueven la pedagogía de aquello que una sociedad considera bueno.

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