Al presidente Bono

Señor presidente: Hace ya unos cuantos años ocupé un escaño en el hemiciclo de ese histórico edificio. Le confies…

Señor presidente:

Hace ya unos cuantos años ocupé un escaño en el hemiciclo de ese histórico edificio. Le confieso que siento una cierta emoción cuando, ya como espectador, me entretengo o divierto con alguno de los debates parlamentarios más relevantes o con los rifirrafes entre gobierno y oposición durante las sesiones de control.

Siempre he sentido un gran respeto por la presidencia de las Cámaras, recuerdo con especial afecto la del fallecido Félix Pons (q.e.p.d), que presidió con su habitual señorío el Congreso de los Diputados, o la del ínclito Federico de Carvajal, que lo hizo en el Senado. Creo que en un sistema democrático nada hay más relevante que tener el privilegio y el honor de dirigir las Cámaras que representan la voluntad popular.

Desde ese reconocimiento, señor presidente, deseo manifestarle, dicho sea en términos de cortesía parlamentaria, mi más profunda discrepancia con algunas de las consideraciones que ha hecho en su floreado y exquisitamente construido discurso de despedida del 6 de diciembre. Palabras, algunas de ellas, que o no se corresponden con la realidad o llegan ya demasiado tarde.

Desde su presidencia y especialmente desde el partido al que pertenece, estimo que no ha contribuido precisamente a crear un marco de convivencia duradero para que millones de españoles, diferentes, viviésemos en paz y con igualdad de derechos. La Ley de la Memoria Histórica, que respaldó, reabrió heridas ya cerradas y resucitó el drama de las dos Españas enfrentadas, llegando incluso a trasladar al nuevo gobierno la responsabilidad de remover innecesariamente los cadáveres de nuestra trágica contienda de la guerra civil.

Como su pretensión al parecer, señor presidente, es ser embajador ante la Santa Sede, ya habrá tiempo de recordarle al Vaticano su extraña e incongruente actitud de católico “confeso” ante cuestiones morales de especial trascendencia para la Iglesia, como son el aborto, el matrimonio de los homosexuales, la eutanasia o el agresivo laicismo del Estado predicado por su admirado presidente Zapatero y que ha contribuido también a enturbiar, durante sus años de presidencia, la convivencia entre españoles.

Hace una loa ampulosa y exageradamente increíble de los años de gobierno del presidente Rodríguez Zapatero: “Cuando la mar se calme, la tempestad amaine y con la perspectiva, señor presidente, que da el tiempo y se puedan distinguir las voces de los ecos, contemplaremos en toda su dimensión tu obra de gobernante”.

¿A qué obra se refiere señor presidente? ¿A los cinco millones de parados? ¿Al dramático endeudamiento del Estado? ¿A la errática política exterior de España? ¿A la ausencia total de consenso durante sus dos legislaturas en materia de terrorismo -afortunadamente rectificada en su último período aunque con graves concesiones- o en la crisis económica, negándola una y otra vez para después someterse con espíritu casi castrense a la disciplina financiera y presupuestaria exigida por Bruselas, EEUU o la misma China?

Señor presidente, como bien dice en su discurso, bebamos entonces de las fuentes del olvido y arrimemos todos el hombro, incluido el suyo, olvidándonos de esta pesadilla de gobierno que durante estos años nos ha hecho rememorar los peores momentos de nuestra historia.

La mayoría de los españoles, de un signo u otro, hemos depositado nuestra confianza en la persona que debe encarnar otro estilo de gobierno, un gobierno que actúe con la verdad, la firmeza y el rigor que España exige y necesita y que su señoría desgraciadamente, con su voto en el Congreso, nos ha negado en múltiples ocasiones a lo largo de su presidencia.

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