Alegría i Educación (VIII): Vocación de realidad y autoconocimiento (3ª parte).

Sin conocimiento de Dios, el que nos sea dado alcanzar a cada uno, tampoco nos conoceremos a nosotros mismos Sin conocimiento de Dios, tampoco nos conoceremos a nosotros mismos

Creo que conviene insistir en que el autoconocimiento no es el fin de la vida humana. Por más que demos vueltas a los textos sagrados de la Palabra de Dios no encontraremos ninguno en el que se nos inste a conocernos. “Conócete a ti mismo” es una máxima sabia, pero no pertenece a la sabiduría de Dios sino a la de los hombres. Eso no quiere decir que sea despreciable, a mí al menos no me lo parece, pero hay que colocarla en su justo sitio. Y su justo sitio, decíamos en la entrega anterior, está en su valor de medio. Conocerse para poseerse y poseerse para poder darse.

También habíamos dejado indicado que para conocernos a nosotros mismos no tenemos otro camino que la relación. ¿Relación con qué o con quién? También lo dejábamos apuntado, ahora vamos a profundizar en ello. Relación con la totalidad de lo real. Lo real, jerarquizados es Dios, hombre y mundo; o sea, Personas Divinas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), personas humanas y seres impersonales.

Los tres ámbitos, Dios, hombre y mundo, son necesarios, pero la relación primera y más importante, a distancia de las demás es la relación con Dios. Esto no quiere decir que se pueda prescindir de la relación con los seres que conforman los otros dos ámbitos, personas humanas y cosas, pero nada nos asegura que sepamos establecer relaciones acertadas con estos ámbitos si no lo hacemos antes con Dios. Cuando Cristo dice “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5), lo que está queriendo decir es lo que literalmente dice la expresión, que sin Él no podemos hacer nada; entiéndase, nada que sirva para el cielo, fin único del hombre, o sea nada que merezca realmente nuestra dedicación y esfuerzos.

Sin conocimiento de Dios, el que nos sea dado alcanzar a cada uno, tampoco nos conoceremos a nosotros mismos; algo sí podremos saber, pero pasaremos la vida errando. Por la fe en la Sagrada Escritura sabemos que el hombre está hecho a imagen de Dios. Si esto se acepta, hay que aceptar sus consecuencias, y para lo que ahora nos ocupa, la consecuencia es que para conocer al hombre antes hay que conocer a Dios. ¿Cómo vamos a conocer a la imagen si no conocemos el original?

Lo opuesto también es verdad, que el conocimiento del hombre sirve para conoce a Dios. Esto, siendo verdad, es menos verdad y no es verdad originaria ni demasiado fiable. Lo sería si la imagen no estuviera distorsionada, pero todos nosotros, siendo imágenes de Dios, somos imágenes distorsionadas y defectuosas y con imágenes así es difícil hacerse una idea de cómo puede ser el original.

Creo que a este propósito puede ser muy útil acercarnos a dos fuentes: un pasaje del Evangelio y un par de enseñanzas de dos grandes santas.

El pasaje evangélico al que me refiero es aquel en el cual Jesucristo les pregunta a los Apóstoles: “¿Quién dice la gente que soy yo?” (Lc 9, 18). Ante el abanico de respuestas, todas erróneas, Cristo les pregunta a ellos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (v. 20). Solo conocemos lo que respondió Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios de Dios vivo” (Mt 16, 16). Lo interesante para nuestro tema está un par de versículos más adelante. Jesús, después de revelarle el origen de su respuesta, le dice: “Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (v. 18).

La relación de este pasaje con el conocimiento de sí mismo que yo veo es la siguiente: Cuando “Simón, hijo de Jonás” (v. 17) da en la clave del conocimiento de Cristo, entonces comienza a saber quién es él. Gracias a su respuesta certera sobre Cristo, puede enterarse de su identidad hasta ese momento desconocida. El salario que se recibe por el conocimiento de Dios es el conocimiento de uno mismo. Pedro no sabía que él era Pedro ni podía tener idea de qué sería aquello de la Iglesia de Jesús. Él sabía que era Simón, el pescador, un pescador galileo, hijo de otro pescador llamado Jonás. Eso sí lo sabía y no erraba, pero esa no era su identidad acabada, ahora podía empezar a barruntar que él no había sido llamado a la existencia para pescar peces, por más que hubiera aprendido el oficio y lo dominara. Le esperaba una misión de altos vuelos, reservada solo a él, que consistía en otro tipo de pesca, ser “pescador de hombres” y fundamento de la Iglesia. Hasta que Simón no entra en el conocimiento certero de Cristo, no se entera de quién es él mismo, no podía siquiera haberse percatado de que estaba siendo instruido y preparado para esa misión singular.

En cuanto a los grandes santos creo que es suficiente con un par de apuntes. Por una parte Santa Teresa de Jesús, quien al comienzo del Castillo interior se lamenta de nuestra falta de autoconocimiento. Lo dice con estas palabras: “No es pequeña lástima y confusión que, por nuestra culpa, no entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos” (Moradas primeras, cap. I, 2).

El segundo apunte tiene como referencia a Santa Catalina de Siena, mística extraordinaria del siglo XIV, que comparte con Santa Teresa de Jesús el hecho de ser las primeras mujeres doctoras de la Iglesia. De Santa Catalina dice su biógrafo, el beato Raimundo de Capua que “al principio de las visiones de Dios, esto es, cuando el Señor Jesucristo comenzó a aparecérsele, una vez mientras rezaba, se le puso delante y le dijo:

«¿Sabes, hija, quién eres tú y quién soy yo? Si llegas a saber estas dos cosas, serás bienaventurada. Tú eres la que no es; yo en cambio soy el que soy. Si tienes en el alma un conocimiento como éste, el enemigo no podrá engañarte y huirás de sus insidias; no consentirás jamás en nada contrario a mis mandamientos y adquirirás sin dificultad toda la gracia, toda la verdad y toda la luz»”.

Conocerse a sí mismo no se logra a base de mirarse mucho, ni consiste en estar dándole vueltas uno a su propio molino a todas horas. Eso es entrar en una dinámica egocéntrica de consecuencias funestas. Ni es tampoco autoanalizarse, aunque el autoanálisis, en su medida, pueda venir bien en algún momento. Conocerse a sí mismo es el fruto que se desprende maduro de conocer a Dios a través de Jesucristo.

Junto a la relación con Dios, primera y fundamental, en segundo lugar es también necesaria y también es fundamental, la relación con las demás personas y con las cosas. La relación tiene la virtualidad de darnos nuestra propia medida, nos hace saber por experiencia cuáles son nuestras posibilidades y nuestros límites. Por eso interesa mucho, especialmente en la infancia, que las relaciones sean muy sanas y constructivas. El dato más importante sobre la relación con los demás está en saber que los otros actúan como espejo en el que poder mirarse. En los planos psicológico y espiritual ocurre algo similar a lo que ocurre en el plano físico y es que uno no se ve a sí mismo y para saber cómo es hay que mirarse en un espejo, un espejo que sea fiable, plano, nítido y que no modifique el original. El ejemplo del espejo no es una ocurrencia personal mía que podría resultar más o menos acertada para ilustrar las ideas que se van exponiendo. Pertenece a un renombrado sociólogo estadounidense de principios del siglo XX, Charles Horton Cooley, que para explicar cómo aprendemos a vivir en sociedad elaboró una teoría conocida como el yo-espejo. Nos socializamos, dice él, de acuerdo con la imagen que recibimos de nosotros mismos cuando nos miramos en los que nos rodean. Y esa imagen nos viene sobre todo en forma de mensajes.

La idea es válida pero encierra una dificultad insalvable y es que “los demás” no son nadie en concreto y, siendo todos espejos, uno no acaba de ver su auténtica imagen porque todos estos espejos distorsionan. Dicho en primera persona, si me miro en los demás es cierto que me veo, pero no me veo bien del todo; en cambio si me miro en Cristo, Dios verdadero y a la vez hombre como yo, entonces sí me pongo en camino de descubrir mi yo auténtico.

Trasladadas estas ideas al campo de la educación, se descubren varias cosas. Señalaré solo dos: una , la necesidad de que cada hombre se encuentre con Dios a través de Jesucristo y establezca con él una relación personal auténtica. Si se cumple esta condición, que sea personal, la relación con Cristo me da mi propia medida y me sitúa en las mejores condiciones posibles para establecer relaciones valiosas y enriquecedoras con los demás.

La segunda se refiere a la importancia de los mensajes que lanzamos a las personas cuando estas se están haciendo. Las personas nos estamos haciendo siempre, pero hay etapas que son decisivas, como la infancia y la juventud. Para los que somos educadores (y de un modo u otro, lo somos todos), no está de más recordar en primer lugar, que los mensajes que educan y ayudan son solo y siempre los mensajes positivos sobre el valor de la propia persona. No hay otro medio ni hay otro camino. Esta es la condición básica e inexcusable, sin la cual no hay educación posible: la aceptación positiva de la persona en su conjunto, hacer ver al niño que es querido, muy querido, porque sí, sin contrapartidas. Luego, cuando haga falta -y hace falta día a día-, vendrá el capítulo de la correcciones y de las enmiendas, que también son inexcusables, pero a su tiempo y en un segundo momento. El fundamental y de fondo es este: “Es una maravilla que tú seas tú, me gozo con que existas, me alegro de que estés aquí”. Fundamental porque este es el mensaje que debe servir de fundamento de toda nuestra acción educadora. Este debe ser el cimiento de la relación y, por tanto, de la educación. Y de fondo porque si debe ser el cimiento, mejor que esté oculto; se sabe que está pero no se ve. Los cimientos no están a la vista pero están siempre, de continuo, y no puede ser que falten; pues lo mismo con este mensaje: de fondo, continuo, dando consistencia y soportando toda la construcción. Aunque no se diga con estas palabras, expresamente, cada cual lo hará llegar con sus modos personales. Muy probablemente no será conveniente decirlo nunca así literalmente, pero el mensaje hay que estar mandándolo de forma ininterrumpida y debe llegar sin resquicio de dudas. Insisto: Al hacerlo así estamos estableciendo el más sólido de los cimientos.

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