Alegría y educación (II)

Si en el artículo anterior distinguíamos la alegría real de las falsas alegrías, hoy nos vamos a adentrar en el campo de l…

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Si en el artículo anterior distinguíamos la alegría real de las falsas alegrías, hoy nos vamos a adentrar en el campo de las experiencias positivas. En este campo cabe diferenciar entre placer, alegría y felicidad. Si pudiéramos representar en una línea ascendente las experiencias humanas gozosas, en la base colocaríamos el placer, más arriba la alegría y en lo más alto la felicidad.

– El placer es la gratificación que se experimenta en el cuerpo. Su componente básico es el goce que llega a través de los sentidos, por lo cual necesita, en todo caso, de un elemento material que lo produzca. Admite distintos grados de intensidad, es superficial, fugaz y "saciativo". Es superficial porque se experimenta en los niveles periféricos de la persona, el placer no es del interior (la experiencia placentera es común al hombre y al animal, aunque el modo de vivirlo es radicalmente distinto). Además tiene unos límites muy reducidos, no puede darse más allá del punto de satisfacción, porque tras ese punto viene el hartazgo. Por eso es fugaz, pasada la situación que lo desencadena, el placer se acaba; de aquí que quien vive para el placer necesita estar alimentándolo continuamente.

Nótese que no estamos planteado el placer en sentido rechazable. El placer ni es malo ni es despreciable, simplemente es que es así: material, superficial, fugaz y "saciativo". Por sí mismo no puede producir satisfacciones espirituales, sino sólo sensibles, pero de aquí no se puede deducir que el placer no sea bueno, necesario o importante. Tanto que algunos placeres están estrechamente asociados a funciones inexcusables para la persona o para la especie, como por ejemplo la alimentación y la reproducción. Son especialmente importantes también en la infancia, donde las gratificaciones materiales resultan decisivas porque en esta etapa la vida se resuelve a niveles muy elementales. Un niño sólo puede madurar de manera equilibrada si se sabe querido, y, mientras no sea capaz de razonar, saberse querido es vivir de experiencias afectivas placenteras, como el regalo y la caricia (visual, auditiva y táctil).

Esto sigue siendo importante a lo largo de la vida, pero parece claro que a medida que se va madurando otros recursos vienen a ser más necesarios, como la capacidad de comprensión, el perdón ante los propios errores, la disponibilidad para la escucha o la ayuda, etc. Así pues, insistimos, de la experiencia placentera no hablamos en sentido despectivo porque en ella vemos un medio positivo, importante y necesario. Cuando en la Sagrada Escritura leemos que "no sólo de pan vive el hombre" el énfasis está en el no, pero no podemos quitar el sólo. Dicho esto acerca de este medio grato, importante y necesario, también hay que insistir en su condición de medio. Por ser un medio no puede constituirse en fin de la vida, y por eso mismo, puede prescindirse del placer según los casos, las personas, las circunstancias, etc., o puede renunciarse a él en aras de un bien mayor, y esto sin merma de la persona. A lo que el hombre no puede renunciar en ningún momento es a la felicidad.

– La felicidad es un absoluto. Es a todo lo que una persona puede aspirar. La felicidad es el fin único y último de la vida humana. Es un fin único, y por eso se habla de la felicidad siempre en singular. Es el fin último, porque tras él no hay otro posterior, y por eso mismo es el fin supremo de la vida humana. Esto quiere decir que vivimos para ser felices. No hemos venido a este mundo para otra cosa.

Y esto no es algo que sepamos por la cabeza, es algo que cada uno de nosotros tenemos inscrito en el hondón de nuestra alma. En lo que tenemos de común con los animales, si comparamos la especie humana con cualquiera otra, vemos que somos los seres menos instintivos que hay. Nuestra pobreza de instintos es increíble al lado de cualquier animal. Pues bien, a pesar de esa carencia hay un impulso natural que orienta la vida entera de toda persona: ese impulso es la tendencia a la felicidad. Nadie se plantea si quiere o no ser feliz, porque ser feliz no es cuestión de planteamientos, ni pertenece tampoco al ámbito de la libertad humana. La pregunta ¿por qué quieres ser feliz? está mal formulada porque no tiene respuesta. Uno quiere ser feliz porque sí, porque es hombre, y punto.

Ahora bien, la felicidad entendida de esta manera solamente nos la encontraremos en el cielo, porque, en último extremo, la felicidad está en Dios, mejor aún, es el mismo Dios. Mientras vivamos como hijos de esta tierra, la felicidad no pasará de aspiración permanente. A la felicidad de aquí Julián Marías la define con una paradoja, dice de ella que es un "imposible necesario". Esto puede parecer un contratiempo y en cierto modo una fatalidad, algo así como una pifia de la naturaleza, porque si por una parte no podemos dejar de aspirar a la felicidad, por otra vemos que no podemos alcanzarla en totalidad. Esto no son solo palabras; nos interesa, y mucho, resolver este problema porque en ello nos va la vida, no la vida física, pero sí la vida propiamente personal, una vida con sentido, el vivir a gusto.

Pues bien, el problema nos lo resuelve la alegría, y aquí radica su gran valor. Si la aspiración a la felicidad como disfrute del bien total, que es cosa del mañana, la sustituimos por la vivencia de un bien presente, que es cosa de hoy, surge la alegría. Es más modesta, pero la tenemos a mano en cada instante. Esto no quiere que vivamos como si solo existiera el hoy; cada cristiano sabe que su patria definitiva es el cielo y que está de paso en este mundo. Pero nuestra fe no nos obliga a que, mientras vamos de paso, tengamos que renunciar a las alegrías del camino. Al contrario, a lo que nos anima es a ver el bien absoluto que toda persona es y el bien relativo que se esconde en todo acontecimiento; por negativo o doloroso que pueda parecer. No es tarea siempre fácil porque a menudo se nos imponen los aspectos más oscuros de un mundo en el que no abunda precisamente la alegría. Por eso la educación de la alegría no es asunto menor, sino toda una empresa, atractiva y de envergadura.

Gracias por tu atención. Que Dios te bendiga.

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