Alegría y educación (III)

Si hay algún tipo de vivencia humana que nos marca en la vida, y en cierto modo la determina, ese algo son las experiencias afectivas

Si hay algún tipo de vivencia humana que nos marca en la vida ese algo son las experiencias afectivas Si hay algún tipo de vivencia humana que nos marca en la vida ese algo son las experiencias afectivas

(Estanislao Martín Rincón) La alegría humana es una, pero, con vistas a la educación, su tratamiento admite, al menos, tres enfoques importantes. De ella se puede hablar como sentimiento, como actitud y como virtud. El presente artículo está dedicado a la alegría-sentimiento.

La alegría-sentimiento

Es la forma más sencilla y más habitual de entender la alegría. La alegría-sentimiento es la respuesta afectiva de la persona ante un bien que se le hace presente. Se trata de una alegría consciente, de quien conoce la causa de su alegría. En este caso uno se sabe alegre por algo: una buena noticia, el logro de una aspiración largamente trabajada, el encuentro con una persona querida, etc. Este enfoque nos lleva a entender la alegría, no como algo consistente por sí mismo, sino como fruto de otra situación bondadosa que se vive en todo caso en presente.

Porque, no tiene consistencia en sí misma, sino que depende de algo que es bueno, la alegría no se puede buscar por sí misma sino a través de intermediarios. En este sentido no es educable directamente; de lo que se trata es de educar en hacer las cosas bien, porque al practicar el bien la alegría surge como consecuencia necesaria. Educar en el bien es lo que conocemos como educación moral, cuya regla de oro -válida para toda persona, independientemente de su fe- es practicar el bien y evitar el mal. Puede que por lo extenso de esta cuestión haya que dedicar algún artículo a las fuentes de la alegría, ya se verá, pero digamos por ahora que como fuentes principales de esta alegría están el trabajo bien hecho y la convivencia cordial. El trabajo es fuente de alegría solamente si se vive como un bien; si no es así, decir que el trabajo es fuente de alegría puede sonar a burla, pues todo trabajo tiene una carga considerable de aspereza. Educar en la alegría es, por tanto, educar en hacer bien lo que haya que hacer. La Obra Bien Hecha (así, con mayúsculas) ha sido señalada, primero por Eugenio d’Ors y después por Víctor García Hoz, como la finalidad práctica de la educación. D’Ors, en una conferencia titulada “Aprendizaje y heroísmo”, dada en 1915 en la Residencia de Estudiantes de Madrid, concluía su intervención con estas palabras -cálidas y hondas- dirigidas a los residentes: “Todo pasa. Pasan pompas y vanidades. Pasa la nombradía como la oscuridad. Nada quedará a fin de cuentas, de lo que hoy es la dulzura o el dolor de tus horas, su fatiga o su satisfacción. Una sola cosa, Aprendiz, Estudiante, hijo mío, una sola cosa te será contada, y es tu Obra Bien Hecha”1.

Por su parte, Víctor García Hoz (que sepamos, el único pedagogo español de nuestra época que ha sido nombrado personalmente por un Papa, Juan Pablo I, elogiando su obra) en La práctica de la educación personalizada afirma: “La Obra Bien Hecha es el medio de que el trabajo sea fuente de alegría y al mismo tiempo factor operativo fundamental de la educación”2. No será necesario explicar que Bien Hecha quiere decir bien proyectada, bien realizada y bien terminada. En este sentido educar en la alegría es educar a favor del esmero y en contra de la chapuza o la dejadez.

Acerca de la convivencia me limitaré a consignar solamente que la condición es que sea cordial, es decir, de corazón. Si la convivencia es cordial, la relación con los demás es un manantial de alegría segura, pues sólo en la relación la persona se realiza como tal. Ser persona es ser-en-relación. El ser humano es impensable sin su dimensión social y comunitaria. Como decía Enmanuel Mounier, el padre del personalismo cristiano contemporáneo, “la persona no es más que anarquía sin las comunidades que la realizan”3.

Pero volvamos a la cuestión de la alegría-sentimiento. Por ser un sentimiento, la alegría reúne otras características de las cuales hay dos que conviene señalar. Una es su carácter de totalidad. La alegría, como los demás sentimientos, no afectan a una parte de la persona, sino a todas las dimensiones de la misma: al alma, al cuerpo y a la afectividad. Por eso la alegría se manifiesta en el cuerpo y en el alma al mismo tiempo. Tiene repercusiones espirituales de las cuales la más importante es el gozo, y las tiene físicas. El sentimiento de alegría y su vivencia se traduce en un aumento de la respiración, del ritmo cardíaco y del tono muscular. Esta nota de totalidad es irrenunciable para quienes defendemos que la educación de la persona debe ser integral, de la persona entera.

Otra característica de las experiencias afectivas, con especial importancia en la infancia, es que dejan huella. Si hay algún tipo de vivencia humana que nos marca en la vida, y en cierto modo la determina, ese algo son las experiencias afectivas. La afectividad es el ámbito de la persona que, sin estar localizado físicamente en ninguna parte del cuerpo, conocemos como “el corazón”. “El corazón” es nuestro centro de intimidad, el reducto más personal, ese “lugar” interior que a cada uno nos permite decir “yo”, allí donde todo hombre se encuentra consigo mismo porque cada uno nos sabemos portadores de una identidad personal y, de algún modo, nos poseemos a nosotros mismos, aun cuando se trate siempre de una posesión imperfecta. “El corazón” es donde anida eso tan humano que son los sentimientos. Pues bien, cuando algo nos ha tocado en el fondo, positiva o negativamente, eso deja poso. De aquí la importancia de la alegría-sentimiento en la niñez. La Pedagogía Experimental demostró hace ya muchos años que existe una elevada relación entre las personas que vivieron infancias felices y aquellas que tienen actitudes positivas ante la vida: personas optimistas, indulgentes, esperanzadas, comprensivas, dialogantes, etc. Qué importante es saber esto y tratar de ponerlo en práctica. A menudo, en el día a día de la educación, se nos imponen aspectos que, sin dejar de tener su hondura, en realidad, puestos al lado de “el corazón”, son poco profundos. Con excesiva frecuencia nos fijamos demasiado en lo externo, en lo que el niño hace por fuera, y demasiado poco en cómo lo vive, en sus experiencias internas, esas que le están marcando para más adelante. Es verdad que el educador actúa siempre desde fuera a dentro, pero la educación de la persona se realiza de dentro a fuera. Quienes tienen el precioso encargo de educar deberían ser conscientes de que la mayor parte de los contenidos propios de las materias de estudio caerán irremediablemente en el olvido, aún aquellos que sirvieron para obtener notas brillantes; en cambio el impacto afectivo que se produce en las almas infantiles no se pasa nunca, ese se mantiene intacto a lo largo de la vida, y con él los valores que hayan sido capaces de asociarse a ese impacto. “Si en el colegio –dice García Hoz en otro lugar- se tuviera el dilema de elegir entre que los alumnos aprendan mucho o que vivan contentos, sin duda alguna, habría de elegirse la segunda posibilidad”4.

Quien conozca, siquiera sea someramente, la obra de García Hoz, pronto advierte que aquí se plantea un dilema falso, y que con este dilema don Víctor no pretendió restar un ápice de importancia al aprendizaje, sino para hacer una sonora llamada de atención sobre la importancia de educar en y para la alegría. Tanta importancia le daba que, en el momento culminante de su carrera pedagógica, se atrevió a proponer como modelo de hombre al que debe aspirar la educación personalizada, uno que él definió como el homo gaudens, el hombre de la alegría, expresión latina que modestamente pero con toda intención elegí en su día para dar nombre a este blog. Cuando se bucea un poco en esta cuestión de la alegría, no es difícil darse cuenta de que, ciertamente, merece la pena que la educación aspire a este prototipo de hombre y de mujer. Al menos, a algunos así nos lo parece.

 

1    D’ORS, E. (2000). Trilogía de la «Residencia de Estudiantes», pp. 89-90. (Pamplona, Eunsa).

2    GARCÍA HOZ, V. (1988). La práctica de la educación personalizada, p. 168 (Madrid, Rialp).

3    MOUNIER, E. (1988). Obras completas. Tomo IV, p. 852. (Salamanca, Sígueme).

4    GARCÍA HOZ, V. (1975). Organización y dirección de centros educativos, p. 21. (Madrid, Cincel).

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