Alegría y educación (IV): La alegría, actitud y virtud

La alegría es una virtud a incluir en la educación, especialmente la educación en casa La alegría es una virtud a incluir en la educación, especialmente la educación en casa

(Estanislao Martín Rincón) Escribió hace unos años un conocido psiquiatra que la situación del hombre ante la alegría puede resumirse con tres verbos: ponerse alegre, estar alegre y ser alegre[i].

Ponerse alegre tiene ese sentido desenfadado y jocoso, asociado en nuestra cultura a sobrepasar en un punto y con comedimiento cierto nivel de alcohol. Se trata de una alegría circunstancial, buscada y de algún modo controlada, traída desde el exterior de la persona, y en este sentido es una alegría artificial, no engendrada en el interior, sino producida por la ingesta de bebidas alcohólicas. A este tipo de alegría ya nos referimos en el primer artículo de esta serie.

Estar alegre es la expresión que se usa para referirse a una situación de alegría transitoria. En un momento nos vemos afectados por la alegría y luego esta se pasa. Es la alegría-sentimiento producida por una causa conocida y que tiene lugar cuando entramos en contacto con un bien deseado o recibido por sorpresa. Normalmente aquello que nos hace “estar” alegres son motivos más profundos que los que nos hacen “ponernos” alegres, pero las causas de “estar” suelen ser provocadas por algo que es exterior a la persona. Este fue el tema de la entrega anterior.

Ser alegre, en cambio, es otra cosa. “Ser” alegre hace referencia a un modo estable de vivir y de mostrarse ante los demás. “Ser” alegre es algo permanente, o al menos muy prolongado, y supone un nivel aún más profundo que “estar” alegre.

Hay dos modos de “ser” alegre. Uno es por el carácter. Hay personas que son alegres por naturaleza, del mismo modo que otros son rubios o morenos. Son hombres y mujeres que tienen un carácter alegre sin haber puesto ningún empeño para conseguirlo. Destacan por su alegría natural como otros lo hacen por su imaginación, por su inteligencia, por sus capacidades artísticas, etc. A la educación en estos casos le corresponde poco más que potenciar este don, promoverlo en bien del propio sujeto y de las personas con quienes conviva. Ahora bien, a vivir alegres estamos llamados todos, independientemente de nuestro carácter o de nuestras capacidades. Si no somos alegres por nuestra naturaleza sí podemos serlo por educación. Aquí cobra sentido la alegría como virtud. Si la alegría fuera sólo una cuestión artificial (ponerse alegres), o si sólo fuera una reacción psicológica ante un bien (estar alegres), muchas personas se quedarían fuera del ámbito de la alegría, y a la educación le quedarían los márgenes muy estrechos. Afortunadamente no es así. La alegría también es una virtud, y a la práctica de toda virtud, también ésta, estamos todos invitados. Precisamente porque la alegría es una virtud la educación tiene un papel insustituible, especialmente la educación en casa.

Por virtud entendemos todo hábito para practicar el bien. Ahora bien, cualquier virtud, por ser un hábito, supone una fase avanzada en la conducta y en la educación de la persona. Ninguna virtud se improvisa, sino que es el resultado de un proceso, con frecuencia bastante largo y lleno de recaídas. En este proceso, en sus inicios y en su mantenimiento, juegan un papel imprescindible las actitudes. Sin actos virtuosos no hay virtud porque toda virtud se manifiesta y se demuestra con actos, pero antes que el acto está la actitud. Las actitudes no son actos sino las disposiciones previas de la conducta para actuar de una determinada manera. Pues bien, no se puede vivir la virtud de la alegría si antes no se posee la alegría como actitud. Con mucha frecuencia se nos invita a vivir la virtud de la alegría, se nos dice que los cristianos hemos de ser gente alegre, que no ha habido santo triste, etc.; todo esto está muy bien, pero hay que decir también cómo y por dónde se empieza, porque nadie, por muchos esfuerzos que haga, puede levantarse un día y decirse: a partir de ahora se acabó la tristeza. Si alguien planteara las cosas así correría el riesgo de no encontrar otra salida que el “ponerse alegre”. Cuando de verdad se quiere vivir con alegría hay que comenzar por tener la actitud de la alegría, y esta supone, básicamente, situarse en la esfera del bien. Esta actitud tiene un nombre: optimismo.

El primer paso para la actitud de la alegría consiste en tener ojos para el bien, en tener visión de bien. La alegría como actitud empieza por poseer la capacidad para descubrir el bien tantas veces oculto bajo capa de mal. Quienquiera que mire el mundo actual y sus enormes lacras (terrorismo, hambre, injusticias, explotación, etc.) podría dudar entre si estamos en babia o es que somos unos ingenuos al decir estas cosas. Ni lo uno ni lo otro. Quienes estamos convencidos del peso del bien ni ignoramos el mal ni estamos ciegos, lo que sí decimos es que ni el mundo ni los hombres somos ningún mal. Cuenta San Agustín cómo se puso a buscar la esencia del mal entre las cosas de este mundo y se encontró con que el mal no tiene esencia ninguna[ii]. En las personas el mal pertenece al hacer, pero no al ser. Cada hombre y cada mujer porque es, es bueno, y otra cosa muy distinta es que luego actuemos mal y hagamos daño. La existencia de cada uno de nosotros es un algo valioso por sí mismo y un don para quienes nos rodean. Cada persona somos un diseño de Dios, y otra cosa muy distinta es que luego malogremos o arruinemos este proyecto precioso de Dios que lleva nuestro nombre y apellidos. Ser optimista, pues, no es negar la existencia de las dificultades ni del mal, ser optimista es poseer una confianza radical en la bondad de Dios Creador y de Dios Restaurador, que es el único capaz de hacernos buenos, a poco que le dejemos, estando convencidos de que todo lo que nos ocurre es para nuestro bien. Día a día constatamos que en nuestro interior y en nuestro exterior hay mucho mal, ciertamente, pero esta constatación no nos puede distraer de otra verdad mayor que consiste en saber que las cosas, en general, por el hecho de ser, ya son buenas[iii]. Si en tantas ocasiones se nos imponen los aspectos más enfermizos de la realidad quizá haya que empezar por revisar la salud de los ojos, no sea que no estén sanos y por eso tengan dificultades para captar lo que de hermoso tiene la existencia.

A nuestro juicio, estos son los datos necesarios que hay que suministrar a la inteligencia para que la persona, niño, joven, o adulto, pueda tener una actitud de alegría ante la vida. La Psicología ha demostrado ampliamente que las actitudes hacia algo dependen en gran medida de la calidad y del grado de información que se posea acerca de esa cosa. Y además pueden modificarse. Nunca es tarde, pues, para adoptar actitudes positivas ante la vida, de optimismo y de serena esperanza aunque estemos atravesando por situaciones complicadas o dolo.

[i]           ROJAS, E. (1996) Una teoría de la felicidad, pp. 219-221. (Madrid, Dossat 2000).

[ii]          SAN AGUSTÍN. Confesiones, VII, 16.

[iii]          Ibidem, VII, 12.

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