Alegría y educación (IX): Acerca de la naturaleza corporeoespiritual del hombre

Nuestra existencia cabalga a lomos de las dos dimensiones que nos constituyen, espiritual y físic Nuestra existencia cabalga a lomos de las dos dimensiones que nos constituyen, espiritual y física

En entregas anteriores se ha venido insistiendo en la idea de que la primera condición para una educación en y para la alegría es la de asentarse en la realidad: conocerla y moverse entre ella. De aquí la necesidad de conocer al hombre si de verdad queremos atinar al educarlo. El conocimiento del hombre no es asunto fácil que pueda despacharse con cuatro ideas; el hombre es un misterio y por eso no podemos agotarlo aunque, como todo misterio, sí es susceptible de profundizar en él indefinidamente. Un misterio atrayente como pocos, con una singularidad exclusivamente humana que consiste en el hecho de que cuando el hombre reflexiona sobre sí mismo no puede tomar distancia de su objeto de estudio. Ocurre esto porque al ponernos a decir algo sobre el hombre, el sujeto y el objeto coinciden en el propio hombre. Esto no invalida el valor de lo que pueda decirse, si lo que se dice es verdadero, pero sí introduce un sesgo de subjetividad del que no hay forma de librarse. En cuanto a la cuestión que ahora nos ocupa, pondremos nuestra atención en la naturaleza del hombre, a la cual calificaremos con un adjetivo un poco raro: corporeoespiritual.

Por su naturaleza, el hombre es un ser extraño. Somos cuerpo pero no somos solo cuerpo. Somos alma pero no somos solo alma. Nuestra existencia cabalga a lomos de las dos dimensiones que nos constituyen, espiritual y física. Pero este ser cuerpo-y-alma lo es siendo una unidad, es decir una sola cosa, de ahí que hayamos optado por el término “corporeoespiritual”. No está en el diccionario, pero lo necesitamos porque es con el que, a nuestro juicio, mejor caracterizada queda nuestra realidad humana. Cuando decimos que el hombre es un ser corporeoespiritual, lo que queremos subrayar es que cada hombre es un todo psicofísico, que existe y que funciona corporeoespiritualmente. En el hombre se da una unión misteriosa entre materia y espíritu, pero esta unión no debe entenderse como el resultado de un proceso de unificación de estos dos elementos como si existieran previamente por separado. Dicho de otro modo: un ser humano no es la suma de cuerpo más alma; nadie somos el pegadizo de estas dos realidades. Todo hombre, desde el instante cero de su existencia, es decir, desde el mismo momento de su concepción, ya es psicofísico. No es que exista un cuerpo mínimo, un embrión que en un momento dado recibe un alma y a partir de ahí empieza a existir un ser humano. No es así porque el alma es lo que hace que un cuerpo sea cuerpo y esté vivo. Un cuerpo sin alma es un cadáver, es decir la “cosa” cuerpo.

Quizá en ningún campo como en el de la psiquiatría se manifieste con tanta claridad que la persona es una unidad psicofísica, y cuánto influye el estado del alma en el cuerpo y viceversa.

Estas cuestiones son un tanto engorrosas de explicar y además lo que podamos decir siempre será insuficiente porque no aclara todos los extremos, ya que no podemos acudir a datos experimentales que demuestren que las cosas son así. Pero son las únicas que explican suficiente y coherentemente lo que es un ser humano, y son las únicas que sirven de base para poder educarlo íntegramente.

No hay educación posible sin una base antropológica consistente.

Por eso interesa mucho atinar en la visión de la persona humana. De entender al hombre como un ser corporeoespiritual, formando una unidad psicofísica viviente, se deriva la idea de que no hay ninguna actividad genuinamente personal en la que no participen ambas dimensiones, lo que a su vez supone que ambas resultan afectadas. Cualquier acción será plenamente humana cuando provenga de la totalidad de la persona que la realiza. Podemos realizar un sinfín de actividades, pero sólo serán auténticas aquellas en las que se haya implicado la persona entera; solo estas llevarán el sello de lo personal. Si la educación consiste en formar personas, en hacer (mejor aún, en ayudar a hacer) hombres y mujeres auténticos, no podemos darnos por contentos con que el niño, el adolescente o el joven haga muchas cosas, sino que las que hace sean redondamente personales, al menos, que lo sean en la mayor medida posible, dependiendo de su edad, contexto y el resto de factores que concurran en la actividad.

Estas ideas sobre lo que un hombre es y cómo funciona, puede que parezcan solo un discurso teórico sin demasiada aplicación práctica. Pero no es cierto, esta manera de entender al hombre nos lleva a plantear el día a día de toda la educación y de toda la vida personal. Vamos a poner tres ejemplos, no son los únicos, pero son suficientemente significativos como para darnos cuenta de cuánto nos jugamos a la hora de tener bien asentadas las ideas sobre las que luego levantar la construcción que toda persona es. Hablamos en concreto de la imagen corporal, de la Educación Física y de la Educación Sexual.

  1. Para un adecuado desarrollo de la persona es imprescindible poseer una imagen positiva de uno mismo, y esta imagen comienza siendo una imagen corporal. La persona ni se puede identificar exclusivamente con su cuerpo ni puede construir su identidad sin él. Cuando uno de nosotros se mira a un espejo sabe que su persona va más allá de lo que ve. En cuanto alguien se detiene a pensar algo sobre sí mismo, se le hace evidente (por intuición) que su persona no acaba en los bordes de su silueta. Dos evidencias se nos imponen: una, que somos más de lo que vemos, y dos, que nuestro yo no sería el mismo si el cuerpo fuera otro. El valor de la imagen personal está en que, aunque sea parcialmente, me muestra quién soy yo. Por eso para la formación de una personalidad sana es determinante que cada persona acepte de buen grado lo que ve de sí misma. Esto, que sirve para todas las edades, se hace especialmente importante en etapas como la adolescencia, en que un fuerte desequilibrio entre la imagen que se percibe y la que se quisiera percibir puede llegar a problemas tan graves como la anorexia, que no es ninguna broma.
  2. Otro tema es el deporte. Cuando una persona practica deporte el cuerpo es el principal protagonista, pero el alma no está ausente. Hay una serie de valores espirituales que si no son tenidos en cuenta convierten al deporte en una actividad mecánica e incluso despersonalizadora. Si se atendiera exclusivamente al funcionamiento corporal de un deportista podríamos tener un extraordinario conseguidor de resultados, pero seguramente una persona mermada e inmadura, vanidosa y arrogante con los éxitos y hundida con los fracasos; incapaz de compartir y disfrutar de los primeros y de asumir con deportividad las derrotas; es decir, incapaz de ser feliz.
  3. Especial relieve adquiere entender que nuestra naturaleza es corporeoespiritual cuando nos referimos a la sexualidad y a la Educación Sexual. Una “educación” sexual centrada exclusivamente en el cuerpo, cuando se limita a la explicación más o menos detallada de los aspectos fisiológicos propios del funcionamiento sexual sin referencia al conjunto de la persona no cabe denominarse “educación”, porque educar más que informar a la persona, es sobre todo formarla. Quien educa a la persona no puede olvidar sus valores espirituales. El olvido de éstos induce a una visión deforme de la sexualidad que se desliza fácilmente hacia la frivolidad o hacia la curiosidad malsana, en lugar de fomentar la valoración y la estima por esta preciosa dimensión humana, que nos hace ser hombre o ser mujer y que nos permite, a quienes hemos sido llamados a vivir en matrimonio, amarnos personalmente y expresarlo también corporalmente. Una pretendida educación sexual aséptica, científicamente “neutra” no existe porque tanto el concepto de educación como el de sexualidad son incompatibles con la idea de neutralidad. Nuestra condición de seres sexuados es lo que nos impide ser neutros; esa condición es lo que identifica a cada persona como un varón o como una mujer. Nadie existe en estado sexualmente neutro, al margen de su masculinidad o su feminidad, ni siquiera las personas con tendencias homosexuales. Esto implica que la educación sexual es un concepto mucho más amplio que la información anatómica sobre nuestros órganos reproductores o sobre su funcionamiento. Por otra parte está la curiosidad malsana que este tema puede despertar por sí mismo. Cualquiera que haya tenido que explicar estos temas sabe que todo lo concerniente al aparato reproductor tiene un plus de curiosidad que no se da en los aparatos respiratorio o digestivo, por ejemplo, porque la sexualidad, de suyo, despierta un interés (a menudo morboso) que no despierta la respiración ni la digestión.

Aceptar que el hombre es una unidad que funciona de manera unificadamente corporeoespiritual nos arroja mucha luz sobre múltiples dimensiones a las que la educación tiene que atender: la valoración y estima de la dignidad de la persona que se refleja en el cuidado del cuerpo, los aspectos relacionados con la expresión corporal, el porte y la compostura, las relaciones personales, la educación de virtudes como la templanza, etc., aspectos todos ellos que bien merecen un tratamiento pormenorizado.

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