Amor y matrimonio (III). Centrarse en los demás-cultivar la humildad-ser amable

En este escrito el Santo Padre, glosando el texto de San Pablo, habla del ansia de vanagloria, del orgullo del dominio sobre los demás y del tener un corazón duro

El amor no se vanagloria

La vanagloria es el ansia de mostrarse superior, de impresionar a los demás con una actitud pedante y un poco agresiva. Quien ama evita hablar demasiado de sí mismo y además, porque está centrado en los demás, sabe estar en su sitio sin pretender ser el centro.

El amor no se enorgullece

La persona orgullosa es arrogante, se “agranda” ante los demás, sólo tiene obsesión por mostrar las propias cualidades y pierde el sentido de la realidad. Se considera más grande de lo que es porque se cree más “sabio”.
La ciencia hincha, el amor en cambio edifica. Algunos se creen grandes porque saben más cosas que los demás y se dedican a exigirles y a controlarlos, pero lo que en realidad nos hace grandes es el amor que comprende, que cuida y que protege al débil.

Para poder comprender, disculpar o servir a los demás de todo corazón, es indispensable arrinconar el orgullo y cultivar la humildad. La lógica del amor cristiano no es la de quien se siente más que los demás y necesita hacerles sentir su poder, sino que es la lógica del servicio: “el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro servidor” .

En la vida familiar no puede reinar la lógica del dominio de unos sobre otros, o la competición pe ver quién es más inteligente o poderoso, porque esta lógica acaba con el amor.

El amor no no es insolente

Amar también es volverse amable. El amor no obra con rudeza, de una manera descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. La cortesía es una escuela de sensibilidad y desinterés que exige cultivar la mente y sus sentidos, aprender a sentir, a hablar y, en ciertos momentos, a callar.

Un cristiano no puede elegir o rechazar ser amable, ya que una de las exigencias irrenunciables del amor es que todo ser humano está obligado a ser afable con los que tiene a su alrededor.

Una mirada amable hace que podamos tolerar la otra persona y unirnos en un proyecto común aunque seamos muy diferentes. El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea redes de integración y construye una trama social firme.

Hace falta mirar al otro con una mirada amable para disponer a un verdadero encuentro con él. Esto no es posible cuando reina un pesimismo que destaca defectos y errores ajenos quizás para compensar los propios complejos.

Quien ama es capaz de decir palabras que alientan, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan… en la familia tenemos que aprender el lenguaje amable de Jesús: “¡Levántate!”, “No temas”…

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