Amor y matrimonio IV

El amor es estar desprendido – no se enorgullece – sabe perdonar

En este escrito el Santo Padre, glosando el texto de San Pablo, habla del desprendimiento de uno mismo, de la violencia interior y del perdón que tenemos que ofrecer a los demás.

El amor no busca el propio interés

Es más noble el don de sí a los demás que el amor a nosotros mismos. El amor a sí mismo debe entenderse en el sentido de que quien es incapaz de amarse a sí mismo encuentra dificultades para amar a los demás.

El amor quiere más amar que ser amado de la misma manera que las madres buscan más amar que ser amadas. Por eso el amor puede desbordarse gratis, sin esperar nada a cambio, hasta llegar a “dar la vida por los demás”.

El amor no se irrita

La irritación es la reacción interior de indignación provocada por algo externo. Se trata de una violencia externa, de una irritación no manifiesta que nos coloca a la defensiva ante los otros, como si fueran enemigos molestos que hay que evitar.

Alimentar esta agresividad íntima no sirve para nada. Solo nos enferma y termina aislándonos. La indignación es sana cuando nos lleva a reaccionar ante una grave injusticia, pero es dañina cuando tiende a impregnar todas nuestras actitudes ante los demás.

Es ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga de mi ojo. No podemos alimentar la ira. Una cosa es sentir la fuerza de la agresividad que nace y la otra es consentirla, dejar que se convierta en una actitud permanente.

Nunca hemos de terminar el día sin hacer las paces en la familia. Y “¿cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Solo un pequeño gesto, algo pequeño, y vuelve la armonía familiar. Basta con una caricia, sin palabras. Pero no terminar nunca el día en familia sin hacer las paces”.

El amor no tiene en cuenta el mal

El perdón se fundamenta en una actitud positiva que intenta comprender la debilidad ajena y trata de buscarle excusas a la otra persona. Pero desgraciadamente la tendencia suele ser la de buscar más y más culpas, la de imaginar más y más maldad, la de suponer todo tipo de malas intenciones y así el rencor va creciendo y se arraiga. Y cualquier error o caída del cónyuge puede dañar el vínculo amoroso y la estabilidad familiar.

Si permitimos que un mal sentimiento penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a ese rencor que se añeja en nuestro corazón. Y así somos capaces de hacer una lista de agravios de todo lo que el otro “nos debe”. La justa reivindicación de los propios derechos, se convierte en una persistente y constante sed de venganza más que en una sana defensa de la propia dignidad.

El perdón siempre es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil. La comunión familiar exige una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón y la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia, hieren mortalmente la propia comunión y generan división en la vida familiar.

Hace falta aceptarse a sí mismo, saber convivir con las propias limitaciones e, incluso, perdonarse, a fin de poder tener esta misma actitud hacia los demás y que culpar a los demás no se convierta en un falso alivio en las relaciones interpersonales.

Para poder perdonar a los demás, aunque hayan sido injustos con nosotros, hay que aceptar que el amor de Dios es incondicional, que no se puede comprar ni pagar. Si no lo vivimos así nuestra vida familiar dejará de ser un lugar de comprensión, acompañamiento y estímulo para convertirse en un espacio de permanente tensión o castigos continuados.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>