Andrea Riccardi subraya el compromiso social de la Iglesia en la vida pública

El historiador Andrea Riccardi comenta ampliamente, en un artículo publicado por el diario de la Santa Sede L’OSSERVATORE ROMANO, el Compendio de la D…

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El historiador Andrea Riccardi comenta ampliamente, en un artículo publicado por el diario de la Santa Sede L’OSSERVATORE ROMANO, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, presentado el 25 de octubre por el Pontificio Consejo de Justicia y Paz. Bajo el título Un texto de sabiduría social en un mundo en el que se cuestionan los discursos, el fundador y máximo responsable de la Comunidad de San Egidio examina el contenido del documento y valora su significado. “Los católicos, que viven en las situaciones más diversas, sienten desde hace tiempo la necesidad de vincular su vida con la experiencia histórica y social y con la experiencia de la Iglesia. Y es que la doctrina social surge precisamente de la gran experiencia histórica de la Iglesia, que Pablo VI ya calificó de experta en humanidad en su discurso ante la Asamblea de las Naciones Unidas”, explica. En la misma línea, Riccardi recuerda que esas enseñanzas católicas “no son la experiencia de un centro de investigaciones, sino la vivencia fraterna y cercana a la humanidad, de acuerdo con el famoso principio de la Gaudium et Spes (constitución del Concilio Vaticano II) que describe a la Iglesia como partícipe de los gozos y las esperanzas, de las angustias y las tristezas de los hombres”.

Trabajo, vida económica, comunidad política, comunidad internacional y paz son los temas que marcan los capítulos del escrito eclesial. “No es una ley cristiana que pretende dictar normas para vivir social y políticamente, quizá a través de una especie de examen infinito, sino que quiere iluminar, responsabilizar, proyectar hacia el futuro actitudes y pensamientos iluminados por el Evangelio”, comenta Riccardi. También comenta que los cristianos se ven muchas veces afectados por “situaciones de dificultad política y social” y que “están con frecuencia solos ante tremendas responsabilidades en sociedades no acostumbradas a la democracia y al pluralismo”. Se tienen que enfrentar, según el historiador, “a la presión gigantesca de los medios de comunicación, así como a enormes problemas, grandes miserias y conflictos que se presentan como irremediables”. Otro peligro para los cristianos es, para el fundador de la Comunidad de San Egidio, “someterse a la tentación de seguir de manera incondicional y pasiva la opinión mayoritaria basada en ese conformismo que deja sin contenido la política y la democracia”.

“La transformación del mundo se presenta como una instancia fundamental también en nuestro tiempo. A esta exigencia, la doctrina social de la Iglesia intenta ofrecer respuestas que los signos de los tiempos invocan, incidiendo sobre todo en el amor recíproco entre los hombres, bajo la mirada de Dios, el instrumento más potente de cambio a nivel personal y social”. Al comentar este fragmento, incluido en el Compendio, Riccardi destaca que los cristianos “son animados y acompañados en su compromiso con la lucha por un mundo mejor”. En una de sus conclusiones, dice que el escrito “quiere preservar la esperanza, evitando que se debilite bajo el peso de la resignación o las dificultades”, y apunta que “todo el texto afirma con fuerza que el amor es el instrumento para hacer realidad cualquier cambio”. Desde la imagen interior del “cielo nuevo y la Tierra nueva”, este Compendio conduce su discurso, según recuerda el historiador, a hacer reflexionar al cristiano sobre los horizontes de su forma de actuar en la vida pública, haciéndole descubrir la profundidad de la vida interior”.

Desigualdad y pobreza

Por otro lado, y sin perder el hilo conductor del documento, Andrea Riccardi se refiere en su artículo también a la desigualdad y la pobreza. “La acción de los cristianos no puede ser insensible a las grandes desigualdades del mundo contemporáneo. La lucha contra la pobreza, según el Compendio, encuentra una fuerte motivación en la opción o amor preferencial de la Iglesia por los pobres”, resume. Y es que la Iglesia, como refleja el documento doctrinal, “no se cansa de recordar”, entre sus principios fundamentales, el destino universal de los bienes como un punto “básico en el derecho universal”. Ello no quiere decir, según el trabajo del Pontificio Consejo de Justicia y Paz, que “los bienes estén arbitrariamente a disposición de todos, sino que se necesita una reglamentación específica”. Sobre la economía, Riccardi destaca que “requiere la intervención del hombre para evitar sus efectos más dañinos sobre las personas y sobre toda la sociedad”.

En cuanto a la paz, que ocupa el capítulo 11 del Compendio, el historiador comenta la esperanza que aporta “la enseñanza de la Iglesia madurada en el gran trabajo del siglo XX, que ha viso el horror de muchas guerras destructivas”. En este sentido, añade que las páginas dedicadas a la promoción de la paz dejan claro que la Iglesia “condena el genocidio y la eliminación de grupos humanos enteros”, unas realidades que el documento define como “delitos contra Dios y contra la misma humanidad” al ratificar “la obligación moral de intervenir a favor de aquellos grupos cuya supervivencia está amenazada”. Riccardi también se refiere al hecho de que, con estas orientaciones, la Iglesia “apuesta una vez más por la justicia internacional” y defiende la existencia “de la Corte Penal Internacional”. Y no son menos importantes, para el laico italiano, las palabras del texto eclesial sobre el terrorismo: “Es profanación y blasfemia proclamarse terrorista en nombre de Dios… Ninguna religión puede tolerar el terrorismo, y aún menos predicarlo”.

En definitiva, ante el reto de trabajar por el bien común y la paz, la Iglesia ofrece su pensamiento y su acción con espíritu de colaboración. “Los cristianos viven con otros hombres y mujeres de convicciones y creencias distintas. Por eso es esencial, a todos los niveles, el arte del diálogo y la capacidad de establecer una respetuosa colaboración”, explica Riccardi. Finalmente, asegura que “la Iglesia, al predicar el Evangelio, actúa profundamente también para sanar el tejido social y humano, muchas veces dañado por las contraposiciones, los conflictos y las incomprensiones”. Hay una frase del Compendio que, para el fundador de San Egidio, es como un resumen de las 583 orientaciones que contiene: “Consciente de la fuerza renovadora del cristianismo, también en relación con la cultura y la realidad social, la Iglesia ofrece la contribución de su propia enseñanza para construir la comunidad humana, mostrando el significado social del Evangelio”. Y es que la esperanza cristiana “aporta confianza en la posibilidad de construir un mundo mejor”, dice el documento, pero añade a continuación que “no puede existir un paraíso en la Tierra”.

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