Andreotti y la Democracia Cristiana

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Ha muerto el político más decisivo de Italia desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días. Lo es sin ningún tipo de duda. Entre 1954 y 1989, ocupó cinco ministerios distintos, todos ellos importantes: Asuntos Exteriores, Interior, Finanzas, Defensa, uno de sus preferidos, y Desarrollo del Sur. Además, fue siete veces presidente del Gobierno italiano a lo largo de 20 años, entre 1972 y 1992. Es un récord difícil de alcanzar. Todos estos gobiernos fueron de mayoría democratacristiana, excepto el último, con soporte comunista.

En 1948 empezó como diputado y tenía solo 29 años. Y prácticamente nunca dejó de ser parlamentario, porque ha muerto como senador vitalicio de la República. Tantos años en el Gobierno, en un periodo particularmente convulso de la vida europea, deben dejar una profunda huella. En las primeras elecciones, las de 1948, Italia se jugó su futuro a cara y cruz. Había dos grandes contendientes: la Democracia Cristiana, por una parte, y el Frente de Izquierdas dirigido por el Partido Comunista. Justo había terminado la Segunda Guerra Mundial y Europa estaba destruida, sin esperanzas, con escasa capacidad para afrontar su propio futuro. El comunismo estaba en auge. Se había ocupado media Europa y los países cayeron como fichas de dominó. El Partido Comunista más importante de Occidente, el italiano, tenía todos los números para llegar al poder en las primeras elecciones, y la experiencia de otros lugares lo dice ahora bien claro: cuando llegaba al poder nunca se iba. No fue así y la victoria de la Democracia Cristiana fijó a Italia en el mundo democrático, permitió su reconstrucción y su gran despegue industrial. De hecho, en cierta medida, aún vive de aquellas rentas. Fue la época de la Guerra Fría, de los grandes atentados de la extrema derecha y de la extrema izquierda, del drama del asesinato de Moro. Todo esto, sin duda, como decía, debe dejar huella. Y sobre Andreotti pesan sombras que impiden ahora que tenga un funeral de Estado. En cualquier caso, Italia, que sigue siendo un país fuerte en sus flaquezas, le debe a él y a otros como él de la Democracia Cristiana, al propio Moro, a Fanfani, a Leone, el haber construido un país estable y moderno.

Italia se recuperó del desastre de la Segunda Guerra Mundial y lo hizo rápidamente. España, para situar un punto de referencia, que antes de la Guerra Civil tenía en 1932 una renta por persona superior a la italiana, después de nuestra guerra y después de la gran guerra europea, nunca más ha vuelto a superar a aquel país. Esto también es un punto de reflexión.

La Democracia Cristiana se deshizo. Las operaciones de los jueces contra la corrupción, iniciadas con el Partido Socialista de Craxi, tuvieron poderosas ramificaciones. De hecho, ninguno de los grandes partidos, empezando por el propio Partido Comunista de aquella época, subsiste como tal. Hoy, en el Partido Democrático, democratacristianos, una buena parte de ellos, y ex comunistas, conviven en una misma formación. Lo curioso del caso es que, sin existir, los democratacristianos siguen gobernando. Hoy, para superar la crisis de las últimas elecciones, ha ocupado la presidencia de la República Enrico Letta, que es un democratacristiano, joven pero que formó parte del partido antes de su disolución. Llegó a presidir la organización juvenil de los democratacristianos europeos. Su trayectoria, y ahora tiene 46 años, se inició en la DC precisamente en los noventa. La Democracia Cristiana, con todos sus inconvenientes, ha sido una pieza insustituible en la reconstrucción de Europa, en la superación de la guerra y sus desastres, de la construcción de la unidad y del Estado del Bienestar, y esto también ha sido así en Italia. Su aportación es extraordinaria y negarla es simplemente una cuestión de ceguera histórica.

En España nunca ha conseguido existir un verdadero partido democratacristiano. Ha existido la idea de transponer directamente el catolicismo a la política, lo cual es un error en el sentido de que la Iglesia puede y debe producir un criterio en un orden político, pero no puede ni debe aplicarlo directamente y menos todavía puede aceptar que exista un sujeto político que pretenda representarla de manera literal. Y esto ha sido la tentación de un cierto catolicismo en España durante mucho tiempo. Lo más próximo a la Democracia Cristiana que existió fue la corriente de Giménez Fernández en la CEDA, pero esta confederación como tal nunca tuvo una perspectiva democratacristiana. La Acción Católica de Propagandistas, en su origen y en sus ideas iniciales, podían haber sido un embrión de este tipo. Pero la convulsa historia española lo alteró. Después, la Democracia Cristiana durante el franquismo intentó surgir, bien en los arrabales del propio régimen o bien claramente opuesta a él, como la encarnaron Ruiz Giménez y el regresado Gil Robles, esta vez ya con un propósito claramente orientado hacia esta política. Pero, cuando llegaron las elecciones, el fracaso del equipo del Estado español de la Democracia Cristiana fue considerable. Solo consiguió escaños en Cataluña y en el País Vasco. El propio Ruiz Giménez y el propio Gil Robles no consiguieron la representación. Fue un durísimo golpe del cual no es ajena la actitud que en aquel momento tuvo la Iglesia española, que no sólo negó el apoyo, más o menos implícito, cosa que era perfectamente legítimo que pudiera realizar, sino que de la mano del cardenal Tarancón no se cansó de predicar su negativa a que esta fuerza pudiera prosperar, ni tan solo mantuvo la neutralidad.

La Iglesia española siempre ha tenido un déficit muy importante en el terreno de los laicos, de organizaciones con personalidad y capacidad de incidir en la vida civil. Y esto de una u otra manera se ha pagado en cada periodo. Es una experiencia que sigue sin estar bien resuelta.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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