Anécdotas de un santo de nuestro tiempo

La tarde del 28 de Octubre de 1958 el color de la fumata que salía por el techo de la Capilla Sixtina no era muy claro, pero desde el exterior …

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La tarde del 28 de Octubre de 1958 el color de la fumata que salía por el techo de la Capilla Sixtina no era muy claro, pero desde el exterior del recinto del cónclave se oía una actividad gozosa, anunciadora seguramente de que un nuevo Papa había sido elegido.

La impaciencia por saber el resultado se apoderó del personal vaticano y de los muchos periodistas que aguardaban, pero los sellos de la puerta que cierra el cónclave no se pueden romper hasta que un nuevo Pontífice es elegido. Hay que tener la paciencia de esperar y si alguien osara romperlos caería sobre él la pena de la excomunión.

Entonces un joven sacerdote, lleno de nerviosismo e intuyendo que ya un nuevo Papa ha sido elegido, se levanta decidido y exclama:

No aguanto más, yo me cargo con la excomunión y el que quiera que me siga. Y cuando entraban en aquella prohibida zona, ya venía hacia afuera el nuevo Pontífice Juan XXIII, con su cara de bueno, sonriente y grave a la vez, con aquel rostro que hizo las delicias del mundo y que los hombres no olvidaran jamás.

El cardenal decano, monseñor Tisserant se da cuenta sin embargo de lo que aquel grupo de impacientes ha hecho con los sellos de la famosa puerta y advierte irritado:

¡Todos excomulgados, todos están excomulgados!.

Pero el Papa Juan, en su primer acto de bondad, no le permite proseguir:

¡Nada de excomunión, eminencia. Nada de excomuniones!.

Una nueva época comenzaba para la Iglesia y esta anécdota puede ser el símbolo de ella. Nada de puertas de bronce. Todo volvía a ser maternal, casero, evangélico, abierto; puertas y ventanas abiertas de par en par. Que los hombres vengan y se acerquen a la Iglesia y vean sus arrugas y defectos, pero también su perenne juventud y su esperanza. La juventud y la esperanza del mundo que vio que la Iglesia que amaba se acercaba al mundo y el mundo se acercaba a la Iglesia.

Esta nueva Iglesia no hacía más que seguir lo que ya Jesús enseñó en su tiempo. Jesús siempre hablaba a los que lo escuchaban, tratando de llegarles al corazón, es decir a lo profundo del ser de cada uno. El Reino de Dios ha de hacer cambiar a todos desde la raíz. Solamente hombres y mujeres de corazón nuevo harán un mundo nuevo. Esa anécdota fue la llamita de lo que sería la gran fogata que se llamó Concilio Vaticano II. Obra inspirada e iniciada por el viejo más joven que ha tenido nuestra Iglesia.

Ya que hemos empezado con una anécdota del Papa Juan XXIII cuando acababa de ser nombrado Pontífice, contemos otra anécdota, sucedida mucho antes. Cuando Juan XXIII aún no era Papa, cuando simplemente era el nuncio Roncalli, se cuenta que recibiendo a una autoridad protestante, le había preguntado: "

¿Por qué no nos unimos?

—Tenemos ideas diferentes, había contestado aquel.

¡Bah! ¡Las ideas! ¡Las ideas diferentes son tan poca cosa entre amigos!

La anécdota se llamó más adelante el decreto sobre el ecumenismo. Celebración conjunta de la palabra divina entre católicos, ortodoxos y protestantes a escala de un Concilio Ecuménico con el Papa a la cabeza, levantamiento de una excomunión de más de novecientos años entre Roma y Constantinopla, franca comprensión, gran amistad, fraternidad, diálogo de tu a tu, y……..y Dios dirá.

El Papa Juan dijo a los cristianos no católicos: “No queráis hacer un proceso histórico, no queráis saber quien tenía razón y quien no la tenía. La culpa es de todos. Hoy os decimos: unámonos y dejémonos de querellas. Así nació una nueva actitud entre los creyentes del mismo Dios de Abraham que sólo el mismo Dios sabe cómo terminará. Pero si sabemos quién lo empezó. Aquel viejo joven de más de 80 años que se llamó Juan XXIII. Un santo de nuestro tiempo.

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