Ángel Garate, in memoriam

En Irún, este pasado 4 de julio, con el eco de los pífanos y los tambores ya apagado, calló también el corazón de &…

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En Irún, este pasado 4 de julio, con el eco de los pífanos y los tambores ya apagado, calló también el corazón de Ángel Garate.

En la biografía de quienes contamos por decenas nuestros años, despuntan personas que nos han mostrado con su vida, sin aspavientos, el sentido que debiera tomar la nuestra. Hombres y mujeres que nos han reconciliado con la historia, sin decepcionarnos. Anónimos para la mayoría, su nombre despliega en la memoria de quienes les hemos conocido la bondad de la vida.

Es imprescindible atender a los acontecimientos de la historia, pero los personajes que aparecen referidos en los libros, en los periódicos o en los buscadores informáticos, resultan insuficientes para el día a día, como posters que cuelgan mudos en las paredes: “tienen boca y no hablan, tiene ojos y no ven, tienen orejas y no oyen, no hay vida en ellos” (Sal 135). Cuando, lo que necesitamos son interlocutores que, a pesar de todo, nos miren bien y, sobre todo, nos enseñen a mirar bien.

Tendemos a acostumbrarnos a ver a quien tenemos al lado, a darlo por hecho, y cuando un tercero nos descubre sus cualidades, decimos que su mirada está cargada de idealismo (“cómo se nota que no vives con él/ella”), sin pararnos a pensar si en nuestra mirada no pesa la monotonía (“cómo se nota cómo vivimos con él/ella”). Apreciar una cualidad no es idealismo, subrayar un defecto no es realismo y junto a nosotros hay personas capaces de indicarnos cordialmente el horizonte: ni estamos solos, ni somos una masa.

Nos conviene refrescar la memoria y recordar a quienes nos ayudaron, quizá sin saberlo, en distintos momentos de la vida. El verano puede ser un momento propicio para ello. Descansar significa hacer memoria de quienes han sido descanso para nosotros, como mensajeros que han roto el silencio de quien nos bendice: “Él ha ordenado a sus ángeles que te protejan en todos tus caminos. Ellos te llevarán sobre sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra” (Sal 91).

Ángel Garate, Hermano de La Salle, ha sido testigo de esa Palabra en los países donde fue misionero (Camerún y Costa de Marfil) y también en nuestra Diócesis, donde trabajó en Andoain, Legazpia, Herrera e Irún. En Azkoitia, donde nació en 1930, le echaremos de menos el 16 de agosto, día en que cada año, con su voz templada, oraba por todo el mundo, a cuya suerte se sabía unido como cristiano, y nos introducía, con aires de Guridi, en la experiencia evangélica del “ciento por uno” (Mc 10,29-31). Es bueno saber que sigue habiendo entre nosotros, personas capaces de compartir con todos el ánimo que reciben de Dios (2Co 1,4).

Eskerrik asko, Angel! Egun Handira arte!

Joseba González Zugasti

Vicario General

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