Ante la renuncia del Papa

La renuncia del Papa ha provocado tantas reacciones como la noticia merece. Es normal que la opinión pública manifieste y aporte pregunt…

La renuncia del Papa ha provocado tantas reacciones como la noticia merece. Es normal que la opinión pública manifieste y aporte preguntas y respuestas. Son momentos de confusión y sorpresa ante lo inesperado, comentarios de acá y allá. Y todos son opinables. Comentarios desfavorables a su renuncia y comentarios de comprensión ante una situación difícil de decidir.

Comentarios como el del cardenal Mauro Piacenza: “Cuando supe la noticia inesperada del Santo Padre experimenté el dolor que se siente cuando una persona querida está saliendo de nuestro horizonte”.

En estos ocho años de ocupar la cátedra de Pedro, los católicos hemos vivido tres inolvidables viajes a nuestra España. Testigo sorprendente para muchos que dudaban si la juventud respaldaría su visita con su presencia masiva. Confirmación ante la manifestación de fe que supuso su encuentro y fue visible en las retransmisiones que nos regalaron tantos medios de comunicación.

Los católicos fuimos testigos fieles y otros se sorprendieron ante el espectáculo de religiosidad que nos ofrecían esos dos millones de jóvenes en Cuatro Vientos. Jóvenes valientes, dispuestos a entregarse de lleno a una vida en dignidad, en honradez, para seguir las enseñanzas que la Iglesia confirma a sus seguidores. Con libertad, pero convencidos, dando ejemplo de lo que quieren, de lo que sienten y del camino a seguir, oponiéndose a la rebeldía y a la confrontación. Acogiéndose a sus enseñanzas tantos jóvenes, recibiendo la herencia que nos deja Benedicto XVI, adentrándose en profundidad en sus escritos y en el manifiesto fiel de su fe inquebrantable.

Nos deja esa herencia que no cae en saco roto. No es optimismo, es realidad basada en sus palabras: “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza”.

También es herencia el conocimiento certero de su oración ante el Sagrario, de esas horas y horas pidiendo al Señor ayuda para decidir qué camino tomar. Poniendo su vida, sus años, sus limitaciones ante Él. La duda de poder seguir llevando el peso dulce de la Iglesia le acompañaba.

Es bueno pararse y pensar el sufrimiento que habrá supuesto esas horas ante el Sagrario, esperando la aprobación del Señor. Horas de sufrimiento que a los católicos nos duele como algo muy nuestro, como nos impresionaba aquella imagen dolorosa de Juan Pablo II que eligió seguir agarrado a la cruz. Empleando aquella frase: Cristo no se bajó de la cruz.

Por eso los católicos ponemos nuestra comprensión ante estas diferentes posturas. No siempre somos dóciles ante cualquier situación, pero sí llenos de fe, con visión sobrenatural, como corresponde en estos momentos, vemos tras ellos la mano amorosa de Dios y nos recreamos en la nobleza de su renuncia, una renuncia que no es nada nuevo para quien valoramos su vida. Renunció cuando aceptó con 77 años llevar las riendas de la Iglesia; renunció cada vez que debía viajar a países lejanos; renunció cuando debía atender a personajes famosos de diferentes ideologías. Por lo tanto, aceptamos su retirada en la que Benedicto XVI da paso a la persona que bajo el amparo del Espíritu Santo será el continuador de la doctrina de la Iglesia.

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