¿Ante qué o quién se sobrecoge la autosuficiencia?

Seamos creyentes o no lo seamos, imaginemos por un momento, aunque sólo sea a título de mera hipótesis, que lo que dice el cristi…

Seamos creyentes o no lo seamos, imaginemos por un momento, aunque sólo sea a título de mera hipótesis, que lo que dice el cristianismo es cierto, que Dios ha creado al hombre a su imagen, dotado de libertad, de una libertad radical, que incluye por tanto la posibilidad de rebelarse contra su creador. Imaginemos que ese hombre, en uso de su libertad e imbuido de soberbia, decide rebelarse contra su creador y emular el "non serviam" de los ángeles caídos, dando así entrada al mal en el mundo, al dolor y la muerte. ¿Qué haríamos nosotros si algo creado por nuestras manos se rebelase (algo difícil de imaginar, puesto que debería tener voluntad propia)? ¿Nos molestaríamos acaso en intentar reconducir su rebeldía, o simplemente optaríamos por la solución más fácil y lo destruiríamos? Probablemente -si tal posibilidad existiese- optaríamos por la segunda solución y nos pondríamos a trabajar en una nueva creación.

Pues bien, el Dios Creador del cristianismo no sólo no destruye su creación rebelde, sino que, asumiendo todas las consecuencias de haberla dotado de libertad, ha previsto desde toda la eternidad su propia humillación, la humillación del propio Dios, rebajándose a tomar una carne humana, con toda su debilidad y capacidad de sufrimiento, y llevando al extremo más impensable su designio, morir de una muerte atroz para limpiar con su propia sangre la culpa original y dar a su criatura la posibilidad -dependiendo siempre de su libre voluntad- de volver al inicio, de reconciliarse con su Creador. ¿Nos cabe acaso en la cabeza una locura de amor como esa? ¿Podemos siquiera imaginarla desde nuestra perspectiva humana? ¿No resulta sobrecogedor el simple hecho de pensar en ello como posibilidad, o acaso hemos perdido hasta tal punto la sensibilidad que ni siquiera algo así puede inmutarnos? Y los que nos llamamos cristianos y asumimos todo esto como un hecho, ¿cómo correspondemos a ese sacrificio infinito? ¿Acaso correspondemos de alguna manera? ¿Nos planteamos siquiera la necesidad de corresponder? Y los que se llaman no creyentes, ¿qué alternativa racional pueden proponernos para explicar qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos? Los que consideran el cristianismo como una fabulación y nos ofrecen su propia fabulación de los átomos de materia que se unen por azar para crear la vida, la conciencia, la belleza, el amor, el sentido de infinitud… ¿se preguntan tal vez de dónde han salido esos átomos, o es que tal vez la materia inerte es subsistente en sí misma y por sí misma, ha surgido de sí misma y es capaz de crear lo que es infinitamente superior a ella misma? ¿Y ante qué o quién se sobrecogen? ¿Ante qué o quién tiembla su ánimo de admiración, de estupor, de amor?

Ante todos estos interrogantes, para quien se los plantee, tal vez resulte esclarecedor revisar las obras de uno de los teólogos más lúcidos de la Iglesia del presente: José Antonio Sayés (Peralta – Navarra, 1944). Quien esté interesado en reflexionar, desde una óptica cristiana y con una profundidad fuera de lo común, sobre problemas como la pobreza y la riqueza, el origen de la vida, el azar, el evolucionismo, el infierno, la muerte, la escatología, la persona, el cuerpo y el alma, el conocimiento, la libertad, el progreso, la ética, la comunidad humana en sus diversas esferas (familiar, civil, laboral…), la dimensión sexual, el Reino y su historia, etc., tiene en Sayés una fuente inagotable a través de sus 64 títulos publicados, la obra ingente de un gran pensador católico de nuestro tiempo que merece ser más conocido y divulgado, y a tales efectos dedico humildemente estas pocas líneas. A él pertenecen las siguientes citas que destaco por la fuerza impresionante de su mensaje:

“(…) se impone la constatación de que el laicismo que postulan muchos, tanto políticos como personas a nivel individual, no tiene razón alguna de ser. Si no se cree en Dios, es imposible mantener la dignidad sagrada de la persona humana, que queda reducida a materia. Y queda eliminada también la ley natural, que recoge las exigencias fundamentales que manan de esa dignidad humana. Así que no quedaría otra orientación que las leyes emanadas del parlamento y la conciencia individual de cada uno a nivel personal. De este modo entiendo la frase de Dostoievsky: ‘si Dios no existe, todo está permitido’. Si el hombre no cae en la cuenta de que su dignidad proviene de Dios en cuanto que su alma ha sido creada directamente por Dios, el hombre no sabrá nunca ni de dónde viene ni a dónde va. Y estará perdido en este mundo. Pero, en ese caso, su situación será peor que la de los animales. Tampoco ellos saben de dónde viene ni a dónde van, pero no son conscientes de esta ignorancia. En cuanto al hombre, si no cree en Dios, queda perdido sobre el sentido de la vida humana. ¿Dónde puede fundamentar los valores trascendentes si el hombre no es otra cosa que materia? ¿Cómo puede vivir tranquilo un mundo que provoca millones de abortos al año y mata más que Hitler? Pero el hombre, incluso el que no cree en Dios, no podrá nunca quitarse de sí mismo la pregunta sobre su existencia: porque busca de hecho una felicidad profunda e infinita que sea su descanso definitivo (…)”

José Antonio Sayés – Filosofía del hombre

“(…) El reino de Dios no es otra cosa que la misericordia del Padre ofrecida ahora gratuitamente a todo hombre, independientemente de todo mérito, de toda condición de raza o posición social. Todos son llamados al reino, particularmente los que, en opinión de los fariseos, no merecían el amor de Dios: publicanos, mujeres de mala vida, gente despreciable humanamente (…) El Padre no los desprecia como hacen los fariseos. Es más, ellos, incapaces de enorgullecerse por méritos que no poseen, están en una posición privilegiada para comprender la misericordia de un Dios que ama escandalosamente. Por eso, en su arrepentimiento y en su humillación, dejan sitio al amor misericordioso de Dios, mientras que los fariseos son incapaces de comprender un amor que ama sin cálculo y sin medida. Por ello, los pecadores y prostitutas precederán a los fariseos en el reino (…) Jesús nos asegura que hay más alegría en Dios por la conversión de un pecador que por la perseverancia de noventa y nueve justos (…) Ahora bien, el castigo del infierno es para aquellos que desprecian este amor del Padre renunciando a la conversión y a la gracia que les es dada (…), porque los que se obstinan en no creer, los que se burlan de este amor misericordioso del Padre, morirán en sus pecados (…) Se condenan aquellos que se cierran obstinadamente a la invitación misericordiosa de Dios (…) y no quieren cambiar de vida (…) Según Jesús, el evangelio divide a los hombres en dos grupos: sencillos y autosuficientes. Puede darse un pecador que, en medio de su miseria, se abra humildemente a la gracia. El Padre, en este caso, no mira ya al pecado; pero el que, por su autosuficiencia, desprecia a un Padre que por amor va a llegar al ridículo de la cruz de su Hijo, ese mismo se niega la salvación (…) Pertenecer al reino es dejarse amar por un amor insospechado, escandaloso, sea cual sea nuestra situación de miseria, pecado, enfermedad o abandono aparente (…) Buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura (…)”

José Antonio Sayés – Señor y Cristo

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