Antón Chéjov, padre del teatro moderno, murió hace 100 años

Chéjov murió el 15 de julio de 1904 dejándonos 400 relatos cortos, 70 más extensos, 12 obras de teatro y 8 tomos de correspondencia. Es uno de los clá…

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Chéjov murió el 15 de julio de 1904 dejándonos 400 relatos cortos, 70 más extensos, 12 obras de teatro y 8 tomos de correspondencia. Es uno de los clásicos más vivos actualmente en los teatros, continuamente representado en Rusia y en adaptaciones de todo el mundo. Rompió con el teatro decimonónico, decadentista, ampuloso, lleno de acción, intrigas y finales recargados y llevó el drama al mundo del intimismo, a la modernidad, manifestada a menudo en personajes que hablan sin entenderse, sin escucharse.

 

Chéjov desarrolló una nueva técnica dramática, que él llamó de “acción indirecta”. Para ello diseccionaba los detalles de la caracterización e interacción entre los personajes más que el argumento o la acción directa. En una obra de teatro de Chéjov muchos acontecimientos dramáticos importantes tienen lugar fuera de la escena y lo que se deja sin decir muchas veces es más importante que las ideas y sentimientos expresados. Algunas de sus obras fueron inicialmente rechazadas en Moscú, pero su técnica ha sido aceptada por los dramaturgos y los espectadores modernos, y sus obras aparecen con frecuencia en los repertorios dramáticos.

 

Antón Pávlovich Chéjov nació el 29 de enero de 1860 en Taganrog, en Crimea, hijo de un pequeño comerciante que le dio una educación cristiana pero muy severa, que recordó con poco agrado. Las carestías familiares le persiguieron en su juventud, pero estudió medicina en la Universidad Estatal de Moscú aunque casi no ejerció la medicina debido a su éxito como escritor y porque padecía tuberculosis, en aquel tiempo una enfermedad incurable. Empezó escribiendo relatos y diálogos humorísticos de éxito, recogidos en 1886, y fue dando un giro más satírico al escribir en la revista Tiempos Nuevos.

 

Los presos de Sajalín, un impacto que le cambió

 

En 1890 Chéjov visitó la colonia penitenciaria de la isla de Sajalín, en la costa de Siberia, para escapar de las inquietudes de la vida del intelectual urbano. Los meses que pasó en aquel lugar inhumano, a 10.000 kilómetros de Moscú, con miles de condenados a trabajos forzados, le transformaron. Se hizo más pesimista y melancólico. En 1895 publicó un estudio documental, no literario sobre la vida de los presos que años después influirá en los textos de Solzhenitsin sobre el GULAG y los campos de concentración comunistas.

 

 

La frágil salud de Chéjov le llevó a trasladarse en 1897 de su pequeña propiedad cercana a Moscú a Crimea, de clima más cálido. También hizo frecuentes viajes a los balnearios de Europa central. Casi a finales de siglo conoció al actor y productor Konstantín Stanislavski, director del Teatro de Arte, de Moscú, que en 1898 representó su obra La gaviota (1896). Esta asociación de dramaturgo y director de teatro, que continuó hasta la muerte de Chéjov, permitió la representación de varios de sus dramas en un acto y de sus obras más significativas como El tío Vania (1897), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904).

 

En 1901 se casó con la actriz Olga Knipper, que había actuado en sus obras. Chéjov murió en el balneario alemán de Badweiler el 14/15 de julio de 1904.

 

Con Chéjov, el relato se independiza del argumento

 

Además del teatro, se considera a Chéjov uno de los maestros del relato. Él es uno de los responsables de que los relatos modernos busquen más crear estados de ánimo y simbolismos que desarrollar argumentos. Sus narraciones exponen pinceladas de impresiones e ideas más que tener un clímax y una resolución.

Su experiencia como periodista le entrenó para hacer cuentos alejados de la prosa a veces grandilocuente de otros grandes narradores como Goncharov, Tolstói, Dostoyevski o Turgueniev.

 

Utilizando temas de la vida cotidiana, Chéjov retrató el pathos de la vida rusa anterior a la revolución de 1905: las vidas inútiles, tediosas y solitarias de personas incapaces de comunicarse entre ellas y sin posibilidad de cambiar una sociedad que sabían que era inherentemente errónea. Algunos de los mejores relatos de Chéjov se incluyen en el libro publicado póstumamente Los veraneantes y otros cuentos (1910).

 

 

 

 

 

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