Anular al varón, desmochar la familia (I)

varón

Muchos son los frentes abiertos que tenemos hoy quienes entendemos la familia desde el sacramento del matrimonio: indisolubilidad del pacto, fecundidad, relaciones interpersonales, educación de los hijos, trabajo de los cónyuges, situación económica… Todos importantes y todos merecedores de cuidada atención. Ahora bien, entre todos ellos, hay uno fundamental, dicho en sentido estricto, en cuanto que radica en el fundamento mismo del matrimonio y, en consecuencia, en toda la vida familiar. Me refiero a la figura del padre, una figura que desde hace décadas está siendo muy cuestionada, y no solo la del padre, sino la del varón, en general, aunque no sea padre.

La fecha del 19 de marzo, día de San José, en torno a la cual se celebra el día del padre, es una ocasión idónea para volver a decir algo sobre la figura paterna. Hoy, para muchos, todo lo que pertenece al mundo masculino está bajo sospecha por el mero dato de la masculinidad. Basta con fijarse en las resonancias de palabras como “machismo” o “patriarcal”, frente a sus equivalentes femeninas, “feminismo” o “matriarcal”. No hace falta detenerse mucho en explicar la brecha que las separa. Las que pertenecen al ámbito varonil tienen un significado peyorativo que no tienen las referidas a la mujer. Añádase a esto la no escasa influencia subliminal (o no tan subliminal) que la publicidad ejerce en este asunto. ¿Has visto, lector, muchos anuncios en donde el varón-esposo-padre aparezca como un hombre hecho, es decir, como un tipo que encarna valores dignos de estima y respeto? Me adelanto en la respuesta: no. Lo que socialmente predomina son tres modelos de hombre a cuál menos honroso: el macho, el tontaina y el afeminado.

El macho es un adulto joven, sin cargas familiares, que suele aparecer en medio cuerpo, el superior, desnudo, con desaliño calculado en el pelo y en la barba, musculoso, atractivo, con una envidiable forma física. Es el retrato actual de hombre-objeto, reclamo sexual paralelo al femenino de la mujer-objeto que ha calado profundamente en la sociedad actual. Llama mucho la atención que al mismo tiempo que se fomente el hombre-macho al mismo tiempo que se condena el machismo.

El tontaina viene representado por un tipo bastante ridículo, sin ningún atractivo físico o psicológico. Es un hombre con situación familiar estable, bastante torpe, falto de ingenio y habilidades, inoportuno, sin reflejos ni alcances, frente a su esposa o compañera, que es justamente lo contrario: lista, resuelta y atractiva. Su rol está en ser el miembro débil de la familia respecto de los hijos y la mujer, el que sale peor parado, el que se equivoca, se mancha, al que le toca huir o callar.

El tipo afeminado no necesita ser comentado. Es un modelo que está lo suficientemente definido y extendido como para tener necesidad de explicación. Basta con señalar que en la práctica es compatible con los dos tipos anteriores.

Pienso que deberíamos reaccionar frente a retratos tan deformantes. No veo que haya ninguna posibilidad inmediata de revertir estos patrones; ahora bien, los que creemos en el matrimonio sacramental, sobre todo si queremos ser coherentes con la fe, deberíamos preguntarnos qué podemos hacer a favor del mismo y de la familia en este contexto de cuestionamiento y ridiculización de lo varonil-paterno. La mejor vía de respuesta no es quedarse atrapados en la crítica hacia estos modelos deformes, sino mostrar la belleza que hay en el plan de Dios. De eso se trata, de ofrecer una visión valiosa para que pueda hacerla suya todo aquel que vea en ella un camino a seguir, que, por otra parte, no es una opción particular para quienes creemos, sino que es la que encontramos inscrita en nuestra propia naturaleza, la que responde a la antropología de la ley natural.

El plan de Dios viene perfectamente expuesto en la revelación, especialmente en tres momentos fuertes: en el relato de la creación del hombre y de la mujer del Génesis, en las explicaciones de Jesucristo en los evangelios y en algunas cartas de San Pablo. A este último le debemos una idea que hoy no gozan de ningún predicamento (yo al menos no la oigo predicar jamás): que el varón es cabeza de la mujer. Para encontrar esta idea no hay que tener estudios bíblicos ni hacer ninguna exégesis complicada solo al alcance de expertos, basta con saber leer. En la primera carta a los corintios escribe esto: “Quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo y que la cabeza de la mujer es el varón y que la cabeza de Cristo es Dios” (I Cor 11, 3). Y en la carta a los efesios, esto otro: “El marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia” (Ef 5,  23).

Lo que sí conviene, y mucho, es explicar en qué consiste esto de ser cabeza. Digamos primero lo que no es. Ser cabeza no es una posición de privilegio para ejercer un dominio más o menos señorial o esclavizante. Ser cabeza, en el plan de Dios, no es entender al varón dotado de una superioridad en ningún orden (intelectual, moral, funcional, social) que pudiera llevar a desequilibrar la dignidad personal en perjuicio de la mujer, como ha ocurrido tantas veces en la historia. El varón es cabeza de la mujer, insiste San Pablo siempre que habla, “como Cristo es cabeza de la Iglesia”, y en la carta citada a los efesios explica que eso supone amarla de este modo: “Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla” (v. 26) y un poco más adelante dice que dándole “alimento y calor” (v. 29).

Yo sé que esta idea de que el varón es cabeza de la mujer rechina muchísimo en nuestras mentes actuales, conformadas con unos criterios que están muy lejos de ser los que nos ofrecen los textos sagrados. En muchísimas personas de buena voluntad, creyentes y no creyentes, se produce una situación de choque que no hay manera de resolver porque nos parece que aquí hay contradicciones evidentes. Pero no las hay, lo que sí hay es una deficiente manera de entender estas cosas, probablemente porque no se suelen explicar o se explican mal. A mi manera de ver, una de las claves que se suele pasar por alto está en el siguiente hecho que también pertenece a los textos sagrados. El varón es cabeza de la mujer porque la mujer procede del varón. Así lo dice San Pablo: “No procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón” (I Cor 11, 8).

Como digo, esto me parece que no se suele explicar (fuera de ámbitos especializados). “La mujer procede del varón”, es decir, ha salido de él. En este punto hay que preguntarse cómo es eso de que la mujer ha salido del varón, porque también parece que estamos contradiciendo la realidad que nos hace evidente lo contrario ya que todos hemos salido de una mujer, nuestra madre, en el momento de darnos a luz.

Pero esto no anula lo anterior. El varón ha salido de la mujer en cuanto que la mujer es madre, pero antes de ser madre, ella ha salido el varón en cuanto que es esposa.

Esto es uno de los significados que encierra el hecho de que Dios creara a Eva haciéndola salir de Adán, tomándola de su propio cuerpo (una costilla, nos dice el autor del Génesis). La maternidad vendrá después como consecuencia, pero en el inicio de la relación hombre-mujer, es la mujer la que sale del varón. Del costado abierto de Adán salió Eva, la mujer-esposa, del mismo modo que del costado abierto de Cristo nació la Iglesia. Por este motivo el sacramento del matrimonio es signo de la unión de Cristo Cabeza con su cuerpo, que es la Iglesia, según hemos visto que insiste S. Pablo.

La salida del hijo es física porque entró mediante un acto físico, o al menos con una imprescindible carga física. En cambio, la salida de la esposa del interior del esposo no es física, sino psicológica. Eso significa que su entrada fue también psicológica. La entrada y la salida psicológica no son una entrada y salida física, pero es real, no imaginaria, tan real como la física, y no solo real, sino que por ser psicológica es superior a la física.

Creo que merece mucho la pena destacar esto, porque para esto hay que educar a los hijos, chicas y chicos, de cara al matrimonio. El hijo varón tiene que aprender a albergar en su interior a la que será su esposa, la tiene que gestar psicológicamente dentro de sí, de tal manera que el enamoramiento sea lo que debe ser, un descubrimiento, un descubrimiento personal absoluto, que está llamado a llenar toda su vida y la vida de ella también. De ese modo, él un día podrá decirle: “Te he llevado muy dentro”. Enamorarse de una mujer concreta por parte de un varón, siguiendo los cauces que Dios ha dispuesto, es descubrir a la mujer concreta que uno ya lleva dentro. Del mismo modo que la madre, tras el parto, ve la cara del hijo que ha gestado, el esposo descubre la cara y los rasgos de la esposa que llevaba dentro. La mujer había entrado psicológicamente en el varón cuando él entendió que tenía vocación de hombre casado, se concreta en el noviazgo y sale y se consuma en el matrimonio, en la unión propia del matrimonio. Por eso esta unión íntima no es solo física, sino completa, una unión de totalidad, física y espiritual y tiene consecuencias físicas y espirituales, o por mejor decir, físicas, psicológicas y espirituales.

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