Argentina, América Latina y el aborto

El aborto se ha situado en la agenda del debate parlamentario argentino después de una intensa campaña de los grupos de presión, que siguen el mismo manual de siempre: afirmar que existe una cifra brutal de abortos clandestinos, medio millón en este caso, para después argumentar que con la legalización se reducen. Hay que decir con claridad que este pretendido razonamiento es un engaño, y además burdo, que se repite siempre. Empezó en España antes de su legalización en 1985, y ha seguido en cada país latinoamericano en el que se ha iniciado el debate. El engaño se manifiesta en hechos. El primero es que cuando se legaliza, el primer año y los siguientes aquella cifra fantasiosa se reduce por 10 o más, y es solo con el paso de décadas y gracias a su legalización que se alcanza aquella cifra que daban como actual de abortos clandestinos. ¿Qué nos quieren hacer creer?, ¿qué las mujeres que desean abortar desaparecen por ensalmo por el hecho de que se promulgue la ley? En este supuesto ¿su interés o necesidad desaparece? Quien puede defender tamaño absurdo. La explicación es más simple y es siempre la misma: la cifra de abortos clandestinos se hincha sin mesura para presentarla como argumento. Los defensores del aborto defienden la irracional idea de que los incentivos desincentivan, y lo contrario.

La segunda razón abunda en la primera. Si el número de abortos era tan grande en el año previo a su legalización y después cae en picado el resultado debería manifestarse en la tasa de natalidad concernida por el cambio radical de embarazos que llegan a su fin, pero este resultado no se produce. Lo único cierto es que la legalización eleva los abortos hasta un máximo que se sitúa entre la quinta y la cuarta parte de los nacimientos como valores medios.

Una tercera razón es metodológica. Nunca muestran los datos primarios, ni cómo los consiguen, dado que se trata de una actividad clandestina; ni como establecen los resultados.

En Argentina ya existe el aborto legal limitado al riesgo de salud para la madre y a los casos de violación. Lo que se trata ahora es la libertad absoluta de abortar durante las 14 primeras semanas. Esto es una barbaridad, incluso para quienes científicamente defienden el derecho a abortar, y una fuente de engaños por parte de las clínicas que ejercen este negocio, tal y como se ha visto en España.

La cuestión arranca quién es el que ha de nacer, el nasciturus. No es una cosa, sino un ser humano que se desarrolla de acuerdo con su genotipo y también su fenotipo, en este caso, hasta su muerte. Hay un desarrollo evolutivo desde el cigoto humano hasta el final de la vida, cuyo cambio de fase más importante se da con el nacimiento, y no a las ocho, doce, o dieciséis semanas, porque es cuando se produce una alteración radical del medio en el que habita. El resto de los cambios no son nada más que el flujo de la vida. Existe una corriente científica que justifica el aborto como máximo a las ocho semanas porque considera que el cigoto, hasta que no se convierte en feto, no contiene todos los factores genéticos que determinan la base natural de su humanidad. Pero, incluso en este caso de la argumentación científica dl aborto, el proyecto argentino se situaría de lleno en la destrucción de un ser humano genéticamente formado.

La respuesta al aborto clandestino no es más aborto legal, sino menos, facilitando la maternidad y reconociendo y apoyando su importancia, y promoviendo unas relaciones sexuales responsables. Es una paradoja brutal que en el cénit de los anticonceptivos se den tantos casos de embarazos no deseados. Algo muy grave falta en la condición humana cuando no sabe encauzar un deseo humano bien natural, buscando la solución en el daño al tercero, al que ha de nacer. El aborto nunca ha sido un progreso, como muestra su historia. Los primeros estados en legalizarlo, la URSS y la China comunista lo hicieron para disponer de la mujer como mano de obra para su industrialización forzada. En una economía de planificación central la mujer es un activo y el niño un coste (eso es lo que equivocadamente calculaban). Si el aborto se hubiera considerado un bien social, no se habría producido la paradoja de su implantación en el Japón ocupado por Estados Unidos una década antes de que se legalizara en este país. ¿La potencia ocupante concedía un “derecho” a la mujer de la potencia ocupada que negaba a sus propias mujeres?  El aborto es un daño de duración indeterminada a la mujer a cambio de un instante placentero, y un destrozo social y económico.

Los países latinoamericanos que juegan a liberalizar el aborto cavan su tumba, porque su efecto sobre la tasa de la fertilidad de la mujer es grande en una sociedad que de manera creciente tiende a tener menos hijos de los necesarios. El geriátrico europeo, y particularmente el español, se aguanta porque su productividad se lo va permitiendo -aunque no indefinidamente- dados los ingresos fiscales que genera cada activo, pero esta consideración no es trasplantable a Argentina, que tiene en su capital humano, que empieza en su tasa de fecundidad ligeramente por encima de la de remplazo, una de sus fuerzas de futuro. Si esto lo deteriora por la combinación del aborto, la tendencia a reducir el número de hijos y el aumento de la esperanza de vida, Argentina caerá en las próximas décadas en un agujero negro.

El derecho a la vida se defiende en primer lugar por razones religiosas y éticas, pero en segundo por razones de racionalidad vinculadas a la prosperidad y el bienestar.

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2 Comments

  1. 1

    La cuestión de fondo no es el número de abortos que se producen legal o ilegalmente. De una u otra situación , un solo aborto e3s un cfrimen.
    ABORTAR ES MJATAR, siempre.

  2. 2

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