Armenia: una nación en defensa de sus valores tradicionales en la era de la globalización

Una nación mártir por la defensa de su identidad, de su independencia y su fe, entre grandes imperios y ante tragedias para no olvidar

En un mundo globalizado donde las identidades comunitarias tradicionales son laminadas, progresivamente, por la homogenización liberal-consumista de estirpe norteamericana, un pequeño país del sur del Cáucaso reivindica con orgullo su idiosincrasia cultural y política. Por ello, y de manera casi unánime entre la clase parlamentaria y la sociedad civil, Armenia defiende sus rasgos identitarios originales, su visión nacional soberana, cristiana y euroasiática como modelo de desarrollo humano capaz de conciliar la herencia de la Tradición y los retos de la Modernidad, reivindicando la memoria de sus antepasados y defendiendo los valores morales conservadores. La Historia de una nación mártir La libertad tiene un precio. La Historia de Armenia por alcanzarla, recogida en sus relatos y en sus símbolos, lo demuestra. Una nación mártir por la defensa de su identidad, de su independencia y su fe, entre grandes imperios y ante tragedias para no olvidar. La mítica Hayk (????), para algunos exégetas el Jardín del Edén y para gran parte de los historiadores el lugar donde Noé llegó tras el diluvio universal, en el monte Ararat (Gen, 8:4), fue la primera nación cristiana del mundo, cuando en el año 301dc el rey Tirídates III fue bautizado por obra y gracia del santo al que antes persiguió, Gregorio El Iluminador (años antes que el mismo Imperio romano). Durante los siglos posteriores, persas (sasánidas), árabes, mongoles, turcos y rusos buscaron cambiar, sin éxito, la identidad de este país montañoso, sin salida al mar y sin grandes recursos económicos, pero con una capacidad de lucha siempre recogida en los anales de los historiadores. Tras perder la mitad de su territorio y de su población tras la dominación otomana (el llamado “Genocidio armenio” o ????? ???????????????) entre 1915 y 1919, y después de décadas de dominación soviética, el 21 de noviembre de 1991 Armenia recuperó su independencia. Un día que para el presidente Serzh Sargsián era “el símbolo de nuestra fe, nuestras convicciones y nuestra confianza” ante una historia repleta de mártires que lucharon y murieron por la independencia, la cultura y la religión de los armenios: “La milenaria marcha del pueblo armenio completó cada página de nuestro calendario con infinidad de recuerdos. Se la llenó de lágrimas de alegría y también por el dolor de la pérdida, por la heroica determinación de luchar. Se la ha colmado de oraciones en muchas noches desesperanzadas y en las prometedoras victorias que llegan con los primeros rayos del sol de cada mañana. Se han llenado total y completamente desde la primera a la última línea sobre la que estamos escribiendo nuestra historia” (Discurso de Sargsián, 2015). Una liberación completada, pese a graves problemas económicos pero con el apoyo de su tradicional aliado ruso, tras la recuperación del control de la región armenia de Nagorno-Karabaj (Artsakh) en 1994 frente a Azerbaiján (de la que formaba parte bajo el régimen comunista), y que aún sigue siendo objeto de enfrentamiento entre ambos países como “conflicto congelado”. Identidad histórica que se representa en sus emblemas nacionales. El Escudo del país recoge, rodeando a la imagen del Ararat (arrebatado por los turcos tras el Tratado de Kars en 1921) en el centro, los emblemas de los cuatro grandes Reinos (o dinastías) de la Historia armenia: bagrátida, artajida, arshakuni y rubénida. Y en su Bandera la franja superior roja representa las tierras altas del país, teñidas de la sangre de la lucha continua por la supervivencia desde la fe cristiana; la azul significa la voluntad del pueblo de Armenia de vivir bajo cielos pacíficos (gracias a los impresionantes monasterios de Haghpat y Snahin, declarados patrimonio de la Humanidad por la UNESCO) y la naranja reivindica el talento creativo y la naturaleza de trabajo duro de los armenios (tierra de grandes ajedrecistas, intelectuales y científicos). El Futuro de una nación euroasiática La elección estaba clara. En 2015 Armenia decidió fortalecer su identidad propia, asumiendo la realidad política y los valores morales del emergente espacio euroasiático, proclamar al mundo el recuerdo amargo de su lucha por la independencia, y promulgar un nuevo sistema jurídico-político que ratificaba los pilares fundamentales de su existencia nacional: Nación, Familia y Fe. Así, y en primer lugar, tras rechazar el Acuerdo de la Asociación Oriental propuesto por la UE (Georgia, Moldavia, Ucrania) en su expansión por el antiguo bloque comunista, el 2 de enero de 2015 Armenia firmó su adhesión a la nueva Unión económica euroasiática (EAEU) promovida por la Rusia de Vladimir Putin, junto a Bielorrusia, Kazajistán y Kirguistán. En segundo lugar, el 24 de abril de este año el país y toda la diáspora celebraron el centenario del citado “genocidio armenio”, el primero de este tipo en la Historia contemporánea (como recordó el Papa Francisco). Un episodio marcado a sangre y fuego en el imaginario colectivo del pueblo armenio que conllevó la práctica desaparición de esta etnia de la que fue parte fundamental de su nación y actualmente es territorio turco (y atestiguado en su momento por el embajador Henry Morgenthau y recogido posteriormente en su obra The Murder of a Nation). Era el trágico regreso al día donde todo comenzó, a ese año de 1915 cuando pocos meses después del comienzo de la “Gran Guerra” (la primera Guerra mundial), el decadente Imperio Otomano lanzó una campaña de limpieza en las zonas orientales de Anatolia de la población no musulmana y no étnicamente turca. Millones de armenios fueron expulsados de sus hogares o eliminados sistemáticamente hasta 1919, desapareciendo prácticamente de las regiones de Van, Mush, Trabizón, Yerzingá, Marash, Aintab, Sepastia, Erzurum o Jarpert. Y en tercer lugar, este mismo año vio la luz una nueva Constitución, bajo la presidencia de Sargsián, que santificaba los fundamentos consustanciales a la propia existencia de la nación armenia a contracorriente del liberalismo social occidental. Como ya recogía el mismo preámbulo, se consagraba esa misión histórica del “pueblo armenio, aceptando como base los principios fundamentales de la condición del Estado de Armenia y las aspiraciones pan-nacionales consagrados en la Declaración sobre la independencia del país, habiendo cumplido el mandato sagrado de sus antepasados que aman la libertad para restaurar el estado soberano, dedicado al fortalecimiento y la prosperidad de la patria, con el objetivo de garantizar la libertad, el bienestar general y la cohesión cívica de las generaciones”. El primer pilar hacía referencia al Ejército como factor crucial en la “Defensa de la República” (art. 13), recogiendo además la obligación de todo ciudadano de “participar en la defensa de la República de Armenia en la manera establecida por la ley” (incluidas las fronteras de la hermana Nagorno-Karabaj ante el hostil mundo túrquico). El segundo pilar apelaba al papel insustituible de la “La Iglesia armenia” (art. 17) en la vida del país, al proclamar que “la República de Armenia reconocerá la misión exclusiva de la Santa Iglesia apostólica armenia como la iglesia nacional en la vida espiritual del pueblo armenio, en el desarrollo de su cultura nacional, y en la preservación de su identidad nacional” (relación regulada por un acuerdo especial). El tercer pilar sostenía la importancia capital, para la supervivencia nacional, de la “Protección de la Familia” (art. 15), siendo el Estado garante de la protección de “la célula natural y fundamental de la sociedad como base de la preservación y crecimiento de la población”, y del reconocimiento del matrimonio natural (34.1) cuando “un hombre y una mujer en edad de casamiento tienen el derecho de contraer matrimonio entre sí y fundar una familia como libre expresión de su voluntad”. Y el cuarto pilar apelaba al Orden público como factor de estabilidad, señalando que todos los derechos garantizados por la nueva Constitución solo podían ser restringidos “por la ley con el objetivo de proteger la seguridad del Estado, el orden público, la salud y la moral, el honor y la reputación de los demás, así como otros derechos y libertades fundamentales” (arts. 39-46). Sergio Fernández Riquelme es profesor de Historia y Política social y director del IPS (Instituto de Política social de la Universidad de Murcia)

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