Arzobispo Omella. Que no lo martirice el nacionalismo

El nacionalismo catalán ha recibido mal el nombramiento de monseñor Omella El nacionalismo catalán ha recibido mal el nombramiento de monseñor Omella

Acaba de saberse que el nuevo arzobispo de Barcelona será Juan José Omella, obispo de Calahorra y de La Calzada-Logroño, que sustituirá al cardenal Lluís Martínez Sistach. El nombramiento, se ha visto también con las primeras reacciones, ha sido mal recibido por los sectores independentistas catalanes.

No conozco a monseñor Omella y de él sé muy poco. Lo que se ha publicado en días previos al anuncio del nombramiento. Que es una persona en la línea del Papa Francisco, preocupado por los pobres y por los refugiados, que es a la vez distante de la posición españolista que podían significar los cardenales Rouco Varela y Cañizares, pero también que defendió el retorno al obispado de Barbastro de los bienes eclesiásticos que estaban en el museo de Lleida. Sé que es de Queretes (en castellano Cretas, pero no Cretes cuando lo quieren escribir en catalán) de la comarca del Matarranya, provincia de Teruel. Con esta población tengo una pequeña vinculación. De allí era mi abuela materna que marchó siendo joven a trabajar a Tortosa y allí se casó con mi abuelo. He visitado la villa varias veces por tal raíz familiar y se da la circunstancia de que tengo programado pronunciar allí una conferencia el próximo 6 de diciembre, no sobre el obispo Omella porque cuando se preparó el programa nada se sabía sobre su nombramiento, sino sobre los maquis en estas comarcas y el exilio español en Francia. Queretes, de otro lado, formó parte de la diócesis de Tortosa hasta los años 50 del siglo XX en que se recortó la diócesis tortosina y varios pueblos del Bajo Aragón pasaron a formar parte de la diócesis de Zaragoza. Monseñor Omella habla catalán, como la gente de su pueblo.

Creo que cualquier católico debe amar a su obispo, ponerse a su disposición, empujar en la línea que él marque. Sea quien sea el obispo. Porque los que pretendemos seguir a Cristo y creemos en la Iglesia no actuamos en función de si nos gusta más o menos el obispo, ni de que sea de nuestra cuerda política, ni de que nos parezca más o menos simpático, ni de que nuestras aficiones coincidan con las suyas. Simplemente, porque es nuestro pastor, porque sabemos que Dios actúa en la historia y se vale de hombres que nos llegan a través del camino fijado por la Iglesia.

Decía al principio que el nacionalismo catalán ha recibido mal el nombramiento. Aunque tengo un criterio político sobre en lo que en este aspecto puede representar el nombramiento me abstendré de darlo. Porque no es la política lo que cuenta en esto.

Solo diré que la Iglesia es CATÓLICA. Es decir, universal. Que no existe la Iglesia catalana, o la Iglesia española. En todo caso, la Iglesia en Cataluña o en España. Por ello brazos abiertos a quien ha sido nombrado por el Papa. Como católico de la archidiócesis de Barcelona, dispuesto a apoyarle. Y si el designado hubiera sido otro, exactamente igual.

Hace un año, con los rumores de nombramiento del sustituto de monseñor Martínez Sistach, ante la presiones para que el sucesor fuera catalán y nacionalista, escribí un artículo titulado “Queremos obispos africanos” (“Volem bisbes africans”, recordando la campaña de “Volem bisbes catalans”) que adjunto a continuación de este. Me ratifico en lo escrito entonces.

Y pido a los católicos catalanes que con todo derecho son nacionalistas, independentistas, que prioricen el ser cristiano por delante de las ideas políticas, y que no martiricen al que va a ser nuevo arzobispo de Barcelona. Lo importante para él es acercar las personas a Cristo, no que sean de una u otra tendencia política.

(Este fue el texto que publiqué hace un año en “La Vanguardia”)

Volem bisbes africans!

A raíz de informaciones de prensa, un grupo de personas discutían acerca del posible sucesor del cardenal Lluís Martínez Sistach al frente de la archidiócesis de Barcelona. Las posiciones adquirían un aire que no me gustó. Unos y otros planteaban nombres en función no tanto de las cualidades personales o de la experiencia pastoral de cada posible candidato, sino de su presunta posición respecto al proceso soberanista catalán. Para unos lo fundamental era que estuviera “engagé” con las propuestas de independencia, mientras para sus contrarios la cualidad básica sería su implicación en la permanencia de Cataluña en España. Algunos de los interlocutores incluso subían el tono en sus intervenciones. Es este un debate clerical en el que no me siento cómodo porque confío en quien nombren desde las instituciones superiores de la Iglesia, lo aceptaré con gusto y estaré a su servicio, pero cansado sentencié “Volem bisbes africans!”. Hubiera podido decir del mismo modo filipinos, canadienses o austríacos. O de los obligados a salir de Oriente Medio por la persecución.

Conozco a varios de los nombres catalanes y españoles que aquellos contertulios barajaban y los valoro muy positivamente, pero sin quitar mérito a nadie intenté poner en evidencia que, al margen de su origen, lo fundamental es que el obispo, en palabras del Papa Francisco, “huela a oveja”, y que sin condicionamientos de ningún tipo pueda ser el obispo de todos los de su diócesis que se sientan católicos. Entiendo que esto, en la coyuntura actual, exige distancia respecto a las posturas políticas enfrentadas sobre el debate Cataluña-España, que si se inmiscuye en el campo religioso y espiritual puede ser perverso. Para la política y, sobre todo, para la Iglesia. Por ello, aunque sea metafóricamente, un obispo llegado desde muy lejos seguramente no tendría prejuicios sobre el tema, ni le podrían atribuir de entrada maquinaciones políticas. Importa que sea persona muy santa y que atienda a las personas por encima de otras consideraciones.

No todos lo entienden así. Alguna visita de autoridades catalanas a Roma tratando de forzar un determinado perfil en el nombramiento creo que han sido estériles. A la vez apunto que el cardenal Martínez Sistach ha adoptado una sabia actitud en estos dos o tres últimos años en que el citado debate político se ha exacerbado, manteniendo una distancia razonable del tema, sin duda muy en la línea del propio Vaticano, tanto del Papa Francisco como de su predecesor Benedito XVI. No es a la Iglesia a quien corresponde decidir o no sobre la independencia, el federalismo o la continuidad del statu quo, sino a los ciudadanos, creyentes y no creyentes. Y, legítimamente, con libertad, entre los cristianos catalanes los hay de unas y otras tendencias.

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