Así no se sirve a la Iglesia

A veces, a disgusto, pero hay que decir las cosas por su nombre, sobre todo en momentos de transición delicados como los actuales de la Iglesia…

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A veces, a disgusto, pero hay que decir las cosas por su nombre, sobre todo en momentos de transición delicados como los actuales de la Iglesia, en la que va a vivir una experiencia realmente nueva. Por fortuna, lo va a hacer con un doble bagaje, el de dos milenios de conocimiento humano y la protección del Espíritu de Dios. Pero estas garantías no excluyen la necesidad de primar las buenas formas y el tratamiento cuidadoso de los temas. Que quienes no crean lo traten desde parámetros seculares y a veces agresivos es perfectamente justificable, pero que lo hagan personas que se exhiben en sus títulos como miembros y además religiosos, con votos de la Iglesia, es totalmente reprochable y hay que decirlo por su nombre.

Es el caso de Juan Masià Clavel, que firma su artículo en El País ‘¿Dimitir como Dios manda?’ como jesuita y profesor de Bioética en la Universidad católica Sophia de Tokio. Estamos por tanto delante de un miembro de nuestra Iglesia que nos presenta sus credenciales. Se declara jesuita, aquellos que como congregación religiosa escogieron añadir a los tres votos el cuarto de fidelidad al papado y además nada menos que profesor de Bioética. Su texto es deleznable. Plantea que a partir de Pablo VI, elegido en 1965, en la década siguiente se produjeron "avances en lo social y frenos en el matrimonio y la familia". El profesor de Bioética jesuita debería decirnos dónde están los frenos del papado y si estos eran positivos o no. a no ser que tenga en mente el tema polémico en su momento de los anticonceptivos. Después, analiza el período de Juan Pablo II y Ratzinger, para decir que se empieza una marcha atrás, para decir o hacer lo contrario de lo que pretendía el Concilio con "nombramientos de obispos neoconservadores, represión a teólogos, censuras a publicaciones y seminarios, documentos negativos sobre la bioética y sexualidad, rechazo de la promoción de la mujer al ministerio eclesiástico, rubricismo litúrgico". Este es el balance que el jesuita Juan Masiá hace del pontificado de Juan Pablo II, y lo remacha: "En 1984 se publicó un informe sobre la Fe del cardenal Ratzinger, manifiestamente restauracionista". Acusa de "involución endogámica" a los votantes, se refiere a los cardenales, nombrados por Benedicto XVI y su predecesor. Y termina con esta digamos ironía de una finura perfectamente descriptible. Dice que hay "creyentes de buena voluntad, con optimismo cristiano", que "invitan a confiar en el Espíritu Santo. Pero ya saben el chiste. Para proteger de excrementos la cúpula de San Pedro han instalado redes eléctricas que espantan palomas. No podrá el Espíritu Santo entrar volando hasta el Conclave".

Bromas aparte, este artículo no solo hace un balance desde una perspectiva católica absolutamente falso de los dos papados, sino que postula afirmaciones que son absolutamente contrarias a la fe, incompatibles con la misma. Niega de una forma rotunda y clara que en la elección del Papa pueda producirse una intervención de Dios, algo que es consustancial a la doctrina, pero que con carácter racional, la racionalidad aparejada a la fe, tampoco debería sorprender tanto si creemos que existe un Dios que actúa en la historia, respetando eso sí los márgenes de libertad humana, como el propio Juan Masià constituye un ejemplo, porque ni la proximidad de su propia congregación religiosa le ha impedido formular paridas que le alejan del seno de la Iglesia.

No puede escribirse así, como en este artículo publicado en El País el pasado jueves, día 13. Primero, por las razones expuestas. Y, segundo, porque escandaliza a los católicos y a los jóvenes. Ya se sabe qué dice el Evangelio de aquéllos que escandalizan. Un jesuita por el hecho de serlo no tiene derecho de pernada, debe sujetarse como los demás mortales, como nosotros los pobres laicos, los últimos de la fila, a la fidelidad de la Iglesia. Y cuando no lo hace porque vive en y de un orden debe ser llamado a él por sus superiores, y si éstos no lo hacen están participando de alguna manera de esta falta de amor al Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

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