Asimilar la razón del dogma (III)

La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, y sin Jesucristo no puede nada (Cfr. Jn 15,5). Es por ello que, si quiere comunicar algo, lo primero…

La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, y sin Jesucristo no puede nada (Cfr. Jn 15,5). Es por ello que, si quiere comunicar algo, lo primero pasa por ser santa (antes, durante y después de comunicar): “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48). A su vez, significa que debe ser fiel a sus raíces, a su mensaje y su tradición, que brotan de la predicación de los apóstoles. Ellos, sin nuestras facilidades tecnológicas, extendieron el cristianismo desde sus raíces por todo el mundo conocido. Es lo que está intentando hacer el Papa Francisco: ir al meollo, y dejarse de las florituras de la vida: “La Iglesia tiene que ser un hospital de campaña”, dice. Y eso es así porque hay mucho herido por el mundo y por el mal testimonio de los propios cristianos, y mucho muerto viviente; hasta nosotros mismos lo somos muchas veces, que sólo reviviremos con nuestra fidelidad al mensaje de salvación. Y el mensaje de salvación florece sólo con oración y meditación.

En consecuencia, debemos orar. Y ¿dónde está la fuente de nuestra oración?: en Jesucristo, Hijo de Dios y Rey del universo. Y ¿dónde está Jesucristo para que podamos intimar con Él?: en el Sagrario, tal y como está resucitado en el cielo. Y ¿dónde tenemos el Sagrario?: en todas las iglesias del mundo. Esto significa que debemos ir corriendo a la iglesia, a nuestra parroquia, a encontrarnos personalmente y hablar con Jesucristo. No hace falta audiencia ni cita, basta acudir con fe y con humildad, y entonces, abiertos a lo trascendente, trascenderemos.

Hay un problema de seguridad ante el mal del mundo, que en demasiadas ocasiones se intenta profanar y se profanan Sagrarios, pero esa cuestión se solucionaría fácilmente si hubiera un alud de creyentes que fuéramos a hacer compañía al Rey del universo, de manera que dispondríamos de iglesias abiertas, y hasta con adoración perpetua las veinticuatro horas del día, como algunas hacen. Pero necesitamos fe. La fe mueve montañas (Cfr. Mt 17,20), y no podremos hacer nada sin ella. Recordemos: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Nuestra actividad debe ser sostenida con una actitud orante, y no desesperarnos al pedir los frutos. ¿Nos aburrimos, porque no vemos a Jesucristo, tan poco abiertos como estamos al misterio? Quizás lo que toque primero sea cambiarnos por dentro, y poco a poco iremos disponiéndonos para captar lo que debemos hacer, para luego tener las fuerzas y el acierto para hacerlo.

[Para este artículo debo reconocimiento a M. Kugler y F. J. Contreras (Eds.) ¿Democracia sin religión? Ed. Stella Maris. Barcelona, 2014. En especial, la ponencia “Entender la crisis de secularización del cristianismo” (M. Prüller). Me ha dado muchas ideas, generado otras y despertado algunas que había pensado u oído.]

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