Atentados de París: condolencia, solidaridad, dignidad

Al exigir respeto a la persona humana, tenemos que rectificar nuestra “forma de vida”

Tras los atentados de París: Condolencia, solidaridad, diginidad
Ante los atentados de París me parece que la primera reacción debe ser de oración por los muertos, pidiendo que Dios los acoja en su seno, y por sus familiares y todo el pueblo principalmente afectado, los franceses.
Acompañar en la oración y el sentimiento es una forma de responder al deber de solidaridad, que implica también sentirse responsable de responder a una amenaza que nos afecta: sería iluso pensar que lo que pasa a otros no puede pasarnos a nosotros; esa “alteridad” es una fantasía; ni han tenido mala suerte -y menos culpa- los que han sido directa y físicamente afectados, ni somos nosotros inmunes: somos parte de la sociedad humana que ha sido atacada en algunos de sus miembros.

Fomentemos el respeto a la dignidad humana
Y llego al punto más importante y difícil: ¿tienen solución estos crímenes? Reparamos en cierta medida si, como he dicho antes, rezamos y nos unimos a las víctimas en solidaridad. Pero ¿qué hacer frente a los asesinos y de cara a su previsible continua intención de atentar? Examinar primero contra qué atentan: ¿Contra “nuestra forma de vida”, como dijo un ministro español? Si así fuera, toda la culpa sería de los asesinos y no habría más actitud que rechazarlos, defendernos, violentamente si hiciera falta. Pero esto solo en parte es cierto.
Es cierto que se ha atentado contra vidas humanas, es cierto que los asesinos decían vengarse por la participación francesa en la lucha contra el Estado islámico en Siria. Ahí hay puntos discutibles, pero opinar si se debe o no intervenir militarmente en Siria no influirá en que, por europeos, seamos todos blancos apetecibles para estos criminales.
Lo más objetivable, me parece, es que estos asesinos, que matando indiscriminadamente creen favorecer una causa política y pseudorreligiosa, atentan contra la dignidad humana que desprecian al matar a esas personas. Mi conclusión es que debemos reaccionar viviendo y exigiendo respeto a la dignidad humana.
No cabe tolerancia frente a quienes atentan contra la vida
“Nuestra forma de vida” no puede consistir en tolerar cualquier doctrina, incluso aquellas que desprecian la vida humana y la dignidad de la persona. Hay que distinguir, y hay que educar en el respeto: distinguir entre un islam supuestamente moderado y un islam fanático. Distinguir entre un Mahoma moderado, que predicaba la adoración de un único Dios en una ciudad politeísta como La Meca, y el mismo Mahoma, que, expulsado, volvió para conquistar con la fuerza de las armas esa misma ciudad que le había rechazado. Si admitimos que se pueda predicar que Mahoma es el único profeta válido y, por tanto, si admitimos que el Corán es verdad inmutable, caemos en la contradicción de afirmar que la religión no se puede imponer por la fuerza de las armas y que a la vez, es legítimo matar a quienes la rechazan.
Este es el quid, o le ponemos el cascabel al gato o estamos condenados a sufrir la violencia islamista sin poder prevenirla: estamos desarmados si no creemos que la dignidad humana es algo que se puede exigir.

Fotografía publicada por Bagkokpost.com

Víctimas de los atentados de la noche del 13 de noviembre de 2015 en París.


Tampoco nosotros respetamos la dignidad humana
No podemos exigir a otros lo que no vivimos nosotros mismos. Si pensamos que se puede matar a una persona no nacida solo porque resulta molesta, ¿qué lecciones de respeto a la dignidad humana vamos a dar a quienes piensan que es legítimo matar en el supuesto nombre de Alá? Nuestra sociedad vive y tolera mil formas de discriminación. Si bien el aborto es la más sangrienta de ellas, otras no dejan de ser llamativas: millones de personas arrinconadas por ser ancianos, parados, pobres, la exaltación continua del éxito material, del imponerse sobre los demás, presentando como ideal el meter un gol en un partido de fútbol -dramática elección del momento en que los criminales cometieron su atentado-, la búsqueda del placer a toda costa o la diversión a costa de burlarse de los demás; una burla que es peor que el odio en la génesis de la guerra.
El que los asesinos hayan elegido esas contradicciones para sus atentados no significa, lógicamente, que las personas que participan de esos eventos tengan culpa alguna, pero sí nos invita a preguntarnos: ¿Qué está en la base de nuestra sociedad? ¿Cuáles son esos valores de los que habla Merkel y que supuestamente defendemos? ¿Qué es esa “forma de vida” contra la que supuestamente atentan?
Si nuestros valores y nuestra forma de vida son el placer, el imponerse a los demás… ¿Cómo nos extrañamos de que quieran imponernos sus “valores” y su supuesta religión? Si por el contrario, creemos en la persona humana, su dignidad y la solidaridad, habrá que empezar a luchar también contra las contradicciones que fomentamos… y por supuesto contra las que trae el islam. Para una y otra cosa, y de aquí que escriba sobre ello en este blog, no encuentro mejor ejemplo que el de los mártires, que imitaron a Cristo en dar la vida por los demás, renunciando incluso a su propia vida con tal de no actuar contra la dignidad humana.
Si esto es cierto, como creo, no hay intolerancia ninguna en reconocer las raíces cristianas de Europa -esas que tanto se empeñó en negar Giscard d’Estaign y en general la Unión Europea en su doctrina actual-, porque al levantar un crucifijo no estamos imponiendo una religión a golpe de tiros y bombas -como sí hacen los islamistas fanáticos, solo que eso no es una religión porque es una burla destruir la vida en nombre de Dios-, sino que estamos exaltando el mejor ejemplo de amor a los demás, de solidaridad, de respeto a la dignidad humana. De modo que, sí, bienvenidos sean los esfuerzos incluso de los socialistas por defender la vida de todos, pero deberían darse cuenta de que con su desprecio al cristianismo combaten esos valores que un día hicieron grandes a nuestras naciones, porque estaban formadas por personas que creían en la dignidad humana, porque lo aprendieron de un Dios hecho hombre.

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