Atrapados en el hogar

Quizás usted sea uno de estos seres que viven atrapados en su propio hogar. No con esas grandes y pesadas cadenas fáciles de identificar…

Quizás usted sea uno de estos seres que viven atrapados en su propio hogar. No con esas grandes y pesadas cadenas fáciles de identificar, sino con la sinuosa soga del chantaje emocional y del “qué dirán”. Esta atadura es especialmente opresora cuando es ejecutada por amigos y familiares, hasta el punto, en algunos casos, de causar la asfixia espiritual de las personas más allegadas.

Puede que usted haya recibido el sacramento del matrimonio, o que viva en pareja desde hace un buen número de años. Puede, también, que su relación se iniciara con un noviazgo de mutua fascinación. Y puede, incluso, que de esa etapa de encanto mutuo hayan surgido planes maravillosos, algunos de los cuales se han visto cumplidos. Puede que todo ello le haya llevado a dejar a Dios en un segundo, tercer o último plano y que, como ocurre con frecuencia cuando la dicha terrena nos inunda, el escepticismo religioso, sigiloso y callado, haya despuntado en su vida vestido con sus mejores galas, vestido de ateísmo. Puede, finalmente, que Dios, en su infinita misericordia, le haya concedido de nuevo que, en medio del desierto en el que usted habita, vuelva a sentir necesidad de la búsqueda de la verdadera Fuente de Agua Viva.

No es extraña esta experiencia de alejamiento de Dios, y menos en estos tiempos en el que muchas personas se dejan arrastrar, no sin angustias y tribulaciones, por el ímpetu de las olas del laicismo exacerbado que anega nuestra sociedad. La gran mayoría de estos damnificados ni siquiera se plantean que “otra vida es posible” fuera de la esclavitud a la que se ven sometidos e insisten en contemporizar con lo que, de ninguna de las maneras, se puede negociar: la adhesión a la verdad. De no poner fin a este particular “síndrome de Estocolmo”, de proseguir la tibieza y la sequedad en las almas de todos ellos, pronto se considerarán los seres más mezquinos que jamás hayan pisado la Tierra; pues, condescender con tu pareja para rechazar los asuntos de Dios es la mayor de las traiciones que un hombre puede hacerse a uno mismo.

En este proceso, vemos que, con frecuencia, la parte de la pareja que experimenta la gracia de Dios mediante la percepción de Su llamada no puede reaccionar, es presa de los miedos que genera un escenario de inseguridad y teme la reacción de sus seres más queridos, ante lo cual responde al Señor que llama con los mismos versos de Lope de Vega: «“Mañana le abriremos”, para lo mismo responder mañana». No se cae en la cuenta que todo aquel que vive momentos difíciles con Dios y no le traiciona contribuye a afianzar con solidez su matrimonio. Pero no; el Maligno, que no descansa, dispone en la imaginación de estas víctimas escenarios pavorosos que lastran mortalmente el camino de su conversión. Piénsese, si no, en una de estas personas que llegara a casa, una tarde cualquiera, con un ramillete de estampas de la Virgen; o, simplemente, que manifestara su serio propósito de ir un domingo a misa, después de no haberlo hecho, probablemente, desde el mismo día de su boda. ¡Qué cara no pondría su esposo o esposa! El periodista y escritor italiano Vittorio Messori cuenta cómo la primera vez que manifestó en familia su deseo de ir a misa, antes de su conversión, la primera medida que tomó su madre fue la de enviarle a la consulta de un buen médico, creyendo que padecía una grave depresión nerviosa. “¡Qué reacción no se podría esperar de una persona que ni siquiera es de la misma sangre!”, se preguntarían cada una de estas almas en vilo por el drama silencioso que están sufriendo.

Gran error el que se comete al no aprovechar el inmenso tesoro de la “gracia actual” que Dios dispone en cada persona para iluminar la mente, reconocer pasados desvaríos y fortalecer las voluntades con el fin de encaminarlas hacia el perfecto arrepentimiento.

Pongamos, pues, nuestra atención en los dones de Dios; pensemos que nunca seremos libres si no nos desprendemos de los temores mundanos, tengamos únicamente el santo temor de Dios. Ser libre es no tener miedo, porque estamos junto a Aquél que nos ama incondicionalmente y que desea siempre nuestra felicidad.

Recordemos que el Padre de la Mentira no sólo juega con nuestra imaginación, sino que intenta que nos veamos inmersos en lo que se conoce como el “mecanismo de defensa de la racionalización”, en el cual, inconscientemente, se busca cualquier motivación, por absurda que ésta sea, para acallar la voz que rebosa en nuestro interior. Este malabarismo mental es un baluarte difícil de desarmar, porque se trata de un mecanismo inconsciente. En dicha estrategia se suele recurrir a las más peregrinas argumentaciones: “existen muchas religiones a las que me puedo apuntar, no tiene por qué ser la católica”, “es una obsesión que se me pasará pronto, cuando me tome unas vacaciones”, o hasta puede que se eche la culpa a que “le dedico mucho tiempo a pensar”; el caso es que el que cae en esta tela de araña cree, a pies juntillas, que la burbuja de la mentira sobre la que está construida su vida nunca estallará.

Dar la espalda a una conciencia formada a la luz de la Iglesia Católica es traicionarse a uno mismo, es ponerse un antifaz que después difícilmente se puede uno quitar, a sabiendas que de hacerlo, uno acabará por hacerse las mismas intrincadas cuestiones que el personaje del cuento del escritor converso italiano Giovanni Papini “El hombre que se perdió a sí mismo”: “¿dónde estoy?, ¿quién soy?, ¿cuál es mi cuerpo entre todos estos cuerpos iguales?, ¿no seré capaz de encontrarme?”.

Dios quiere que te encuentres, encontrándole a Él; difícilmente puedes llegar solo a la plenitud, pues todo hombre está lleno de contradicciones: “hago lo que no quiero y lo que quisiera hacer no puedo”. Él desea también la unidad y el amor dentro de cada matrimonio, pero siempre en el camino de la unión con Él. Habrá ocasiones en las que la fidelidad a Dios implique en nosotros comportamientos y actitudes que puedan causar dolor a nuestro cónyuge; pero, en realidad, no le haremos daño, pues por esas grietas del dolor nacerá, a buen seguro, el vínculo y el amor sobrenatural para la otra persona. Con la fuerza de Cristo ese amor se hará aún más fuerte.

La Virgen nos enseña cómo en el Misterio de la Encarnación se abandonó plenamente en las manos de Dios, a pesar del sufrimiento y la turbación que momentáneamente causó a su esposo San José. Abandonarse a la Providencia divina, confiando en que Dios sale siempre en nuestra ayuda, es la mejor forma de no quedar atrapados por las limitadas percepciones de nuestro entendimiento. “El gozo se teje con el hilo del sufrimiento” (P. De Lubac), y esto es válido para la vida conyugal de cualquiera; porque, al fin y al cabo, todos somos pecadores en vías de conversión e “importa bien poco que estemos atrapados con una cuerda gruesa o con un hilo de seda. El resultado final será el mismo: ¡no podremos volar!” (San Juan de la Cruz). La libertad crece y se perfecciona sólo cuando el hombre se abre a Dios.

Doblemos nuestras rodillas ante su Majestad y perseveremos en la oración; quizás, antes que lo espere, su cónyuge estará también rezando junto a usted.

¿Te ha gustado esta noticia?

Ayúdanos a pagar el precio de la libertad

Hazte socio

También te puede gustar

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>