Automatización masiva y cristianismo (y II)

Pero es solo una parte de la cuestión, ni siquiera la más importante. La otra es como sería una sociedad donde existiría una oligarquía del capital, el vértice de la renta y propiedad, una aristocracia del trabajo estratificada, del vizconde al pequeño señor, todos con trabajos de distintas calificaciones e ingresos, desde el directivo bancario al cuidador de dependientes, y después una masa de la que ignoramos su dimensión, pero que como mínimo comportaría un quinto de la población sin trabajo ni expectativas, y unos ingresos mínimos asegurados, dependientes no de su esfuerzo, sino del estado.

Una población que ya en buena medida vive alienada por distintas adicciones y dependencias, de la TV y el ocio en internet, juegos, pornografía, conversaciones vacías e incesantes; de las drogas de todo tipo cada vez más extendidas; del hooliganismo deportivo, especialmente en el fútbol, del ocio alienante, de baja significación cultural. Sin obligación de levantarse temprano por la mañana para ir a trabajar ¿qué haría cada persona? Una buena aproximación al problema la aporta la desmotivación de algunos jubilados -para otros por el contrario se trata de una época dorada- que encuentran la vida vacía de significado.

Acudir a la figura de la plebe romana, capaz de influir para obtener prebendas, a través de sus tribunos, pero no decidir nada, es una tentación porque ofrece posibilidades para explorar paralelismos, más en una sociedad democrática, donde los “rentistas públicos” representarían una buena parte del electorado. Esto unido a la capacidad de formatear las mentes de los actuales medios de comunicación, daría lugar a una dinámica en la que el “pan y circo” romano quedaría como una bienintencionada feria benéfica.

La respuesta bienintencionada a este reto histórico consiste en transformar la población sin trabajo y sin motivo actual, en propietarios y señores atenienses dedicados a perfeccionar su sabiduría, su sentido artístico, y practicar el deporte- además de guerrear de vez en cuando. En esta visión, el autómata sería nuestro esclavo. El problema es que las coordenadas de nuestra época poco tienen que  ver con aquella cohesionada comunidad, cultural y moralmente homogénea, y porque él no trabajar no sería un estatus, sino una muestra de las limitaciones para aspirar a nada mejor.

Solo en el cristianismo como fe y como concepción cultural compartida, podemos encontrar respuesta.

Educar en el sentido de la vida: el amor al otro, las virtudes, la sociedad del aprendizaje, posiblemente el trabajo compartido.

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