¡Ay los hijos! Elogio de las familias numerosas

El anuncio de que la presidenta de Andalucía vaya a ser madre con más de cuarenta años ha abierto un debate que constituye una bu…

El anuncio de que la presidenta de Andalucía vaya a ser madre con más de cuarenta años ha abierto un debate que constituye una buena ocasión para reflexionar sobre la maternidad y la descendencia. Creo, de entrada, que es bueno que se sea madre a una edad avanzada, aunque sea la primera vez. Pero esta afirmación positiva no debe hacer olvidar las implicaciones. La maternidad a edad avanzada supone un mayor riesgo de que el feto presente algunas disfunciones. También, ella tendrá mayores dificultades en seguir la evolución del hijo, que alcanzará su edad de emancipación con una madre casi abuela. Pero creo que esa no es la cuestión. Yo mismo soy un padre tardío y mis hijos han sido un estímulo y no un problema.

La cuestión que realmente quiero apuntar es social, colectiva. Tener un hijo a los 40 años o más significa que no habrá un segundo; de hecho, la edad media actual de la maternidad, en torno a los 31 años, ya significa una seria dificultad para alcanzar el segundo, y no digamos ya el tercero. Es mejor uno que ninguno, cierto, pero lo que realmente necesita el país son madres, matrimonios, con dos, tres y sobre todo más hijos.

El Papa Francisco, en su reciente viaje a Filipinas, también se ha referido a este tema en unos términos que según y cómo se interpreten pueden representar una subvaloración, digámoslo así, de la función social de las familias numerosas. En América Latina, que aun presentan tasas de fertilidad en o por encima de la tasa de reemplazo, aunque algunos ya presentan dificultades como Cuba, con un nivel de extinción, y también por debajo los 2,2 hijos por mujer, Brasil, Chile y Uruguay. No es el caso de Argentina, la patria del Papa, que se sitúa ligeramente por encima de esa tasa, con 2,29 hijos por mujer en edad fértil. El Papa se ha referido a la paternidad responsable y la cifra de tres hijos, como media técnica para mantener la población.

Pero, para el contexto europeo -que no el latinoamericano-, ese valor medio significa necesariamente la existencia de familias con muchos más hijos, porque una parte importante de las mujeres tienen uno o ninguno. La tasa de fertilidad entre las agnósticas y ateas en España es inferior a la unidad. No soy capaz de proyectar su comportamiento para el conjunto de Europa, pero sí se puede afirmar que la cuestión religiosa está relacionada con el número de hijos, como también influyen otros factores, el paro en la familia, el retraso en la edad de emancipación o la tardía edad del primer hijo. Si los católicos aflojan en natalidad, y ya lo están haciendo- véase Polonia e Italia-, el hundimiento demográfico se acelerará, y con él la crisis económica y de bienestar. Europa necesita desesperadamente, así, sin matices, de las familias numerosas, porque una situación de este tipo no se resuelve relativizando su necesidad sino todo lo contrario. Para llegar a 2,2 de promedio necesitamos familias con cinco, o seis, o esto no tiene arreglo.

Si no tiene arreglo significa perder productividad y creatividad, capacidad de inversión, endeudamiento productivo, exceso de ahorro timorato, mayores riesgos de deflación (brillante polémica y rompedora la tesis de Cesar Molinas “Impuestos contra deflación”, en El País del 19 de enero). Por no hablar de lo más conocido, las pensiones. Y al mismo tiempo incremento notable del gasto sanitario y en dependencia. Este es un círculo vicioso que no se puede cuadrar, y sí romper con un impulso a la natalidad que significa al mismo tiempo otra política económica, otra visión de la función de la familia, y el apremio para dotar de estabilidad al matrimonio, el reconocimiento de la maternidad como una institución insubstituible socialmente valiosa.

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