Barbastro: tierra de mártires

Desde los albores de la fratricida guerra civil española, concretamente en agosto de 1936, ya se atisbaron una serie de asesinatos, por no llam…

Desde los albores de la fratricida guerra civil española, concretamente en agosto de 1936, ya se atisbaron una serie de asesinatos, por no llamarlos genocidios, cuyas víctimas nada tenían que ver con motivos ideológicos, políticos y mucho menos militares. La sesgada democracia y la ficticia libertad que alimentaban la II República trataron con suma crueldad a quienes, por convicción propia y certera vocación, se movían por la senda del espíritu de servicio y del trato de igualdad para todas las personas sin distinción de raza, condición u opinión. A pesar de ello, y desde el preludio de la contienda, con ansia desatada y sin tiempo que perder, unos milicianos anarquistas de la CNT en la ciudad oscense de Barbastro exterminaron a 51 miembros de la comunidad claretiana que albergaba aquella localidad de unos 8.000 habitantes, entre sacerdotes y seminaristas, incluido el obispo de aquella diócesis a quien,previamente a su muerte, vilmente torturaron.

A prioriestos son los hechos que el director de cine Pablo Moreno relata en su recién estrenada película titulada Un Dios Prohibido, en la que narra cómo el odio y el rencor son capaces de cegar las conciencias humanas en favor de la barbarie más inhumana. Sin duda los fusilamientos de aquellos claretianos serían de los primeros que derramarían la sangre del verano del 36, pues el 20 de julio ya fueron apresados. El único delito que habían cometido era creer en Dios y en el Evangelio de Jesucristo; sus armas el santo rosario y el crucifijo; su uniforme el hábito talar o sotana negra; y su consigna amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.
Se trata de una película basada en hechos reales, en unos escritos que los propios claretianos escribieron encerrados en el salón del Colegio de los Escolapios antes de morir, a modo de testamento, en donde reflejan el perdón y la caridad hacia sus verdugosya que, y a pesar de ser sus ejecutores, sin saberlo también aquellos eran sus hermanos, aunque cruelmente embravecidos y desaforados. No hubo juicio, ni defensa, ni argumentación posible, ni una sola objeción; su cadalso la vera de un camino, porque eran de antemano reos de muerte simplemente por creer en Cristo. Asimismo, igualmente que El en la Pasión, también sufrieron ensañamiento y vejaciones, actos propios más de unos carniceros que de unos combatientes. Sin embargo, siendo una película dramática no juzga, no pretende apostolar, tampoco se pone de ninguna parte, sino más bien insiste en exhibir un capítulo luctuoso de la historia que describe cómo la libertad a veces se monopoliza y se tiñe de un extraño color.
Lo cierto es que en pocos años se han realizado dos películas con el trasfondo de la guerra civil española y el clero como protagonista,la del director Roland Joffé –Encontrarás Dragones– y esta última de Pablo Moreno –Un Dios Prohibido. A decir verdad en el trascurso de la guerra civil muchas personas murieron por su fe, por no renegar de Cristo. Hoy en día también en muchos países se sigue muriendo por no rendirse a la apostasía, y en otros más “civilizados, prósperos y avanzados” los ultrajes, las afrentas y los insultos son padecidos sobre quienes, paradójicamente, ofrecen como respuesta misericordemente la otra mejilla. Es lo que se denomina cristofobia, una rabia incontenida hacia lo sagrado, hacia Dios, y hacia los sacerdotes como hombres consagrados al culto divino, en fin, el eje que jalonó una guerra civil despiadada entre miembros de un mismo pueblo.
Con todo, estos claretianos en ningún momento mostrarontristeza ni desazón, bien al contrario incluso fueron cantando en los camiones que les trasladaban al lúgubre patíbulo, pues tenían la seguridad y la esperanza de que en breves instantes se reunirían con el Padre en la patria celestial. Aquellos mártires de Barbastro fueron beatificados por Juan Pablo II el 25 de octubre de 1992.
Ojalá que las Constituciones democráticas, la Declaración de los Derechos Humanos, los tratados y cuantosacuerdos internacionales se firmen, no sean papel mojado y sirvan para acrisolar la dignidad humana y fomenten consecuentemente los derechos y libertades que por derecho propio son inherentes e inviolables al género humano.
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