Barcelona como no ejemplo

Para ser más precisos, deberíamos hablar del Ayuntamiento de Barcelona como no ejemplo, concretamente por su iniciativa de aplicar el Área Verde, ahor…

Forum Libertas

Para ser más precisos, deberíamos hablar del Ayuntamiento de Barcelona como no ejemplo, concretamente por su iniciativa de aplicar el Área Verde, ahora en la parte central de la ciudad y en octubre en prácticamente toda su extensión. El Área Verde consiste en que todas las plazas de aparcamiento en la calle tienen un precio, mas económico para los residentes, 1 euro a la semana, e inalcanzable para los no residentes, puesto que se sitúa en los 2,75 euros a la hora, con limitación del tiempo de estacionamiento, es decir, en condiciones semejantes a una zona azul. Se consideran no residentes todas aquellas personas que no están domiciliadas en la zona y, por tanto, también quienes trabajan en ella, incluidos los comerciantes.

 

No deja de ser una paradoja que, existiendo una tasa para uso y disfrute de la vía pública (admírese la ironía del concepto), se cree esta nueva tasa de carácter universal. La razón del Ayuntamiento para aplicarla es la de disminuir el uso del coche en la ciudad. Previamente no se ha adoptado ningún tipo de medida para mejorar el transporte público o construir aparcamientos periféricos que puedan paliar el impacto, muy grave en determinados casos, que van a sufrir las personas.

 

La oposición municipal se ha alzado contra esta medida confiando que signifique un gran desgaste para Joan Clos, el alcalde de la ciudad, pero está por ver que esta previsión se cumpla. El Gobierno tripartito de la capital catalana no es tonto y no se habría empeñado en una medida de este tipo si previamente no hubiera estudiado los flujos de residentes y visitantes. En esquema, y pasado el impacto inicial, es posible que los vecinos de muchas de las zonas obtengan ventajas a cambio del euro semanal, como la de aparcar mas fácilmente en la zona de su domicilio o que disminuya la afluencia de coches. Esto, sin embargo, no se garantiza en todos los lugares. Así, en las zonas del casco antiguo, existen residentes que no van a tener ninguna posibilidad de acceder a una plaza. Obviamente la medida castiga sobre todo a los que acceden a sus lugares de trabajo desde fuera de Barcelona, principalmente para aquellos que viven a mayor distancia y que poseen horarios de trabajo que les facilitaba la posibilidad de encontrar un espacio libre en la saturada ciudad. Naturalmente también afecta a los vecinos de Barcelona que acuden al trabajo desde otros barrios, pero en este segundo caso el Ayuntamiento debe pensar que con la red actual de transportes basta y sobra, a pesar de sus deficiencias.

 

El calculo electoral y el posible error en que puede incurrir la oposición es evidente. Se juega a que una mayoría de vecinos de Barcelona vean que mejoran las condiciones de aparcamiento y se reduce el tráfico mientras que los perjudicados son un grupo importante pero minoritario y, sobre todo, los que viven fuera de ella. Naturalmente este escenario es demasiado simple pero es, sin duda, el que maneja el alcalde Clos. Por ejemplo, la distribución por votantes no será simétrica y, por consiguiente, los efectos electorales son más complejos que un simple balance entre residentes y no residentes. En este sentido, no es un dato menor que el Ayuntamiento exonere de la carga a zonas donde el voto socialista suele superar el 60 por ciento.

 

Cálculos electorales al margen, es evidente que la medida resulta inmadura y perjudicial de manera grave para muchísimas personas, con independencia de dónde vivan. Clos se ha inventado una nueva formulación de la aduana: Ahora no es una línea de separación, sino un espacio a ocupar.

 

Un efecto importante singularmente olvidado es el del impacto sobre la base económica de la ciudad que, con el transcurso de las décadas, ha perdido fuelle y tiene, en el comercio, el turismo y otros servicios de bajo valor añadido, una de sus componentes básicas. La radical medida puede limitar todavía más el mediocre crecimiento económico que experimenta la ciudad desde hace años. Es una irresponsabilidad no haber estudiado y hecho públicos datos en este sentido.

 

En el fondo, lo que demuestran éstas y otras soluciones es que, después de tantos años, la ciudad no ha aprendido a vivir con el fenómeno del coche y siempre lo ha visto como un factor negativo e invasor, lo cual no deja de ser una contradicción con el funcionamiento global de la sociedad y su economía. En vez de boxear contra el coche, lo inteligente sería aprender a trabajar con él, utilizar su lógica para construir modelos de respuesta más adaptados a la realidad, sustituir la linealidad del boxeo por el aprovechamiento del impulso del otro, propio del judo y el haikido.

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