Benedicto XVI en nuestras tierras: Dios, cúspide de la libertad

Frente a la Europa del siglo XIX, y aun de hoy, que veía a Dios como antagonista del hombre, de su libertad, el Papa nos invita a comprender qu…

Frente a la Europa del siglo XIX, y aun de hoy, que veía a Dios como antagonista del hombre, de su libertad, el Papa nos invita a comprender que sólo nadando en el mar infinito del amor de Dios el hombre, como pez tornado al agua, encuentra su libertad, su felicidad, su paz.

“¿Cómo el hombre mortal”, nos dice, “se va a fundar a sí mismo?” Si nuestra libertad se basa en uno mismo o en otros hombres, está claro que se basaría en algo endeble, que un día u otro perece. Y sólo la roca del ser eterno y lleno de amor da raíces estables al árbol de nuestra auténtica libertad.

El que se enamora no piensa que pierda su libertad, sino más bien que la gana elevándose a un nivel más elevado, el de un gran amor (por el que cualquier sacrificio le parece pequeño). Esto que sucede con el amor humano sucede más aún con el enamoramiento de Dios, que abre al hombre horizontes infinitos en que su ser es realmente libre, liberado de ataduras no ya físicas sino morales y espirituales.

Mas, ¿cómo el hombre frágil, débil y miserable puede establecer una relación de amor con el Ser Purísimo y Perfectísimo, con Dios? “La verdad os hará libres”, nos dice el Evangelio: El que contempla la verdad de sí mismo, con sus fallos y su desamor para con otros hombres, que es, en definitiva, desamor para con Dios; pero que a la vez y guiado por la misma verdad contempla el amor insondable de Dios, que se adelanta a perdonarnos y a olvidar nuestros fallos e incluso nuestros crímenes, que “no quiere estar eternamente enojado”, puede hallar en Dios la Verdad con mayúsculas, la paz y la verdadera felicidad y libertad, y renacer en el amor.

Dios no quiere defraudar a sus criaturas que lo buscan con sinceridad de corazón: “¿Cómo hubiera creado las cosas si no las amara?” – nos interroga Benedicto XVI – Y el hombre es el único ser en esta tierra que Dios ama por sí mismo – continúa el Papa.

La mayor miseria humana es como paja en un brasero infinito si el hombre, en la verdad, reconoce sus fallos, sus pecados y se vuelve al Dios de toda misericordia. Por si esto no bastara, Dios mismo nos da una imagen viva de su misericordia en la Virgen María, liberadora de los cautivos de las cadenas de las pasiones oscuras y “causa de nuestra libertad” y “causa de nuestra alegría”.

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