Caballeros sin espada

En la película Caballero sin espada, de Frank Capra, James Stewart hace uso del obstruccionismo parlamentario para denunciar la corrupci&oacute…

En la película Caballero sin espada, de Frank Capra, James Stewart hace uso del obstruccionismo parlamentario para denunciar la corrupción existente mediante una maratoniana intervención en el senado en la que se niega a ceder el uso de la palabra amparado en subterfugios legales. ¿Qué aficionado al cine no recuerda las escenas en donde el senador Jim Taylor (James Stewart) se enfrenta en la Cámara Alta americana a la estrategia corrupta de un experimentado senador que desea construir una presa al precio que sea con tal de llenarse bien los bolsillos? Loable, ¿verdad?, la lucha tenaz que el protagonista mantiene en su reivindicación del idealismo y la inocencia. Pero no siempre ocurre un desenlace como en los relatos de ficción, aunque hay que reconocer, no obstante, que en algunas ocasiones este esfuerzo titánico alimentado sólo con las propias fuerzas humanas llega a buen puerto.

¿Cuántas embestidas más habría podido afrontar este caballero desarmado americano hasta caer rendido a los pies del Mal? Probablemente pocas más. Es difícil conservar el ánimo intacto para sostener las mil y una batallas que inevitablemente han de llegar en el transcurso de una vida. En esta carrera de obstáculos cada actuación buena se hace cada vez más costosa, siendo más complicado acometer la valla siguiente que nos espera. Y en el caso improbable de que volvamos a salir con éxito del empeño, será a expensas de engrandecer un activismo vanidoso. Así pues, lo normal es que –tal y como dice C. S. Lewis en Mero cristianismo”- sin entregar todo nuestro yo a Cristo, el propósito de dar una pronta y adecuada respuesta al querer de Dios resultará prácticamente imposible. Cristo dice “Dádmelo todo”. Yo no quiero tanto de vuestro tiempo o tanto de vuestro dinero o tanto de vuestro trabajo: os quiero a vosotros. Pero, sin embargo, todos estamos intentando que nuestra mente y nuestro corazón sigan el camino de las pasiones y al mismo tiempo comportarnos honestamente y esto es, precisamente, lo que Cristo nos advirtió que no podíamos hacer. Cuando Cristo nos dijo “sed perfectos” quería decir que debemos someternos a un proceso de transformación completo, es decir, convertirnos en otros Cristos.

Un paso decisivo en este proceso de radical transformación se produce cuando recibimos el sacramento de la Confirmación que nos despeja el camino para disfrutar de los dones del Espíritu Santo, imprimiendo en nuestras almas el carácter de “soldados de Jesucristo”. El bautismo nos lava y limpia, pero después de éste necesitamos ser fortalecidos para la batalla de la vida. La Confirmación confiere este aumento de gracia para la lucha en la ascesis cristiana.

La Iglesia, desde tiempo inmemorial, ha empleado la analogía militar para indicar que el cristiano confirmado guarda una lealtad absoluta hacia su Rey, y que está dispuesto a cualquier tipo de sufrimiento en el servicio de Cristo y a combatir el Mal dondequiera que se encuentre. No es extraño, por tanto, que el rito de la Confirmación contemplado en el Catecismo Mayor de S. Pio X concluyera con un pequeño golpe en la mejilla –la famosa “bofetada”– al confirmado que hacía reminiscencia a la ceremonia medieval de armar caballeros. En la misma, el confirmado entendía que estaba dispuesto a partir desde ese mismo instante a sufrir las afrentas y trabajos que fueran necesarios por la fe en Jesucristo, a “darlo todo por Él”.

Sabemos que la guerra que vamos a librar como “soldados de Cristo” va mucho más allá de lo material, no se trata de establecer una reserva natural en unos terrenos en los que los que unos especuladores quieren construir una gran presa o de liberarse de una injusta opresión fiscal; lo que está en juego no es la vida o la muerte física, sino algo más importante: la vida y la muerte espiritual de las almas. En definitiva, se trata de devolver a Dios el terreno conquistado por el Enemigo, para lo cual no nos queda más que luchar con ardor contra el pecado y amar sin límites al pecador.

Los confirmados en el Espíritu, al igual que en la película de Capra, tampoco blanden arma alguna, son también caballeros sin espada, pero no lo hacen porque confíen ciegamente en las limitadas posibilidades de la indigencia humana para obrar el bien de una manera habitual, sino porque cuentan con el auxilio imprescindible de la gracia. La milicia de Cristo no está compuesta por esos caballeros anclados en utópicos idealismos al modo de como los entendía Jorge Luis Borges cuando le preguntaban cómo era posible que una persona tan genial como él podía mantener posturas que iban en contra del curso de la historia y que resultaban ser tan impopulares. Oiga, les respondía, ¿no saben ustedes que los caballeros sólo defendemos causas perdidas?

No, lo nuestro no es una causa perdida; al contrario, es una causa definitivamente ganada por el Amor de Cristo que reina en nuestros corazones por la acción del Espíritu Santo; lo nuestro es una guerra ya decidida. Quizás nos cueste perder algunas batallas, pero estamos seguros que la victoria final está de nuestra parte, porque Él así nos lo ha dicho. Venceremos al mal a fuerza de hacer el bien. Un bien que se derrama en la celebración del Sacramento mediante la unción del Santo Crisma y en donde el bálsamo, materia olorosa que se incorpora con el aceite, significa que el confirmado es apto para difundir en torno a él “el buen olor de Cristo” con sus virtudes cristianas.

Tenemos que aceptar con alegría las obligaciones que implican ser constituidos soldados Suyos. Para ello, como dice el Papa Francisco, debemos abrir nuestros corazones al Espíritu Santo sabiendo que la fe viene si tú estás en la Iglesia, si tú te dejas ayudar por los sacramentos. Entonces, llegará la verdadera alegría al sabernos portadores del arma más poderosa que el mundo haya visto o conocido: El amor de Dios.

Todos, especialmente los jóvenes y adolescentes, tenemos la oportunidad de alistarnos en la milicia de Nuestro Señor al recibir el Sacramento de la Confirmación. Lamentablemente muchos, por los motivos que sean, prefieren formar parte de otro ejército, con alta probabilidad cometerán –como Borges reconoce en su poema “El remordimiento”*– el peor de sus pecados y “entretejerán el resto de su vidas naderías”. Quizás algún día entiendan que el camino de las Bienaventuranzas es imposible ascenderlo con las meras fuerzas humanas.

Los personajes de Capra están animados por la confianza que el propio director tenía en que Cristo es la fuerza sustentadora más poderosa de la vida de cualquiera. La grandeza de sus películas reside en que no ofrece soluciones mundanas a los problemas planteados a sus protagonistas, sino soluciones basadas en su inconmovible fe religiosa: “Mis filmes deben permitir que todo hombre, mujer o niño sepa que Dios le quiere y que la paz y la salvación se convertirán en una realidad solamente cuando todos aprendan a amarse los unos a los otros (…). Puede parecer tonto, pero la idea subyacente en todas mis películas es en realidad el Sermón de la Montaña” (Frank Capra).

Jim Taylor podría repetir una vez y otra su hazaña, para ello sólo sería necesario mantener encendida la luz del proyector mientras se suceden los fotogramas. Nosotros somos personas de carne hueso y necesitamos una Luz de Vida que solo está en Dios. Es la Iglesia la que nos la ofrece a través del sacramento de la Confirmación para intensificar la vida espiritual de la gracia santificante que ya latía en nuestra alma. No es que el amor de Dios crezca en nosotros, lo que crece es nuestra capacidad para absorberlo y de esta forma transformarnos en verdaderos “caballeros sin espada” al servicio de Cristo, pues “aunque vivimos en la carne no combatimos según la carne. ¡No!, las armas de nuestro combate no son carnales, antes bien, para la causa de Dios, son capaces de arrasar fortalezas. Deshacemos sofismas y toda altanería que se subleva contra el conocimiento de Dios y reducimos a cautiverio todo entendimiento para obediencia de Cristo” (II Corintios 10:3-5).

*He cometido el peor de los pecados/que un hombre puede cometer. No he sido /feliz. Que los glaciares del olvido/me arrastren y me pierdan, despiadados. /Mis padres me engendraron para el juego/arriesgado y hermoso de la vida, /para la tierra, el agua, el aire, el fuego. /Los defraudé. No fui feliz. Cumplida/no fue su joven voluntad. Mi mente/se aplicó a las simétricas porfías/del arte, que entreteje naderías. /Me legaron valor. No fui valiente. /No me abandona. Siempre está a mi lado.La sombra de haber sido un desdichado.

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