¿Cambió la píldora o cambiaron las personas?

Nuevamente la píldora del día después nos lleva a poner en duda la bondad o malicia de una medida. Nuevamente las reacciones de unas autoridades civil…

Nuevamente la píldora del día después nos lleva a poner en duda la bondad o malicia de una medida. Nuevamente las reacciones de unas autoridades civiles y religiosas se ven enfrentadas gravemente y como consecuencia de ello, aparece una vez más el desencanto, el desaliento o la confusión de educadores y padres que tienen que enfrentar a los adolescentes en una batalla en que la familia tiene mucho que perder y el gobierno nada que ganar.
 
¿Es o no abortiva la píldora en cuestión? Tanto los que la presentan como eliminadora de la vida naciente como los que nos aseguran que no mata a nadie, no parecen llegar a un acuerdo, por lo que la verdad sobre el tema –de indudable gravedad en todo caso- queda una vez más en suspenso. Queda en la duda.
 
Mientras tanto, la autoridad civil que, hace un año destituyó a un subsecretario por anunciar su reparto, hoy la impone a la ciudadanía bajo la disposición de oferta gratuita por parte de la Ministra del Ramo, haciendo caso omiso de lo que ayer fue considerado como inaceptable por similares autoridades, si no del mismo gobierno, sí de la misma coalición.
 
La pregunta es muy simple: ¿Ha cambiado la píldora o han cambiado los que ayer la encontraban inaceptable? Si ayer era dudosa en su acción mortífera, ¿ha dejado hoy de serlo? Pareciera que la píldora es la misma y que la duda sigue subsistiendo. Y en este caso, lo único que cabe preguntarse es lo de siempre: ¿Se puede actuar con duda frente a un hecho objetivamente grave?
 
Más claro aun: ¿Se puede actuar moralmente ante la posibilidad de que la píldora sea asesina de pequeñas vidas nacientes? El más elemental principio ético al respecto nos dice que no. Ante la duda, hay que abstenerse. Más aún, antes de actuar con duda, hay que tratar de salir de ella, para que el acto humano pueda ser tenido como bueno.
 
¿Por qué, si este principio moral, es universalmente aceptado como verdadero, una autoridad que representa a la mayoría de la población, puede actuar en esta forma tan lejos de la ética natural? ¿Habrá alguna razón oculta que los comunes mortales desconozcamos y que avale moralmente una conducta de tal naturaleza? O ¿será más bien que dicha autoridad ignora el valor absoluto de la ética en materia de grandes principios, universales y graves?
 
De acuerdo a la más elemental norma de derecho natural, el que mata, insinúa o facilita a otro para que mate, será considerado como criminal, directo o indirecto. Y el que actúa bajo la duda de que se suceda la muerte, es cómplice de la muerte que probablemente se siga por su acción. No cabe otra salida ante el hecho que estamos comentando.
 
¿Qué importa aquí que se acuda a otros argumentos laterales, como el de querer evitar el nacimiento de hijos en personas menores de edad, como si esta realidad fuera un mal superior para la sociedad, peor que el de matarlos antes de que sean alumbrados.
 
 ¿No será peor corromper a la juventud, ayudándola a matar, en lugar de corregirla por precipitarse a dar a luz antes de la madurez que todos quisiéramos exigir de nuestros hijos adolescentes? ¿Puede realmente sentirse bien una autoridad que antepone la comodidad a la seguridad de la vida? ¿Será realmente un buen principio educativo fomentar el valor de las apariencias de normalidad en lugar de enfrentar la realidad cruda de la vida y de la muerte?
 
No basta en este caso referirse a leyes que son hechas para acomodar la moral a las conveniencias económicas o políticas de una sociedad dada: Si utilizáramos este criterio para seguir gobernando, podríamos ver mañana cosas peores, que ya vienen siendo anunciadas en algunos de los países llamados progresistas. La eutanasia activa sigue una similar senda.
 
Sinceramente, me parecen más auténticos, aunque ciertamente más brutales, aquellos países que, simplemente imponen a la sociedad la castración o la eliminación de los recién nacidos, en virtud de un principio de control de la gente. Al menos, esos países, no tienen la cobardía de ampararse en mentiras colectivamente aceptadas como verdades, es decir en actitudes de mortal hipocresía. Me refiero, ciertamente, a las políticas de control social que implementaron los regímenes nazis y algunos materialistas que, simplemente eliminaron a los que consideraron excedentes humanos.
 
Lo que podríamos estar haciendo con la distribución de esta píldora a nuestros adolescentes, incluso en contra de la voluntad de sus padres y educadores, conductores morales y religiosos, es incentivar a nuestros adolescentes al crimen más cobarde de la humanidad, el de matar a sus propios hijos y, además por cuenta de la comunidad pagante de impuestos, que debieran estar destinados  para el bien común.
 
Frente a la vida y la muerte solo se puede actuar con la conciencia verdadera, recta y cierta. Todo lo que sea hecho bajo la duda seria en torno a ella, no puede ser sino eso, un crimen. Y, por añadidura, en este caso, un crimen oficial.
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Jesús Ginés Ortega es profesor en la Universidad Santo Tomás de Santiago de Chile
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