Cansados del secularismo

No cabe duda de que vivimos en el seno de una cultura que padece un acelerado proceso de secularización. Este proceso es el resultado de un lar…

No cabe duda de que vivimos en el seno de una cultura que padece un acelerado proceso de secularización. Este proceso es el resultado de un largo camino multisecular que arranca en el siglo XIV y que experimenta su momento de máxima plenitud en el pasado siglo XX.

Se ha escrito abundantemente sobre ello, tanto en un sentido positivo, como en un sentido negativo. Algunos celebran tal proceso, puesto que, según ellos, ha significado el principio de una sociedad autónoma y regulada por sí misma, al margen del poder religioso. Se interpreta el desencanto del mundo como un momento de liberación en el largo camino de la humanidad hacia su plenitud. Para otros, en cambio, representa una especie de caída libre en el desorden y en el caos, una especie de decadencia moral que tiene graves efectos en el mundo de la educación y de la comunicación.

Más allá de las interpretaciones que suscita un fenómeno tan complejo como el de la secularización, de lo que no cabe duda es que vivimos en una sociedad progresivamente alejada de todo cuanto se refiera a la esfera religiosa. La pérdida de tradiciones y de costumbres que antaño fueron muy celebradas y el acelerado proceso de descomposición de los valores del pasado es una expresión evidente y clara de tal proceso. Se cultiva hasta el extremo el valor de la autonomía y se considera, con demasiada frecuencia, lo religioso como un fenómeno extraño y ajeno a la condición humana, algo así como el residuo de una etapa finalmente superada que, a pesar de ello, todavía, da sus últimos coletazos.

Estamos instalados en un mundo que ha desterrado lo religioso, lo ha exiliado de su vida cotidiana y de la esfera social y ello tiene, como no puede ser de otro modo, consecuencias prácticas en la existencia ordinaria de las gentes. Aparentemente, todo sigue igual, la organización del calendario anual y los ritos y celebraciones que año tras años se repiten en un círculo eterno, pero, en el fondo, se está perpetrando una honda transformación que afecta a todas las esferas de la vida social: la política, la jurídica, la educativa, la sanitaria y la familiar.

En este marco vital, se está produciendo un fenómeno sorprendente.Está emergiendo una generación que está cansada del árido secularismo.Se detecta, en ella, la necesidad de valores espirituales.Son jóvenes hartos del materialismo, del consumo de masas, de los famosos de la telebasura, del individualismo y del hedonismo. No se trata de un retorno a la casa del padre, ni sirve la parábola del hijo pródigo para ilustrar tal situación, pues este despertar espiritual nada tiene que ver con el reconocimiento del valor de la religión tradicional, ni con una especie de reconciliación. Se trata, además, deuna generación que ya no ha sido educada en la fe, que desconoce las categorías fundamentales de la vida religiosa, que no tiene la menor idea del mundo espiritual y que, por lo tanto, no ha dado ningún portazo, porque nunca ha habitado en la casa de la religión tradicional. Se siente, simplemente, incómoda en este mundo de aparente bienestar, donde hay de todo, pero se echa de menos lo fundamental.

Emerge, pues, un nuevo panorama religioso en el Occidente postcristiano. Ello pone de manifiesto lased de trascendencia y de misterio inherentes al ser humano, un anhelo que, a pesar de no ha sido correctamente educado a través de los canales y mecanismos tradicionales, emerge con ahínco. Surge una generación ávida de valores espirituales, pero que tiene en la emotividad el baluarte de la evidencia religiosa. Es paradójico, perose busca la compañía divina en una teofanía sin rostro.

Estas jóvenes generaciones no se declaran contrarias a los contenidos de la fe confesional, pero la viven en un ambiente de sincretismo mediático que relativiza cualquier propuesta de certeza. Ante la necesidad de experimentar una certeza que dé sentido trascendente a la propia existencia y que permita relaciones afectivas intensas,los jóvenes se ven fascinados por las melodías de sectas y formas sincréticas que alegran momentáneamente la soledad, para luego dar paso al desgarrador grito de la desilusión de la indiferencia, el agnosticismo o el ateísmo.

La radicalidad emocional en el campo religioso da lugar a formas deformes como el fundamentalismo. El emotivismo ha penetrado en el fondo de la experiencia religiosa y el sentimiento se convierte en el único criterio de valor. Da la impresión que no se puede invocar ningún principio superior al emotivista y que lo único que cuenta es que uno sienta realmente lo que diga. Este emotivismo separado del ejercicio de la razón tiene consecuencias nefastas.

La caída del racionalismo ha dado pie a un emotivismo salvaje en todos los terrenos, pero, especialmente en lo religioso. Se niega el valor razonable de la experiencia religiosa y se la concibe únicamente bajo la forma de emoción. Esta emoción desarraigada del logos produce auténticos monstruos como el sectarismo, el fanatismo, la superstición y la superchería.Es preciso, pues, superar el emotivismo en materia religiosa, pero ello no significa invocar el racionalismo como práctica de vida.

Existen formas sincréticas que gozan de mucho éxito social como es el caso de la Nueva Era. El desierto existencial lleva a pensar que si la vida no tiene sentido, hay que inventárselo de modo gratificante, de ahí que la emoción y lo inmediato sean el criterio de la religiosidad y del bien común.

Frente a tal fenómeno, se debe recordar que el cristianismo no es una doctrina intimista o secreta, no es una secta, sino Jesucristo mismo, como decía Romano Guardini. Este despertar espiritual no debe alentar falsas expectativas al cristianismo. Frente al sincretismo vacuo y pueril, es esencial no olvidar jamás que ser cristiano consiste en imitar a Jesucristo, el acontecimiento que ha dado consistencia al ser humano al regenerar la libertad misma del hombre en la historia.

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