Cardenal Beran: de Praga a Roma y vuelta

No ha acaparado portadas, ni siquiera una nota perdida en páginas interiores de algún diario de escasa tirada… y sin embargo se trata de algo importante, de algo sumamente simbólico y cargado de sentido para nuestro mundo.

Nos referimos al traslado de los restos de cardenal Josef Beran desde la cripta en la basílica de San Pedro, donde descansaban desde hace 49 años, hasta la catedral de San Vito en Praga.

El cardenal Beran falleció en Roma en 1969, exiliado de su patria Checoslovaquia. Había sido nombrado obispo de Praga en 1946, poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, durante los años en que el comunismo que iba a esclavizar a tantos países de la Europa central se abalanzaba sobre sus presas. Beran fue uno más de aquellos pastores heroicos que se negaron a diluir la fe y se mantuvieron firmes, algunos hasta el martirio, frente a las exigencias comunistas. En el caso del cardenal Beran el régimen comunista que se impuso en Checoslovaquia le condenó a arresto y detención domiciliaria.

Curiosamente el que unos años era el padre Beran se había ya significado por su oposición a los nazis, lo que le valió una estancia de tres años en Dachau, convertido, en palabras suyas, en el mayor “monasterio” del mundo debido a la gran cantidad de sacerdotes que dieron con sus huesos en aquel infame campo de concentración. De hecho, en los primeros momentos de dominio soviético sobre Checoslovaquia fue incluso condecorado como “héroe de la Resistencia”, un título que no le sirvió de nada cuando insistió en continuar su oposición al totalitarismo, esta vez comunista.

En 1963 el arresto domiciliario fue levantado, pero bajo la exigencia de no ejercer su ministerio. Finalmente, en 1965, se le permitió abandonar su país y marchar exiliado a Roma, donde fue creado cardenal por el beato Pablo VI en febrero del mismo año. Allí falleció cuatro años después, momento en el que Pablo VI quiso otorgarle el honor, habitualmente reservado a los papas, de ser enterrado en la cripta de San Pedro, en el Vaticano, donde ha esperado casi medio siglo hasta que se ha hecho realidad su deseo de regresar a su catedral en Praga, aquella en la que, en vida, nunca pudo ejercer su ministerio.

El cardenal Beran no es un caso aislado, sino uno más en la larga lista de pastores que escribieron una de las más nobles páginas de la historia de la Iglesia, la de su testimonio frente a los totalitarios del siglo XX. A Beran podemos añadir, si nos limitamos a los más conocidos, el cardenal Adam Sapieha de Cracovia, Wyszyński de Varsovia (declarado venerable el pasado mes de diciembre), Stepinac de Zagreb (ya beatificado),  Świątek de Minsk, Slipyj de Lviv, Todea de Rumania o el primado de Hungría, el cardenal Mindszenty. Sin olvidarnos, por supuesto, del gran san Juan Pablo II. Testigos todos ellos de la fe en circunstancias de persecución que nos muestran cuál es el camino de quienes siguen los pasos de Cristo.

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