Cardenal Carles, un hombre impermeable a los honores

Era impermeable a los cargos, a los honores, al escalafón. Por ello le costó muchísimo asumir su “ascenso” a la archi…

Era impermeable a los cargos, a los honores, al escalafón. Por ello le costó muchísimo asumir su “ascenso” a la archidiócesis de Barcelona. Él mismo declaró alguna vez públicamente, y otras en privado, conmigo y sé que con otras personas, que había venido a Barcelona por obediencia al Santo Padre, y que lo dejaría cuando el Papa lo dijera.

Llegaba a Barcelona desde la diócesis de Tortosa, donde había dejado una huella profunda. La gente le quería, una gran mayoría conocía y estimada su fuerte espiritualidad, su carácter afable, su sencillez. Le gustaba la montaña y, muy a menudo, a veces a primera hora de la mañana, se iba al Port de Caro –como allí se denomina als Ports Tortosa-Beceit- hacía oración y regresaba a la ciudad para su actividad episcopal. Cuando dejó Tortosa muchos en la diócesis decían: “Els de Barcelona s’ho volen emportar tot d’aquí. L’aigua del riu i lo bisbe”.

Amaba la Eucaristía, era un enamorado de la Virgen, era profundamente fiel al Papa, fuera quien fuese el Santo Padre. En Tortosa tenía gran devoción a la Virgen de la Cinta, y ya en Barcelona, a la de la Mercè. Él mismo recordaba alguna vez que había nacido el 24 de setiembre, día de la Mercè. Tuve ocasión de tratarle tanto en Tortosa como en Barcelona, pero fue en esta última donde mantuve mayor relación con él. Conocí algunos de sus sufrimientos, aunque los guardaba en el fondo de su corazón y no solía expresarlos. Pero los tuvo, y no pocos. Incluso cuando dejaba entrever algún dolor, no citaba el nombre de quienes lo causaban.

De la misma forma en que era persona de gran finura espiritual, nada interesado en los honores, era un hombre incapacitado para la maniobra, para el mangoneo, para los subterfugios. Y en Barcelona topó con ello. Por su dimensión demográfica, ser una sociedad totalmente urbana y una zona industrial, la archidiócesis de Barcelona ya era de por sí mucho más compleja que la de Tortosa. Y, ciertamente, él no era un organizador ni tenía especiales dotes de mando. Pero lo más importante, lo más grave, es que cuando llegó a la capital catalana se encontró con una diócesis muy descristianizada, con una parte no pequeña del clero más interesado en la política que en llevar a Cristo a las personas. No era sólo una cuestión de progresismo o conservadurismo como alguna vez se dijo. Era algo bien distinto. La dialéctica progresista-conservador dentro de la Iglesia es poco relevante si quienes se consideran de una u otra tendencia tienen una fuerte vida interior, espíritu apostólico y amor a la Iglesia, porque en tal caso las diferencias, que son reales, pasan a un tercer o cuarto plano. La clave principal estaba en que él era un hombre profundamente espiritual y no pocos de los miembros del clero y de los organismos diocesanos lo eran bastante menos. Carles quería hablar sólo de Cristo y de cuanto se orienta hacia Él, y otros tenían intereses sin duda nobles, pero más terrenos.

El desbarajuste doctrinal era notable. Me nombró miembro del Consejo Pastoral de la Archidiócesis y de algunas reuniones a las que asistí saqué la conclusión de que estábamos en otro planeta, porque determinadas manifestaciones que allí se vertían me hacían dudar de que las formularan personas que creyeran en la Iglesia, y quizás ni siquiera en Dios.

Carles tampoco era del agrado del establishment político. Precisamente porque era ajeno a todo sentido de maquinación cometió el error de no entrar pisando fuerte desde el primer día. Mantuvo en sus puestos a quienes los ocupaban anteriormente y algunos le multiplicaron los problemas haciéndole la vida difícil, ninguneándole y no aplicando de forma adecuada sus directrices. Años más tarde quiso dar un golpe de timón y no sólo resultó complicado sino que las acusaciones de intolerancia crecieron. Además, su defensa de la doctrina de la Iglesia en materias como el matrimonio, el valor de la familia, el aborto, y otros, le convirtieron en blanco de determinados sectores. Rechazaba que se aplicara la denominación de “familia tradicional” a la formada por un hombre y una mujer y con carácter estable.

Le apenó otro asunto, ciertamente ajeno a las cuitas de Barcelona. Fue el caso Torre Anunziata, a raíz de que un mafioso italiano relacionó al cardenal con una red de blanqueo de dinero derivado incluso de tráfico de armas. Obviamente, nunca pudo probarse porque era falso y la acusación aberrante, pero no faltó alguna prensa catalana que hurgó sin piedad en la herida causada tan sinsentido.

Promovió la presencia de los cristianos en la vida pública, invitaba a transformar la cultura, se ocupó de incrementar las ayudas de Cáritas y del Tercer Mundo, afirmando en muchas ocasiones que la Iglesia, los cristianos, no debían limitar a lo material su ayuda a los pobres porqué esto también lo hacen otros, sino también llevarles a Cristo. Repetía que “no se puede vivir sin amor”.

En los últimos años, ya emérito, evitó exquisitamente todo protagonismo público para no interferir en la labor de su sucesor, el cardenal Lluís Martínez Sistach. Impartió conferencias y charlas, dirigió cursos de retiro si se lo pedían, pero siempre fuera de la diócesis de Barcelona, en la cual como mucho se reunía y colaboraba con grupos reducidos. Tenía su casa en un palacete del arzobispado de la parte alta de Sarriá, por lo que tampoco le faltaron críticas, pero en realidad le importaba muy poco y pasaba una gran parte del tiempo en Tortosa, en casa de sus fieles ayudantes el matrimonio de Jesús y Paquita que le han acompañado a lo largo de los años. En Tortosa le llegó el final de su vida terrena. Deja la estela de grandeza de quien ha procurado servir.

Existe una biografía inédita suya, hecha por el tortosino Valentí Faura Sanmartín, ex presidente de la Cámara de Comercio. Faura me dijo que la tenía redactada y me pidió que la presentara cuando se editara. No llegué a leerla porque Valentí Faura falleció hace unos meses. Supongo que su familia tiene el manuscrito. Valdría la pena editarlo.

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