Caritas in veritate (VIII)

Los sofistas eran vendedores de mentiras contadas con ingenio. Las ideologías son sistemas lógicos muy bien elaborados, pero que no coi…

Los sofistas eran vendedores de mentiras contadas con ingenio. Las ideologías son sistemas lógicos muy bien elaborados, pero que no coinciden con la realidad. Cuando se aplican a la vida las falsedades de unos y otros sobrevienen cataclismos y desastres. No basta la libertad para producir progreso, se necesita que el hombre libre encuentre una verdad y la lleve adelante. Las quimeras, los caprichos, las ocurrencias, las mentiras bien adobadas las paga el conjunto social. Benedicto XVI dice que “además de la libertad, el desarrollo humano integral como vocación exige también que se respete la verdad” (CV 18).

Pensemos un caso muy actual: ¿Cuánto vale económicamente el trabajo de un hombre? No basta con decir que el número de horas que ha trabajado, pues cinco minutos de un artista o de un descubridor vale muchísimo. Tampoco vale decir que se mide cómo se pague en el mercado. Se debe poner por delante una verdad importante: todo hombre es una persona y necesita unos mínimos, es decir hay que defender “el valor incondicional de la persona humana” (CV 18), una vez establecido ya no se trata al hombre como una mercancía o como a un esclavo, y se añade esa verdad al cálculo del valor del trabajo.

Benedicto XVI añade otra verdad a la idea de progreso: “la vocación cristiana al desarrollo ayuda a buscar la promoción de todos los hombres y de todo el hombre” (CV 18). Es lógico por varios motivos. El que se sabe juzgado por Dios intenta desarrollar todos los talentos recibidos. Además sabe que su vida se mide por el amor a los demás e intenta mejorar su aportación al conjunto. Si se añade el saber que su trabajo no se pierde al morir procura ayudar a las generaciones venideras, mientras que si pensase que todo se acaba con su muerte se desinteresaría de ellas.

Todo esto son verdades que ayudan al progreso. El Evangelio es un elemento fundamental del desarrollo porque, en él, Cristo, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre»” (CV 18). Cada hombre que sigue el Evangelio se hace consciente de que es un hombre para la eternidad, de que puede amar, de que es llamado a colaborar con la creación, de que ha recibido la inteligencia y la voluntad para desarrollarlas. La realidad de la crisis del colectivismo ateo y del liberalismo sin Dios hacen evidente que “cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el ‘bien’, empieza a disiparse” (CV 18).

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