Carta a un amigo preocupado por el fin del mundo

Agradezco tu respuesta y tu interés, y paso a contestarte. Con respecto a si eres o no cristiano, te recordaré solamente que “sere…

Agradezco tu respuesta y tu interés, y paso a contestarte. Con respecto a si eres o no cristiano, te recordaré solamente que “seremos juzgados por el amor”, lo cual tiene un doble significado: primero, que ese juicio al que todos nos someteremos versará únicamente sobre el amor que hayamos dado o dejado de dar; segundo, que nuestro juez será el Amor, puesto que Dios es Amor. A eso se reduce el cristianismo, que, como recordarás, tiene dos mandamientos que resumen todos los demás: “amarás al Señor tu Dios con todo tu ser, con todo tu corazón y con toda tu alma” y “amarás al prójimo como a ti mismo”. Ser cristiano no es más que ser capaz de amar, por lo cual tú mismo podrás juzgar si lo eres.

En cuanto al otro tema, siempre ha habido agoreros del fin del mundo, pero hay que tener ciertas cosas claras al respecto:

En primer lugar, todo lo que tiene un principio, tiene también un fin; es la ley de la vida y de la naturaleza, por lo cual no tiene nada de extraño que las cosas empiecen y terminen, como han empezado y terminado todas las etapas, civilizaciones, reinos o cualquier otra cosa que en el mundo ha sido. La muerte forma parte de la vida, no es algo ajeno a ella, sea la muerte de una persona, de una civilización o de un mundo.

En segundo lugar, la doctrina cristiana siempre ha precisado sus enseñanzas al respecto; nunca han sido un tema tabú o escondido; otra cosa es que les hayamos hecho más o menos caso, o que incluso hayamos intentado enterrarlas en el fondo de algún baúl. Veamos:

· En el propio Símbolo de la fe, o Credo, la oración que encierra la esencia de la creencia cristiana, decimos: “… y volverá con gloria a juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin”; y más adelante: “creo en la resurrección de los muertos y la vida eterna”.

· Estos elementos forman parte de la escatología, palabra que proviene del término griego ésjaton, que significa “lo último”; la escatología es una parte absolutamente sustancial del cristianismo, que se fundamenta en un proceso que comporta un inicio (Creación), un nudo (Encarnación y Redención) y un desenlace (Parusía o Segunda Venida); ese desenlace comporta, a su vez, un Juicio, una Resurrección y una vida en la eternidad divina.

· La escatología ha sido ampliamente tratada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y este último le dedica un libro entero, el Apokalypsis.

· En el Nuevo Testamento, Jesucristo nos da la clave de la actitud cristiana ante estas realidades cuando, al ser preguntado sobre cuándo sucederán estas cosas, afirma: “en cuanto al día y la hora, sólo el Padre lo conoce”; de acuerdo con ello, la actitud del cristiano ante todas estas cuestiones debe ser de prudencia y de no prestar atención alguna a los agoreros.

Estas últimas palabras de Jesucristo son la piedra de toque de cualquier manifestación humana al respecto. Desde siempre ha habido personas, grupos o sectas que han pretendido conocer, incluso con precisión, ese día y esa hora. Para un cristiano no debería representar mayor problema considerar como falsa cualquier información de ese tipo, pues sólo el Padre conoce el momento, y sólo Él puede, por tanto, revelarlo. Cualquier presunta revelación que no venga del Padre, no puede ni debe ser tomada en consideración, y eso comprende todos los falsos profetas, milenaristas, adivinos y agoreros que en la historia han existido y existen.

Bien, pero, si eso es así, ¿por qué ahora le estamos dando vueltas a estos temas?Dios ha hablado al hombre innumerables veces a través de sus místicos y santos, y lo sigue haciendo. La literatura cristiana está llena de esas mediaciones. Pero en esta fase de la historia, Dios no se conforma con hablarnos a través de místicos y santos, sino que nos envía a su Suprema Embajadora, a su propia Madre. María se ha aparecido innumerables veces a lo largo de los últimos siglos, y sus mensajes han revelado cada vez una mayor urgencia. En Fátima fueron revelados secretos que conciernen a estos tiempos considerados como un momento crítico para la humanidad, y ahora, en Medjugorje –continuación de Fátima para muchos cristianos– esa revelación se hace más explícita: María dice que este es un tiempo de gracia que se termina, que se nos da una última oportunidad, que debemos apresurarnos, a lo que añade diez secretos relativos a determinadas señales que serán anunciadas poco antes de que tengan lugar para contribuir al convencimiento de los hombres.

Por eso, porque es el Cielo quien nos dice que vivimos un momento crítico, estamos hablando de ello, con independencia de cual sea el alcance mayor o menor de esa criticidad.

¿Vivimos el final de un tiempo en la historia de la humanidad? No lo sabemos. En cualquier caso, no vale la pena especular, porque a los que no pudieron subir al arca de Noé les importaba muy poco si era el mundo entero el que se terminaba, o era sólo su mundo o una parte de él; para ellos era indiferente, pues lo importante, lo definitivo, era que no estaban dentro del arca y sí bajo las aguas. El mensaje de Medjugorje es sencillo: no especuléis; preocupaos solamente por entrar en el arca, porque las nubes ya están cerca, y ese es un mensaje que se escucha con total claridad.

El mensaje de Medjugorje es un mensaje de amor y misericordia. Dios respeta absolutamente nuestra libertad, la libertad de aceptar o rechazar el pasaje que se nos ofrece para ese arca, pero hace lo posible y lo imposible para convencernos de que lo aceptemos. La misericordia divina se vuelca en la humanidad en los momentos finales, ya se trate del final de una persona, de un tiempo o de un mundo, pero las personas deben responder “sí” a esa llamada. Dios no nos salva si no queremos ser salvados.

El final, para el cristiano, cualquier tipo de final, sea individual o colectivo, es un tránsito, y no es en ningún caso objeto de temor, como no lo es la tesitura actual, sea cual sea su alcance y su desenlace. Es precisamente lo contrario: para el cristiano, vivimos un momento privilegiado, en el que el Cielo ha descendido sobre la tierra, y nuestra existencia transcurre entre ambas realidades, participando de las dos. En la medida en que el cristianismo es amor, la tarea fundamental de este momento para un cristiano es precisamente comunicar ese Amor que se revela, de forma que los que no lo han conocido lo conozcan y lo hagan suyo, de forma que nadie permanezca ajeno a la obra del Amor divino. La tarea conjunta del Cielo y de la tierra es, en este momento, la efusión del Amor, para que llegue al último rincón, a la última persona, y nadie quede excluido. Pero puede existir la exclusión voluntaria, y en ese caso el Cielo no puede forzar la voluntad del hombre, cuya libertad es inviolable. Medjugorje es una antorcha que enciende millones de antorchas, que encienden a su vez otros millones… La obra en marcha es imponente, impresionante, y esa es la razón de que el fenómeno se alargue ya más de treinta años y prosiga, habiendo salvado la persecución comunista y la guerra serbio-bosnio-croata sin inmutarse. Debemos sentirnos concernidos por esa extraordinaria obra de misericordia y participar en ella. Vivimos un momento de extremo gozo; somos visitados por el Cielo y conducidos por él de la mano. Nada más alejado del temor y de la zozobra. Pero demasiados hombres permanecen todavía ajenos a esta obra grandiosa, y Medjugorje nos revela el camino para llegar a ellos y conducirlos a casa. Esa es la tarea.

Espero haber clarificado de alguna forma tus dudas. Un fuerte abrazo.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>